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Noche de un ritual llamado Pearl Jam
Por Andrés Enriquez Dibós

“Todo tiene cadenas, absolutamente nada ha cambiado” (“Everything has chains, absolutely nothing’s changed”) aúlla un intenso Eddie Vedder, con guitarra en mano, interpretando  Corduroy,  el cuarto tema de la noche, ante un colmado predio de Costanera Sur. La frase resulta el perfecto epítome para intuir el concepto de la tercera presentación en suelo porteño de la banda de Seattle y la primera en el marco de un festival. Una vez más, el (re)encuentro fue la perfecta excusa para un repaso de inoxidables hits, acordes y riffs que los fanáticos no se cansan de cantar y saltar ante una banda que sorprende por la simpleza de hacer siempre fácil lo difícil: ofrecer un soberbio recital de rock.   

La noche comenzó con Release, un calco a la apertura de hace un año y medio nomás, en el Único de La Plata, tanto en puesta en escena como en interpretación. Pantallas en blanco y negro, el mismo escenario atiborrado de amplificadores y, claro, el eterno Eddie compenetrado como siempre en cuerpo y alma como si la repetición en vivo y el paso del tiempo no erosionara el profundo sentimiento de esas palabras escritas a su padre. Pero rápidamente todo cambió. La calma del primer tema y el espejo con el reciente pasado se desdibujaron para desatar esa furia energética marca registrada que despliega Pearl Jam arriba de los escenarios. Tres clásicos de su iniciático disco Ten (1991) como Even Flow y Deep, con un virtuoso McCready en guitarra y  Jeremy con Jeff Ament comandando el frenético ritmo de la banda desde su bajo, trazaron junto a Save You, In Hiding y Luckin el primer y arrollador tramo del concierto.

Pearl Jam edificó a lo largo de todas sus presentaciones en nuestro país una particular relación con el público local. Una conexión que transforma cada concierto en un verdadero ritual, donde se revive esa cohesión grupo/público y en el que se agiganta la identificación con la banda norteamericana. Por eso, no sorprendió que, una vez más, durante el final de Black la gente se quede coreando la guitarra, ni que cante espontáneamente “hey ho, let’s go” en alusión a la filiación ramonera que comparte con los músicos (luego materializada en el cover I Believe in Miracles). Tampoco llamó la atención que cada gesto de la banda sea respondido con el delirio colectivo de las 60.000 personas que coparon el predio de Costanera Sur, como cuando Vedder entonó el cover de It’s Ok íntegramente en castellano. Se trata de un constante ida y vuelta, de un dar y recibir. Un ritual que a esta altura no precisa de excusas de lanzamientos discográficos ni giras aniversario.

La noche tuvo sus perlitas con distintos matices. El rabioso y triste grunge de I got ID, el dedicado Given to Fly al basquetbolista Fabricio Oberto, la profética Do the Evolution para que Stone Grossard tomara la posta en guitarras y el punk rock de Got Some con un inmejorable Matt Cameron desde los parches. La tierna balada Just Breath fue espontáneamente interrumpida por Eddie Vedder para dedicar unas palabras a la tragedia del temporal y dar sus condolencias por la gente fallecida. Y sí, tampoco faltaron a la cita los clásicos folk de Eldery Woman Behind The Counter In a Small Town y de Daughter.

El cierre no fue la excepción a la regla. La tríada de Alive – Rocking In the Free World - Yellow Ledbetter cerró, como en Ferro (2005) y en La Plata (2011), otra memorable velada de dos horas y media y 26 temas. Pearl Jam se encargó de desmitificar, con un sonido impecable, de que en Costanera Sur las bandas no pueden sonar bien. El público agradecido, a pesar del barro y de que los temas sean en gran parte los mismos de siempre. Es que, en esencia, el ritual se trata un poco de eso. De que todo tiene cadenas y el tiempo difícilmente lo cambie.    

18/8/2012

Foto: Télam

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