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Resistencia y adaptación cultural
 

 

Por Catalina Pantuso
catalinapantuso@gmail.com

Libro: La paleta del espanto. Color y cultura en los cielos e infiernos en la pintura Colonial andina.  Autor: Gabriela Siracusano (ed.). Editorial: Universidad Nacional de San Martín (Buenos Aires). Año 2010, 163 páginas.

El libro “La paleta del espanto. Color y cultura en los cielos e infiernos en la pintura Colonial andina” se focaliza en un conjunto de lienzos que ornamentan la iglesia de Carabuco, ubicada en las cercanías del lago Titicaca (Bolivia). El estudio plantea la importancia de las imágenes de las cuatro Postrimerías —la muerte, el juicio final, el infierno y la gloria— en el proceso de evangelización del Virreinato del Perú y constituye un valioso aporte para profundizar en la comprensión del mestizaje cultural que dio origen a la identidad latinoamericana.

La obra compilada por Gabriela Siracusano —doctora en Historia del Arte e investigadora especializada en la dimensión material y cultural de pinturas y esculturas del período colonial— está concebida como un trabajo interdisciplinario que aborda la temática desde la historia, la química y el arte para mostrar como las imágenes se unieron a las palabras en el proceso de la conquista y la evangelización: “Cielos e infiernos se amalgaman en estos espacios pictóricos en los que justos y pecadores encuentran su destino”. Al final se incluye un apéndice en el que se ilustra el proceso de recuperación y restauración de las obras de arte y en el que se incluyen excelentes reproducciones de los cuadros que se estudian.

Premios y castigos

En el primer capítulo, los arquitectos bolivianos Teresa Gisbert y Andrés de Mesa Gisbert analizan como la muerte, el pecado, el demonio y el infierno se reflejan en las pinturas que se encuentran en dos iglesias del área sur andina de Bolivia: en la de Carabuco (1648) y en la de Caviaquiri (1973); a éstas se le suma la iglesia de Huauro (1804), en Cuzco, Perú.

La mirada atenta de estos dos expertos señala que si bien la temática y la composición de los cuadros hacen referencia al pensamiento europeo de la época, en ellos también aparecen los indígenas con sus instrumentos, sus vestimentas, sus pecados y sus virtudes. Para ellos, el mal no es privativo de los nativos ni el bien patrimonio de los conquistadores; se intenta mostrar que los premios y castigos son iguales para todos. Un ejemplo de esto es la pintura “Muerte”, de la serie que se encuentra en la iglesia de Caviaquiri, donde se ilustra la agonía del justo y del pecador. El esqueleto que representa a la muerte “esta pisando los símbolos de las vanidades mundanas: la corona, la tiara papal y otros símbolos del poder, y entre ellos se encuentra un “uncu” incaico, evidenciando la presencia del símbolo del poder indígena junto a los europeos”. También, en el “Juicio Final” se muestra a un cacique que es llevado al cielo por un ángel y en otra obra de la iglesia de Curahuara de Carangas (Bolivia, 1608), en el sector del infierno, aparece un conquistador—con su casco y armadura— personificando el pecado se la ira.

Los autores de este estudio presentan un hecho verdaderamente sorprendente: demuestran que el lienzo del “Infierno” de Carabuco —realizado por José López de los Ríos en 1684— es exactamente igual al que se representa en un mural, pintado entre 1640 y 1655, en la Catedral de Vank del barrio armenio de Jolfa (Isfahán, Irán) y al cuadro que un autor anónimo hizo para la Iglesia de Santa María del pueblo de Ledesma (Salamanca, España) entre los años 1675 y 1695. Las recientes investigaciones efectuadas en Florencia, por Gerhard Wolf, confirman que las tres obras se basaron en un grabado, de posible origen flamenco e inspiración jesuítica, del siglo XVII.

El sincretismo religioso es abordado por Gustavo Tudisco y Diego Guerra, quienes prestan atención especial a los 30 tondos que se ubican en la parte inferior de las pinturas de José López de los Ríos: el Juicio, el Purgatorio, el Infierno y la Gloria. En ellos se relatan los milagros atribuidos a una antigua cruz de madera, que se venera desde la época colonial y que, según la tradición, fue dejada en ese lugar por un apóstol de Cristo que predicó en la zona andina, en tiempos precolombinos, después de recorrer los actuales territorios de México, Brasil y Paraguay. Según las fuentes andinas y europeas la figura de Tunupa —según la mitología tiwanakota es un Dios anciano que llegó mucho antes de la creación del Imperio Incaico, vestido de mendigo— fue tomada por los católicos para producir un culto sincrético con Santo Tomás o San Bartolomé.

El poder de la imagen y la palabra

Desde Argentina, la Lic. Leontina Etchelecu y la Dra. Agustina Rodríguez Romero indagan en el discurso de los curas “doctrineros” a través de los sermones y cómo esta prédica evangélica se potencia con las imágenes y los colores que decoran los templos coloniales. Afirman que “La meditación sobre las postrimerías y su reproducción plástica alcanzó en América una relevancia emblemática en la extirpación de las idolatrías”. Sin embargo este propósito se vio muy obstaculizado porque el sol, la luna, el trueno, los ríos y otros elementos idolatrados por los indígenas no podían ser destruidos u ocultados. “El sentido de la vista es aquí presentado nuevamente como la puerta de entrada al pecado”.

En la misma dirección Gabriela Siracusano, en “Notas para detener el “Escándalo”: Fiesta, color e idolatría en el Virreinato del Perú”, observa que transcurrido un siglo y medios desde que el Virrey Toledo impulsara las primeras campañas de extirpación de idolatrías, éstas se mantenían vigentes en los pueblos de indios de Chacras y Andajes. Esta realidad se manifiesta al estudiar un edicto de 1725, en que el se prohíben el uso piedras y polvos de colores, pinturas en vasos, piedras y tinajas, instrumentos musicales y bailes por estar considerados como signos idolátricos.

Recuperación del patrimonio artístico colonial

Carlos M. Rúa Landa —actual responsable del área de restauración del Ministerio de Culturas de Bolivia— describe todo el proceso de recuperación de los cuatro lienzos monumentales de la Iglesia de Carabuco, una pequeña población del altiplano boliviano, ubicada a orillas del lago Titicaca, a 156 Km. de La Paz. Los trabajos se realizaron entre 2003 y 2005 y fueron posibles gracias a un subsidio otorgado por la Embajada del Gobierno de Alemania. En este capítulo se describen las características originales de las obras: los bastidores, los soportes textiles, los marcos, los materiales utilizados y finalmente, se explican los tratamientos especiales a los que fueron sometidos los cuadros, durante la intervención.

El examen científico de los materiales pictóricos está a cargo de Marta S. Maier, Blanca A. Gómez Sara Daniela Parera. Ellas explican cómo el avance en el desarrollo de la microscopía, los métodos espectroscópicos y cromatográficos y de las diferentes técnicas de espectrometría de masa, permitieron reducir, en forma muy significativa, las muestras requeridas para el análisis de las obras de arte. Es muy interesante conocer qué tipos de pigmentos fueron utilizados, cómo se lograban las diferentes tonalidades de blancos, azules, amarillos, verdes rojos y negros y qué tipos de aglutinantes se emplearon hace más de trescientos años, en el Virreinato del Perú. No sólo se creó un estilo: el Barroco Americano, sino que los artistas europeos junto a los criollos, indígenas y mestizos crearon soportes y colores propios.

Las celebraciones por el 200 aniversario del inicio de los procesos hacia la independencia en América latina comenzaron Bolivia, en mayo de 2009; se extendieron durante todo el año pasado en Venezuela, Argentina, Chile y Colombia y, en este 2011, continuarán las conmemoraciones en Paraguay y Uruguay. Todas estas modernas naciones se liberaron de un mismo conquistador que dejó la impronta de un mestizaje cultural indeleble. El libro editado por la Universidad de San Martín, en el contexto de estos Bicentenarios permite profundizar el estudio de la herencia hispánica, y logra superar la influencia de las leyendas negras o rosadas que, con habilidad, tejió Europa y que plagaron la historiografía de esta región. Gabriela Siracusano sostiene que “La lucha entre el bien y el mal, entre lo verdadero y lo falso, y un mensaje anclado en la relación pecado-castigo, se manifestaron como una estrategia visual efectiva para llevar a cabo lo que Serge Sugruzinski denominó la colonización del imaginario, fenómeno que evidencia no sólo rasgos de resistencia cultural sino también de adaptación y apropiación por quienes ocupaban, mediante sus prácticas y creencias, el lugar de lo pecaminoso: los nativos…”

3/2/2011

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