|
El
rock mas allá de los mega festivales
Por
Sergio Visciglia
svisciglia@hotmail.com
Después
de la vorágine del Pepsi Music, el rock sigue trastabillando con las
mismas piedras que comenzaron a aparecer luego de Cromagnon. Las clausuras
masivas provocan gigantescas brechas entre las bandas, dejando a las más
pequeñas a la deriva de un barco que no solo lleva cargada una tragedia,
sino también paranoias, muchas dudas, y grandes negocios para unos
pocos.

Ya pasó
la fiesta máxima de rock del año en nuestro país (bah,
falta el “bonus track” en un mes) y decenas de miles de personas
acompañando a más de cien bandas participaron de doce días
de rock, bajo una organización llevada a cabo por la segunda gaseosa
más importante del mundo (Pepsi) y por la productora roquera más
activa del mainstream actual (PopArt).
Grandes
visitas llegaron para la velada: Iggy Pop, Ziggy Marley, The Skatalites, Michael
Rose, y los infaltables uruguayos de La Vela Puerca y No Te Va Gustar. Sin
embargo, en el año en que más días duró el festival,
también hubo grandes ausencias de figuras nacionales convocantes: Bersuit
Vergarabat, Los Piojos, Charly García, León Gieco, Attaque 77,
Kapanga, Vicentico, Fito Páez, Ratones Paranoicos, Jóvenes Pordioseros,
Almafuerte, Mimi Maura, Dancing Mood, entre otros (¡guau! Podemos hacer
otro festival, ¿los estarán buscando los de Coca Cola?).
“Hoy
el noble y el villano, el pro hombre y el gusano, bailan y se dan la mano
sin importarles la facha”, canta Serrat en esa hermosa y cierta
canción llamada “Fiesta”. Algo así sucede en estas
ocasiones: bandas taquilleras, bandas hiteras, algunas bandas de culto, muchas
bandas nuevas casi desconocidas, todas participaron de la fiesta, aunque por
supuesto con los horarios, sonido y sanguchitos correspondientes para cada
una (el derecho de pisa existe en todas las disciplinas).
Sin embargo,
este “oasis” en el cual muchas bandas pequeñas se pudieron
dar a conocer (a las tres de la tarde siempre caen aunque sea quinientas personas,
¿o no?) dura dos semanas y luego la vida continúa. Siguiendo
con la lírica del gran Nano, digamos que vuelve “…la
zorra pobre al portal, la zorra rica al rosal, y el avaro a las divisas”.
Tal cual.
Los grupos
de renombre continuarán tocando en los pocos grandes lugares existentes
cuyas fechas son producidas por poco más de dos productoras que controlan
la situación; los grupos “del medio” tendrán que
seguir gastando billetes o pactar con alguna productora para conseguir tocar
en lugares más grandes, y los grupos más under deberán
volver a lidiar con las bestias salvajes que se aprovechan de la precariedad
de la situación para cobrarles sumas inconcebibles que no pueden cubrir
ni aún llenando el lugar y vendiendo las entradas al doble de su valor.
La paranoia
post Cromagnon, sumada al negocio de unos pocos, envuelve a la escena roquera
porteña actual en un marco totalmente preocupante, con clausuras de
locales en algunos casos bastante sospechosas, e incluso también clausuras
de festivales (vale recordar el caso del Festival Puro Reggae II en septiembre
de 2005, suspendido el mismo día que se iba a realizar, en donde tanto
organizadores como músicos acusaron a la productora del Pepsi Music
de ser artífice de tal suspensión).
Las medidas
a tomar son realmente necesarias. No hay nada que objetar, pero muchos lugares,
pese a tener todo en regla, simplemente no pueden realizar el show en vivo
porque las trabas para su habilitación son exuberantes y se han cerrado
lugares por excusas absurdas.
Ni siquiera
es fácil poder hacer una cena show, donde, seamos sinceros, ¿cuál
es la diferencia en que haya cincuenta personas comiendo, a que haya cuarenta
y cinco personas comiendo y cuatro músicos tocando instrumentos? Como
frutilla del postre, otra excusa vedette en estos tiempos es la de que muchos
lugares se encuentra en zonas residenciales; pero, ¿dónde están
los estadios de River Plate, Obras (perdón, Pepsi) o Ferro?
Las soluciones
no parecen asomarse, y el festival Pepsi Music ejerce una especie de rol pacificador
de tal conflicto, mostrando ante la opinión pública (con la
complicidad de algunos músicos también) esa imagen de “todo
bien”, “el rock vuelve a vivir”, “es una fiesta”,
“estamos todos contentos”. Y estas frases se leen en todos los
medios masivos, y se habla de la buena organización, de cuanta gaseosa
hubo, de la puntualidad en los horarios, pero pocas veces sale que es lo que
sucede en los suburbios del rock, ahí bien abajo donde el negocio no
es redondo.
Entonces
el mega festival más importante del año apoyado por las grandes
radios termina siendo el encubridor de una realidad que afecta a cientos de
bandas desconocidas que no pueden ni van a poder tocar, y la que muchos por
ende nunca se van a enterar de que existe.
Algunas
pequeñas luces de esperanza parecen asomarse en ciertos movimientos
como el MUR (Movimiento Unidos por el Rock), donde los propios músicos
autogestionan lugares para que las bandas puedan tocar, o la UMI (Unión
de Músicos Independientes), e incluso también varios productores
independientes buscan generar movidas en ciertos lugares para intentar frenar
al monstruo grande que pisa fuerte.
El pasado
martes 31 de octubre, la UMI convocó a una marcha frente a la sede
del Gobierno de la Ciudad, luego de haber enviado una carta documento al jefe
de gobierno, intimándolo a que resuelva los grandes problemas en los
cuales se encuentran los músicos y empresarios independientes debido
a la clausura masiva de bares y pubs. Veremos que sucede con esta situación,
tal vez esas luces empiecen a brillar cada vez más.
Mientras
tanto, la brecha sigue aumentando entre ricos y pobres, fiel reflejo de un
país tal vez, por lo que entonces el rock no tiene por qué ser
la excepción. Los ricos toman gaseosa, cerveza y van al VIP del gran
estadio. Los pobres no toman ni agua y les suspenden el show cuando la van
a buscar al baño.
12/11/2006
Notas
relacionadas:
Pepsi
Music 2007
www.solesdigital.com.ar
|