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Operación Traviata. Ceferino Reato
 

 

El comienzo del fin

Por Catalina Pantuso
catalina@octubre.org.ar

Libro: Operación Traviata. Autor: Ceferino Reato. Editorial: Sudamericana. 309 páginas. Año 2008.

Mucho se ha escrito sobre la soberbia armada y el delirio guevarista de los Montoneros —que según Firmenich eran la vanguardia de la clase obrera argentina—, pero poco se dijo sobre la traición de este grupo a Perón y al pueblo. El libro Operación Traviata, que investiga el asesinato de José Ignacio Rucci, centra su eje en este punto.

La obra de Ceferino Reato (Licenciado en Ciencia Política) excede en mucho el género de la investigación periodística. La perspectiva de la investigación social se desarrolla desde la introducción —que lleva por título “Políticamente Correcto”— y plantea la validez de los testimonios memoriosos y la construcción de la historia. Ubica claramente al libro “Ezeiza”, de Horacio Verbitsky como el principal artífice de la reciente “Historia Oficial”. Sostiene que, tal vez, este paradigma esté ya agotado, porque no puede explicar en profundidad el tema de la violencia argentina en los últimos 40 años.

Reato explica porqué no es posible adjudicar el asesinato de José Ignacio Rucci al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP), ni a la Central de Inteligencia de los Estados Unidos (CIA), ni la a Triple A de López Rega, ni al Mossad ligado al ministro de economía, José B. Gelbard. Se demuestra que fueron los integrantes de la Organización Montoneros, los autores materiales y los responsables ideológicos del crimen. Busca despejar una incógnita: el motivopor el cual ellos no asumieron, de inmediato, la autoría de esa acción militar. Jorge Lewinger es quien, muy brevemente, da una respuesta, al reconocer que “Era un mensaje a Perón, pero no lo podíamos firmar para no darle la excusa de borrarnos del mapa.”

El asesinato de Rucci es la excusa que posibilita analizar el clima de enfrentamiento ideológico que signó los primeros años de la década del ’70. La denominada Operación Traviata no tuvo el objetivo de “ajusticiar a un burócrata sindical” sino que fue minuciosamente preparada para “apretar” a Perón.

Historiar en detalle este hecho permite adentrarse en los oscuros laberintos de la disputa por el poder. El viejo líder había demostrado, dos días antes, que el camino de las urnas era la vía más idónea para consolidar el camino de la liberación y la justicia social en la Argentina. En alguna medida el libro destruye versiones casi míticas del relato sostenido por la izquierda, recuperando documentos y testimonios de los principales actores de una tragedia que aún no ha sido superada.

El poder de los fusiles

Cuando Perón regresó del exilio afirmó: “sólo la organización vence al tiempo”. Él sabía que no tenía mucho tiempo y apoyó su acción política en dos organizaciones: la juvenil y la sindical. Una representaba la tradición —la columna vertebral— la otra el trasvamiento generacional. Dentro de este esquema político buscó que tanto los jóvenes como los dirigentes gremiales accedieran a puestos relevantes del aparato estatal.

En el capítulo Lenín, Facundo, Jesús y el Che, Reato muestra que los Montoneros, durante el gobierno de Héctor J. Cámpora, no solamente controlaban todas las Universidades Nacionales sino que, además, ocupaban treintena bancas de la Cámara de Diputados de la Nación y tenían excelentes relaciones con los gobernadores de Buenos Aires, Córdoba, Mendoza, Salta, San Luís y Santa Cruz, en cuyas gestiones ejercían cargos muy relevantes. Formaban parte del gobierno, pero todo eso no les alcanzaba, los jóvenes iban por más. Aunque disfrutaban de los cargos, despreciaban el “sistema demoliberal.”

Mientras el Secretario General de la CGT apoyaba incondicionalmente el Pacto Social, Mario Eduardo Firmenich, al salir de una de las tantas reuniones que tuvo con El Viejo, decía: “El poder político brota de la boca del fusil. Si hemos llegado hasta aquí ha sido en gran medida porque tuvimos fusiles y los usamos; si abandonáramos las armas, retrocederíamos en las posiciones políticas. (…) lo que Perón define como socialismo nacional no es el socialismo sino el justicialismo o sea que la ideología de Perón es contradictoria con la nuestra, porque nosotros somos socialistas”. Diecisiete días después de estas declaraciones Rucci caía asesinado.

En la lectura del libro queda claro que si la violencia física mató a Rucci, la violencia simbólica logró herir de muerte la propuesta de pacificación e integración nacional de Perón. Según sus propias palabras, los ejecutores le cortaron las piernas y le ataron las manos por lo tanto afirmó que “nuestro apoyo y nuestra excesiva comprensión hacia la guerrilla han terminado”.

Complicidades y relaciones peligrosas

Ceferino Reato destaca dos aspectos poco conocidos de aquella época: las peligrosas relaciones que la Organización Guerrillera estableció con el verdadero aparato sindical y con el Ejército. En estos aspectos se ve claramente que la pesquisa del periodista y la formación del politólogo fueron mucho más profundas que las investigaciones realizadas, hasta el momento, por los historiadores.

En primer lugar se detallan los acuerdos entre Montoneros y Lorenzo Miguel, quien tenía su propio poder, ya que era secretario general de la UOM y estaba al frente de las 62 Organizaciones Gremiales Peronista.

En segundo término la “alianza táctica” entre Montoneros y el Ejército, desafiando la autoridad de Perón. Este acuerdo dio lugar al denominado “Operativo Dorrego”, un emprendimiento cívico-militar llevado a cabo pocas semanas después del éxito de la Operación Traviata. A principios del mes de octubre, los soldados y los integrantes de la Juventud Peronista de las Regionales (cuadros de respondían a la Organización) trabajaban conjuntamente en el territorio de la provincia de Buenos Aires. Según Reato este era sólo el primer paso, ya que el General Calcagno y la Conducción Nacional de Montoneros tenían planificados otros proyectos en común, como la participación guerrillera en las maniobras anuales del Ejército.

Pero la gota que derramó el vaso cayó justo el 12 de octubre de 1973, el día en que el General asumió su tercera presidencia. En medio de la inmensa movilización popular un grupo de jóvenes repartía el “Acta de unidad de FAR y Montoneros” en la que se denunciaba la “creciente ofensiva del imperialismo yanqui tendiente a sofocar nuestro proceso de liberación”.

Un trágico final; un sueño pendiente

A pesar del permanente hostigamiento armado de la guerrilla, el General buscó llevar a la práctica su concepción de la Comunidad Organizada, a través del Modelo Argentino para un nuevo Proyecto Nacional, que presentó en su discurso a la Asamblea Legislativa el 1º de mayo de 1974. Ese mismo día expulsó a los Montoneros de la Plaza; no sólo los llamó estúpidos e imberbes, sino que también los trató de “infiltrados que trabajan de adentro, y que traidoramente son más peligrosos que los que trabajan desde afuera, sin contar que la mayoría de ellos son mercenarios al servicio del dinero extranjero...”

Pocas semanas antes de morir el General nombró al pueblo como su único heredero; tenía plena conciencia de que las estructuras peronistas se estaban convirtiendo en meros aparatos de poder, incapaces de representar la voluntad popular y los principios justicialistas.

Es interesante ver como algunos protagonistas directos de esta historia reconocen ante el periodista razones, excusas y “errores” que no son capaces de sostener en las discusiones políticas que se iniciaron hace ya 35 años. El caso más paradigmático es el de Roberto Perdía, quien afirma: “ya no había confianza en Perón.(…) Fue un cuestionamiento a su autoridad, a su conducción.(…) “Lo de Rucci hay que tomarlo junto con la confrontación con Perón, que no supimos evitar. Es parte de lo mismo. Hemos sido los principales perjudicados.En el libro se demuestra que esta interpretación es totalmente falsa.

Por un lado, el único que quiso evitar la confrontación fue el General, mientras la organización guerrillera hizo todo lo posible por agudizar las contradicciones. Por otro lado, los principales perjudicados fueron los trabajadores, quienes además de sufrir la represión del Proceso, ya que mayoritariamente no tuvieron la opción del exilio, perdieron muchas de conquistas sus laborales —entre otras, la excelente ley de Contrato de Trabajo— y vieron fuertemente disminuida su participación en la distribución de la riqueza del país.

Un párrafo especial merecen los cientos de delegados de base y dirigentes sindicales, que nunca tuvieron relación con los Montoneros, que son una parte importante de los treinta mil desaparecidos, por ejemplo Oscar Smith, Secretario General del Sindicato de Luz y Fuerza (Capital).

Desde el comienzo, Reato asume claramente que la investigación periodística no puede remplazar a la justicia. Un libro no tiene el poder de condenar a los autores materiales ni a los instigadores intelectuales de un crimen, pero sí puede demostrar como la Conducción Montonera, y todos los que acordaron con ella, fueron los responsables de una política de abierto enfrentamiento a Perón a quien, finalmente traicionaron.

En Operación Traviata se demuestra como los veintitrés balazos que penetraron en el cuerpo del Secretario General de la CGT, acribillaron toda posibilidad de diálogo, todo intento de reconstrucción económica y social. La violencia le ganó la partida a la democracia, el ideologismo pudo más que la política, la visión de la lucha de clases triunfó sobre la propuesta de la unidad nacional. El asesinato de Rucci y la muerte de Perón marcaron el fin de una época.
                                                                                                           
En los años ‘70 se perdió el valor de la vida, en los ‘80 se perdió la posibilidad del desarrollo económico y en los ‘90 se perdió la bandera de la justicia social. Será difícil recuperar estas tres décadas perdidas si no se logra comprender en profundidad las causas de tantos dolores y fracasos.

30/9/2008

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