| Aniversario
de la muerte de Luca Prodan, ex líder de Sumo
Nunca
dejará de brillar
Por
Sergio Visciglia
svisciglia@hotmail.com
“El
gris se volvió dorado justo cuando el día envejecía.”
Y las montañas brillaron inmediatamente, porque esa luz era cada vez
más resplandeciente. Sus rayos iluminaron a todo un país, ajeno
a la ilusión inerte y sarcástica de un emocionante psicópata
lleno de aventura, pasión, inteligencia y locura.
La garganta
gritaba con inmenso poder, un poder externo, y a la vez interno, de alguien
que vino a vivir una larga luna de miel hacia el fin del mundo, que sin embargo
fue tan corta...
Ya los
bares sonreían, agradecidos por la mística que invadió
su agonía y austeridad, y los volvió felices e importantes,
más hoy que ayer, y mucho más que anteayer. Brillaban los sótanos,
los techos bajos, las piedras. Brillaba la ciudad, sin darse cuenta, sin saber
por qué.
Un puñado
de locos acompañaba esa luz, y así, ésta se volvía
mucho más intensa. El aburrido sonido del pueblo se convirtió
en vida, una vida como nunca antes había existido, repleta de algarabía,
descontrol y desenfreno, pero también de calma, mesura y reflexión.
Y
así todos bailaban y reían, la luz transmitía felicidad,
no dejaba sufrir, pero nadie se preguntó nunca qué era (o quién
era) esa luz. Ella brillaba por fuera, pero se opacaba por dentro cada día
más, sin percatarse de su interna oscuridad. Nadie lo esperó,
nadie lo pensó, pero varios lo temían: una noche de diciembre
ella (ÉL) dejó de brillar en la tierra. Algún perdido
psicópata jura que esa noche vio subir por el Abasto un extraño
haz de luz que lo encandiló y no pudo ver más. Cuando recuperó
la visión, miró al cielo y se sorprendió: tenía
una estrella más.
Entre
la noche del 22 y la madrugada del 23 de diciembre de 1987, fallecía
en su casa Luca Prodan, cantante de la ya mítica banda de rock Sumo,
la cual marcó un antes y un después en la historia del rock
nacional, y que sirvió como fuente de inspiración para absolutamente
todas las bandas posteriores hasta la actualidad, las cuales reconocen influencias
de esa música extraña, revolucionaria, desprolija, sin arreglos,
repleta de locura, de magia y emoción. Todos los testigos aseguran
que los recitales rompían y cambiaban sus cabezas, liderados por ese
pelado loco italiano que llegó de Europa para escapar de la heroína
y le entregó a un país la nueva fórmula para que su rock
reviva de las cenizas.
Muy
pocos conocen la historia de Luca más allá de “La rubia
tarada” o el alcohol. Alguien que antes de ser reconocido en el país
usaba el pelo largo, que vio a todos los grandes grupos de los ´70,
que conocía todo de la música, que fue a uno de los colegios
secundarios más prestigiosos de Europa en donde se destacaba en la
mayoría de las materias, que participó en la película
“Cleopatra”, que no le interesaba el dinero, que podía
hablar de cualquier tema con gran altura gracias a su inteligencia y su interés,
pero que a su vez parecía no importarle nada. Su hermano Andrea nos
deja la definición exacta: “Luca era como un torbellino, una
bomba atómica, llegaba a un lugar y daba vuelta a todos”.
Pregúntenle
si no a Roberto Petinatto, Alberto Troglio, Germán Daffunchio, Alejandro
Sokol, Diego Arnedo o Ricardo Mollo, compañeros de ruta con Sumo, y
los últimos cuatro, líderes de dos de los mejores grupos de
rock en la actualidad: Las Pelotas y Divididos. “Brilla tu luz para
mí” se llamó el último tema que compuso Luca, quizás
una especie de autohomenaje inconsciente para que no nos olvidemos que nunca
dejará de brillar.
27/12/2006
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