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Festival de Jazz Buenos Aires 2015

Conociendo a Mr. Marsalis

Por Aleix Duran
@aleix_duran

Enfundado en sus Nike de suela blanca, pantalón de jean y camisa alba por dentro, bien al estilo norteamericano, en la búsqueda general de un consejo sobre cómo tocar jazz, responde impasible, con aquel relax característico de quien bien sabe qué decir: “escuchar los discos”. Así de simple pareciera, así de natural surge la respuesta de un maestro.

Es Branford Marsalis, el saxofonista, el mayor de los hermanos de una destacadísima familia de jazzmen que acunó en Nueva Orleans el abuelo y activista por los derechos civiles Ellis Marsalis Sr. a principios del siglo XX.

Desde el primigenio Motel Marsalis – fundado por Ellis Sr., el primer dueño negro de un alojamiento en Jefferson Parish – por dónde transitaron ilustres huéspedes como Martin Luther King y Thurgood Marshall*, o Ray Charles y Etta James, el jazz y las andanzas musicales de esta gran familia dieron la vuelta al mundo. Del hotel y el compromiso del abuelo pasando por el piano del padre, Ellis Jr., la trompeta de Wynton, el trombón de Delfeayo, la batería de Jason.

Y ahí está Branford, más de dos décadas después de su última visita, de nuevo en Buenos Aires, en el barrio de La Boca, compartiendo palabras cómplices, sonrisas, con Ricardo Cavalli, destacado saxofonista argentino, ante una comitiva de conservatorios, músicos, público en general y algún que otro despistado al que confundió eso de la palabra “clínica”.

La carcajada al teléfono del viejo Ellis Marsalis Jr. – el padre, pianista de tradición – no pudo haber sido más sonora cuando un joven Branford le dijo, después de escuchar a su hermano Wynton con Art Bakley en un club allá por Massachusetts, que quería tocar jazz. Asiduo del R&B en sus tempranas primaveras, como todo adolescente cool de la época, a Branford la revelación del jazz le tenía que llegar de una manera u otra y al Marsalis progenitor no le quedó más opción que afirmar, todavía escéptico, “alright, alright”.

Así se dio, siguiendo ese camino marcado por una trinidad que parece ya indisoluble: talento, jazz y Marsalis, un bendito trinomio al que Branford le añade ese toque de popularidad, por así decirlo. La llamada de Sting, Tina Turner o Bruce Hornsby – creador del “sonido Virginia” – entre algunos otros, fueron experiencias enriquecedoras elegidas a conciencia ya que, las negativas – afirma el propio Branford – fueron muchas más que los “sí” a la hora de traspasar al lado “pop” de la fuerza.

Improvisación, divino tesoro, parafraseando al poeta nicaragüense, adentrándonos en esa marea inexpugnable del jazz, ese apasionante y personal lienzo en blanco por el que transitaran con tanta naturalidad algunos, los grandes, en un lenguaje propio y compartido, en apropiaciones y guiños, entre Hawkins, Parker, Gordon, Young, Webster y tantos otros que abrazaron con delicadeza la música a través de ese caño de chapa que algunas décadas posteriores, otros, destrozaron cual inconscientes.

Branford y ese tesoro anhelado, y la isla de su creatividad, su expresión, su destreza; y si le preguntan por su mapa la respuesta roza la obviedad, ese sentido común que conviene que sea reafirmado por los que lo tienen claro, los que pueden, los que saben: “si la canción es alegre, procura tocar algo alegre; si la canción es triste, algo triste”. ¿Fraude, desgana? Todo lo contrario. Esencia ante el impulso de correr, los dictámenes, la estandarización, la disección de la belleza en pro de un proceso técnico, estructurado, par, casi automatizado que tantas veces deja atrás aquello de transmitir, la emoción, el lenguaje, la simpleza, la conexión con la audiencia, lo sublime de la música.

Canciones formadas por un solo compás, en la concepción mental de Branford Marsalis, la predicación de la brevedad en el jazz, en su propia contradicción, en la comparación con el pop y esas pastillas emocionales que levantan pasiones. Esto es distinto, la teoría y la práctica, decir una cosa y hacer otra, una pintura hiperrealista y el mismo autor esbozando unos trazos espantosos, libres de todo, hasta el punto de parecer feos, desganados. Él sabe, él conoce, él vivió, él supo de los maestros y de la tradición, y de la humildad, y de que todavía se siente estudiante, a los 55 años, entre pasajes de música clásica, Bach, y la fascinación que su profesión le brinda día a día.

Y el Teatro Colón un caso aparte, el cuarteto de Marsalis un elixir y un privilegio, con un Russell Hall (contrabajo) y un Justin Faulkner (batería) inconmensurables en la rítmica y, por qué no decirlo, un flow espectacular, innato, plástico, natural – mención aparte para el delicioso y simple golpe de baquetas en unos trades con la batería – acompañados por un Samora Pinderhughes (piano) más que correcto, tal vez falto de peso, o condicionado por la técnica y aquellos misterios de la acústica y la ingeniería que privaron a los pisos altos y a los oídos más finos de una experiencia sonora de excelencia.

Y Branford y ese sonido que atrapa, desde la primera nota, en la vibración personal y distinta de un saxofón tenor que emana algo más. Otra liga dirían, en el símil inevitable, argento y esférico, categórico, definitivo. Y el difícil soprano en una afinación impecable y esos tintes al grandísimo Sidney Bechet, tal vez el primero de los primeros, coterráneo y seguro inspirador.

Propias composiciones, algo de tradiciones y esa versión ya clasica “alla Branford” del swinguero It don’t mean a thing después de invitar a la bandoneonista coreana Shinjoo Cho para una emotiva versión de Oblivion del gran Astor Piazzolla, todo un guiño y un detalle hacia la grandísima música urbana rioplatense. “Un domingo santiagueño no es un domingo cualquiera”, diría la chacarera, sin ninguna duda – aunque faltó el vino – un apacible domingo con jazz, Branford Marsalis y sus músicos, tampoco.

20/11/2015

*Primer afroamericano juez de la Corte Suprema de los Estados Unidos

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