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Perfiles: Joe Cain (parte 1)

El gringo más latino


Joe CainPor Javier Cardenal Taján
xabi10xabi@gmail.com

Recuerdo como siendo muy pequeño debía soportar la insistencia de mi padre por hacerme escuchar jazz. -especialmente cuando se me ocurría  volar la casa con esa "música del demonio" que los jóvenes suelen escuchar. Siempre aparecía con cassettes de Frank Sinatra, Glenn Miller Orchestra o Louis Armstrong si es que no insistía con adentrarme en el mundo de la música clásica. Otra opción era hacerme revisar sus discos de vinilo para ver si captaban mi atención, y vaya que lo lograban con sus tapas destellantes.

Sin embargo, la falta de un tocadiscos me impedía dar el siguiente paso. Al poco tiempo, y cuando tenía 11 años de edad, mi padre me convenció para que invirtiera todos mis ahorros en una bandeja profesional y un par de parlantes. Lamentablemente, la bandeja era de industria estadounidense y no tuve mejor idea que enchufarla directamente a nuestros 220V para pasarla a retiro en un santiamén (sin embargo aún la conservo). 

Entre las contadas anécdotas que mi progenitor cuenta sobre su joven adultez transcurrida en los Estados Unidos, existen aquellas que nunca pueden faltar en las sobremesas familiares. Una es la de haber asistido a la pelea entre Muhammad Alí y Oscar “Ringo” Bonavena en el mítico estadio Madison Square Garden de New York . Contrera como pocos, o mejor dicho como todo vasco (bilbaíno más precisamente), siempre aclara que la pelea que verdaderamente ameritó los 50 dólares pagados aquella fría velada del 7 de diciembre de 1970 fue la preliminar entre el campeón mundial de los ligeros, el escocés Ken Buchanan y el canadiense Donato Paduano. “Bonavena y Alí estuvieron bien, pero mejor pelea fue la prelimimar, se dieron como en bolsa”.

Otras anécdotas que Mnemósine le sopla hasta el día de hoy, son aquellas sobre sus noches de Jazz en el gran país del norte. El hombre siempre se jactó de las muchas veces que acudió a auditorios, bares y restaurants para disfrutar todo el talento de verdaderos hitos de la música de jazz como Nat King Cole, Frank Sinatra, Miles Davis, Dizzy Gillespie y tantos otros. Pero muy a pesar de su insistencia y tesón, había algo que todavía no me cerraba. Me hacía escuchar aquellas melodías y no podía evitar dibujar en mi mente algo indefectiblemente asociado a la gente mayor, muy mayor. El mismo prejuicio tuve con el golf, deporte que disfrutaba por TV pero nunca pasaba por mi mente practicarlo hasta que hace un par de años cambiaron las cosas y descubrí un costado adicto en mí.

Joe Cain - Latin Explosion

Recuerdo que esas sórdidas melodías del be-bop gillespiano producían en mí un enjambre de sensaciones y aguda parafernalia. O aquellas otras baladas rebosantes con dulces matices halagadores para el alma pero tan ajeno para un niño. Esa conjunción de trasnoche, humo de fumadores impasibles invadiéndolo todo y descubriendo tras aquel velo soporífero a figuras lúgubres acodadas en una barra, o compartiendo mesa con extraños, besando un whisky y rendidos al músico de turno eran imágenes que me asustaban.

Creo que fue recién a los 13 o 14 años que empecé a sentir cierto cariño por aquellos cassettes que mi padre traía. Claro que nunca comentaba con mis amigos esa incipiente fascinación por aquella música. Siempre quedaba mejor discutir los videos musicales que veíamos en el programa  Rock & Pepsi los sábados por la mañana, o las cintas que intercambiabamos de Queen, David Bowie, Guns & Roses, Depeche Mode, Michael Jackson, Pink Floyd, Genesis, o Patricio Rey y sus Redonditos de Ricota. Uno no podía revelar que al momento de irse a dormir sonaba el álbum “Point of No Return” con algunas de las melodías más tristes surgidas de la boca de Francis Albert Sinatra. La tapa de aquel casete aún me sigue fascinando, era un viaje cada noche, una nueva aventura para ese Sinatra parado detrás del monumento, de sombrero, piloto beige, cigarrillo en mano y perdido en la noche azulada.
 
Sin embargo, fue recién a los 17 años y en quinto año del colegio secundario y con la complicidad de algunos compañeros del queridísimo Carlos Pellegrini (algunos se han convertido en músicos profesionales), cuando comprendí lo hermoso y apasionante del mundo del jazz. A partir de allí encontré la complicidad necesaria con mi padre para que solventara cuanto CD desease. Y fue también en esa época que comprendí la magnitud del trabajo de ese gran músico, arreglador y productor que fue Joe Cain. Un artista sobre el cual mi padre hacía referencia constante a la hora de hablar de Jazz.

Pero el gusto por el jazz, la lectura y la cocina, no son las únicas cosas que  heredé de mi padre. También comparto haber pasado cierta etapa de mi vida -mis primeros años de existencia- en los Estados Unidos. Fue en Manhattan en donde conocí a Joe Cain.

Joe nació el 31 de enero de 1929 en el sur de Filadelfia. A comienzos de los años 30 su familia se mudó a la sección Trenton del Bronx . Siendo adolescente le ofrecieron una trompeta y clases con un primo de su padre llamado Jackie. Pero no sería hasta luego de ver a Harry James en el teatro Winsor, que el pequeño Joe no tendría más preguntas sobre cómo quería pasar el resto de su vida.

Ya de adulto, y consolidado en el mundo de la música, Joe solía recorrer las calles de Manhattan llevando de la mano a un pequeño revoltoso y melenudo que no era otro más que yo. Así, literalmente colgando de esa mano firme, entrenada durante años en los pistones de una trompeta, recorríamos Central Park West, la Quinta Avenida y Broadway. Esa misma mano que había estrechado las de grandes del género como Dizzy, Tito, Benny, o Celia (a buen entendedor pocas palabras), entre tantos otros. La pasábamos muy bien. Hombre de buenos modales, elegante hasta para hablar su idioma pasaba largos ratos intentando enseñarme la lengua lnglesa. También a Joe, y su esposa, le debo mi primer bicicleta. Fue una mañana de un 25 de diciembre, momento en que se abren los regalos navideños en el país del norte cuando me sorprendieron. Qué alegría, pasamos la mañana entera armándola y el resto de la jornada dando vueltas a la manzana. Aún conservo aquella bicicleta.

Joe Cain y Tito Puente
Joe Cain junto a Tito Puente

Los momentos relatados son propios de la intimidad y convivencia familiar. Y es que para quien suscribe, Joseph Caiani no fue aquel eximio trompetista apasionado por la música latina que supo trabajar con Dizzy Gillespie, Tito Puente, Paquito D'Rivera, los hermanos Charlie y Eddie Palmieri, Vicentico Valdés, el inolvidable Tito Rodríguez (el Sinatra latino), Machito, o Rey Dávila entre tantos otros grandes. Tampoco lo consideré el brillante productor, arreglador y compositor de 80 discos y supervisor de otros 400 albumes. Ni siquiera aquel gringo que dio gran impulso al Jazz Latino en los Estados Unidos. Para mí, Joe Cain no era "el esposo de mi tía" sino, y simplemente, el tío Joe. 

Como olvidar el casamiento de ámbos. Creo haberme comportado como el mísmisimo "Daniel, el terrible".  Me lo pasé corriendo y alborotando cada rincón del salón. Siguiendo a mi tía a sol y sombra, negándome a que le sacaran fotos a la novia y pelando con todo fotógrafo a mi alrededor.  Luego como buen enfant terrible me dediqué a machucar las teclas de un piano generando un batifondo en el salón ante la mirada atónita de los invitados entre los cuales se encontraba Tito Puente y muchos otros aces del género. La velada la terminé aferrado al vestido de novia y exigiendo un lugar en la limousine que aguardaba afuera a la pareja para comenzar su luna de miel.

Aún están frescas en mi memoria las últimas charlas teléfonicas que mantuvimos. Qué grató fue comunicarle que a mí también me gustaba el jazz y que no sólo las cintas de mi progenitor, sino también aquel saxofón de juguete que el tío me había regalado y con el cual yo daba magnificos recitales al aire libre en el Central Park para mis padres y desgracia de los transeúntes, dio sus frutos años más tarde.

Hablamos también de aquellos artistas que admirabamos y los que no tanto. Recuerdo que no coincidimos en el gusto por Wynton Marsalis, al cual Joe veía muy academicista. Su amor por el jazz era tan grande, que tras revelarle mi gusto por éste, su respuesta fue inmediata. Al poco tiempo el cartero llamó a mi puerta. Directo desde la gran manzana llegó un paquete lleno de discos. Una selección recorriendo todos los tiempos y escuelas del jazz, incluyendo algunos de sus trabajos; otro alegrón.

El pasado mes de febrero se cumplieron tres años desde la muerte de Joe Cain. A pesar de la distancia que nos separaba, su perdida caló hondo en mí. Siendo ya mayor, y para colmo periodista, lamenté mucho no haber podido pasar más tiempo con aquel gran padre y hombre de familia que tanto tenía para enseñar y contar. Su hijo, mi primo, no es músico pero sigue los preceptos de buena educación y sacrificio que tanto Joe como mi tía le mostraron. Charlamos asiduamente y reímos juntos al recordar las versiones que cada uno tiene de ciertas anécdotas familiares. 

21/4/2010

Notas relacionadas:

Joe Cain: “La música latina siempre estará en mi sangre”

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