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Antonio Porchia: La tentación de lo imposible
 

 

Por Michel Emiliano Nieva
powdered1988@hotmail.com

Libro: Voces  Autor: Antonio Porchia. Editorial: Alción. 129 páginas. Año 2007 

Si Roberto Juarroz afirma que el verdadero lenguaje articula el filo sin sosiego que lo hiere, quizá no haya mejor ejemplo para comprobarlo que el de Antonio Porchia(1885-1968), su maestro y mentor. Autor de un solo libro, Voces, que hoy generosamente reedita una pequeña editorial llamada Alción, generó una admiración no más asombrosa por el nombre de sus fanáticos que a causa de la comparación con su casi nulo reconocimiento público.

Poeta de vocación metafísica, Porchia escribe en un formato de dos o tres versos libres que podría denominarse aforismo pero más se parece al estilo oracular y místico de Heráclito, y también al haiku. En estas breves sentencias, por medio de un lenguaje sencillo aunque ambiguo y polisémico,  transmite un entramado de impresiones poco ortodoxas que resuenan a Wittgenstein, a Heidegger, pero también a Gorgias, a Plotino y al misticismo neoplatónico. Porchia se apropia de estos filósofos con audaces interpretaciones (filósofos que, como Wittgenstein y Heidegger, recién se empezaban a traducir al castellano en su época, pero muy mal leídos) para emprender una titánica tarea: buscar con la palabra los por qué últimos de la existencia.

La pretensión de las Voces es explorar la nada, aunque con la desesperanzada conciencia de lo que esa búsqueda implica. ¿Habría este buscar eterno si lo hallado existiese? o Percibimos el vacío, llenándolo, son algunos de los notables dictámenes con que este poeta argentino describe su empresa. Como en Celan, o en Perec, se combate con y contra el lenguaje por obtener un sentido que ya de antemano se sabe indecible y las palabras se dilatan, se tuercen y agigantan para comprobar finalmente que no dicen nada.

Si en Celan y en Perec la indagación consiste en tratar decir o recordar el dolor, en Porchia se intenta predicar un conocimiento teleológico y metafísico, por más ínfimo que sea. Hablo pensando que no debiera hablar: así hablo; No descubras, que puede no haber nada. Y nada no se vuelve a cubrir; Nada no es solamente nada. Es también nuestra cárcel;  La fe, cuando se pierde, se pierde por donde nace, escribe, derrotado por la limitación de su voz.

Porchia intenta averiguar si es cierto que en esos abismos lingüísticos solo se puede hablar sin sentido y somete a las palabras a unas pruebas que producen paradojas circulares al borde de lo congruente, fielmente emparentadas a la sofística gorgeana( A veces creo que no existe todo lo que veo. Porque todo lo que veo es todo lo que vi. Y todo lo que vi no existe / Todo lo que es no es todo. Porque yo podría no ser. Y quién sabe cuánto podría no ser. Tal vez todo / Y si no hay nada que sea igual al pensamiento y no hay nada sin el pensamiento, o el pensamiento es sólo pensamiento o el pensamiento es todo).

Aunque en su búsqueda critica a la modernidad y a la metafísica, mantiene la fe en el sujeto moderno (Cien hombres juntos, son la centésima parte de un hombre)  quien solo en su introspección individual puede enfrentarse al incognoscible. Finalmente, cansado de reiterar en la finitud y pequeñez del hombre, avisa casi irónicamente: El misterio te hizo grande: te hizo misterio. Porchia expresa unos interrogantes y angustias que abarcan no sólo una época precisa sino al hombre en su conjunto, y  su magistral librepensamiento recuerda a genios inmortales como Khayam, Montaigne o Cioran.

La obra de Porchia se inscribe dentro de la tradición que Gadamer calificó como reaccionaria y negativa a “la metafísica de la luz”: para esta nueva clave poética las palabras ya no pueden referir  algún tipo de esencia o verdad en sí y, por tanto, saber claramente si existe o no; entonces, la solución consiste en explotar el lenguaje hacia sus características más puras que son el artificio y la mentira, la confusión y la ambigüedad, y tratar de encontrar salida a las aporías de la razón en las múltiples resonancias de asombro y enigma que ocasiona el lenguaje como la expresión más originaria de ser. En resumen, que la palabra no refiere o busca referir el ser sino que lo crea, mediante la metáfora como recurso fundamental.

Admirado por personajes tan disímiles como Borges, Henry Miller, W.S Merwin, y de quien André Breton llegó a decir que “expresa el pensamiento más dúctil en castellano”, fue olvidado o desdeñado como un introductor más del pensamiento existencialista en Argentina, pero su única obra, Voces, no puede resumirse al mérito menor de compendiar algunas corrientes filosóficas de su época, sino que se trata de una genuina obra maestra, no sólo por el tono superior de su prosa sino por haber sido escrita en la terrible conciencia en la que se inicia toda verdadera literatura, que es la del fracaso del lenguaje para decir.

1/10/2008

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