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Feria del Libro de Frankfurt
 
Un caudillo latinoamericano como cualquier otro
 

 

Por Michel Nieva
powdered1988@hotmail.com

Libro: Yo el supremo. Autor: Augusto Roa Bastos. Editorial De Bolsillo / Mondadori. 590 páginas. Año 2010.

Ya es conocida la anécdota de que, durante el otoño de 1967, en Londres, Fuentes y Vargas Llosa se reunieron para tramar un proyecto literario marketinero pero inusual: convocar a todos los escritores latinoamericanos de moda para que cada uno escribiera una nouvelle inspirada en su “tirano nacional favorito” y publicarlas, todas, en un volumen de la Editorial Gallimard.

La imposibilidad de coordinar las agendas de los diversos autores concluyó en el fracaso del proyecto, pero ocasionó que tres de ellos, apelando a ese tema en común, compusieran tres novelas centrales para la literatura latinoamericana: El recurso del método, de Carpentier, El otoño del patriarca, de García Márquez, y, quizá sorpresivamente, porque provenía de uno de los menos famosos del llamado boom, pero a la vez por lejos la mejor, Yo el supremo, de Augusto Roa Bastos.

Se trata dela novela más brillante que se haya compuesto sobre caudillos de esta región. Un titánico pastiche de cuadernos, testimonios, citas, documentos, investigaciones (todos bien borgeanos, o sea, apócrifos) sobre José Gaspar Rodríguez de Francia, presidente paraguayo entre los años 1814 y 1840, y que se autodenominó a sí mismo, durante ese período, Supremo Dictador Perpetuo de la República de Paraguay.

El libro se inicia con un pasquín opositor encontrado en la catedral de Asunción, falsamente atribuido al Supremo Dictador, donde éste, supuestamente, exhorta al pueblo a colgar su cabeza de una pica el día de su muerte, y a asesinar a todos sus seguidores. Rodríguez de Francia, enloquecido de odio por el hallazgo de este pasquín, exige encontrar a los culpables, pero  no entiende cómo se logró imprimir, si todos los escribas, las imprentas, las papeleras, y cualquier actividad pública o privada dentro del país se hallaba férreamente controlada por sus agentes. La búsqueda de los culpables ocasiona un surrealista y genial retrato del régimen policial del Paraguay, donde la posibilidad de una voz distinta a la del presidente se encontraba cercenada radicalmente de raíz.

Fascinante y contradictorio, Rodríguez de Francia era, por un lado, devoto lector de Voltaire, Montesquieu y Diderot, promulgador de la educación laica, reconocido por su honestidad intachable (vivió siempre de un magro sueldo sin aceptar favores ni regalos) y presidente durante la época de  mayor florecimiento económico y social en toda la historia de Paraguay. Pero, al mismo tiempo, se caracterizó por una crueldad implacable (dictaba decretos de horca a mansalva, y condenó a cadena perpetua a un hombre sólo porque era el prometido de su amor imposible, entre otras inequidades); además de prohibir la salida del país a los ciudadanos paraguayos, y anular de hecho el espacio de cualquier opinión que no fuera panfletaria o exaltatoria de su figura.

Este último elemento, la ausencia de diversidad de opiniones, se ostenta de manera magistral en la forma en que se narra la novela. Dividida en dos tipos de confesiones personales que el Supremo dicta a su escriba (el cuaderno privado o la circular perpetua), en estos textos sólo se lo escucha a él, y cuando otro personaje habla, no hay signos de diálogo, o diferenciaciones en el manuscrito, sino que esas voces aparecen empotradas en La Voz del dictador, como si fueran apéndices suyos, sin posibilidad de distinción, en una suerte de monofonía inquebrantable que da cuenta de las fantasías de omnisciencia y la falta de pluralidad de discursos a la que aspiraba Rodríguez de Francia.

Solamente en los márgenes del texto (notas al pie, acotaciones del editor, breves epígrafes con testimonios) laten apenas murmullos de alteridad, pero aplastados por la presencia omnipotente y temeraria de Yo el Supremo. Todo este juego de voces que plantea la novela es un ejemplo brillante de la lucha encarnizada de poder que ejercen los discursos y sus interacciones.

Yo el Supremo  despliega una gran variedad de registros, desde cartas militares, reseñas literarias, retazos de enciclopedias y libros de memorias y escolios hasta crónicas de conquista escritas en castellano arcaico, papers académicos o listas de compras y de cualquier tipo, que le suministran a la novela una rara estructura hipervincular pero a la vez pop, un pop del siglo diecinueve.

La única objeción posible a la obra: su extensión, que tal vez al lector contemporáneo le parezca innecesaria, y le deje la sensación de que le sobran entre cincuenta y cien páginas.

Que un autor sea considerado clásico no depende nunca  de la calidad de sus libros, de la cantidad de  genialidad o de talento corriendo por sus venas, ni, mucho menos, como pensaba Borges, del entusiasmo a veces arbitrario que los lectores profesan por su obra, sino más bien del lugar específico que él ocupa en un sistema de relaciones, que es cierta tradición literaria. Y el hecho de que tantos escritores contemporáneos lo hayan re-inventado como su precursor, desde Abad Faciolince a Rocangliolo, pasando por Cucurto, revela de qué manera Augusto Roa Bastos sea una figura indeleble para las letras latinoamericanas. 

4/3/2010

www.solesdigital.com.ar

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