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La década perdida del rock nacional

Por Mariano García
@solesdigital


Callejeros

A diez años de comenzado el siglo XXI, ninguna banda surgida en esta década ha podido ocupar un lugar relevante en la escena del rock nacional. Grupos pasajeros, productos del momento que van y vienen por los caprichos del marketing, y separaciones y reuniones cíclicas de los iconos del rock de décadas pasadas, es lo poco que ofreció la escena en los últimos diez años.

En el medio, la mayor tragedia de la historia del rock argentino como bisagra, aquella que en la fatídica noche del 30 de diciembre de 2004 en República Cromañón sepultó a 193 personas y catapultó a Callejeros al éxito masivo. Patéticamente, los liderados por el Pato Fontanet se alzan como el emblema de estos tiempos en los que se confunde tragedia y suceso comercial, con la muerte y los escándalos policiales como un karma que no deja de acompañarlos.

Distinto es el camino recorrido por Las Pastillas del Abuelo, auténtico fenómeno de convocatoria al margen del circuito oficial (entiéndase: medios masivos, grandes discográficas y megafestivales); y que los especialistas en el ambiente señalan como de lo más interesante hacia el futuro.

Por su parte, los artistas emblemáticos de los 90 en el mejor de los casos apenas si pueden aspirar a repetirse. Catupecu Machu, La Renga, Andrés Calamaro, Auténticos Decadentes, Babasónicos o Las Pelotas (por nombrar solo algunos) se mantienen gracias a sus grandes aciertos de épocas pasadas, pero no han aportado nada novedoso a las fórmulas que los llevaron a los primeros lugares. Otras, en notoria e irreversible decadencia, como los Ratones Paranoicos. O con el rumbo perdido, como Emanuel Horvilleur y Dante Spinetta, muy lejos de la lisérgica explosión de creatividad que fuero Illya Kuriaky & The Valderramas. Lo mismo podría decirse de Iván Noble, tan distante de lo que fue la mejor época de Los Caballeros de la Quema.

Divididos apuntó a agitar un poco el avispero con su reciente disco “Amapola del ‘66”. Pero no deja de ser significativo que la que para muchos es la banda más importante del rock nacional no haya aportado nada nuevo entre 2003 y 2009, con un disco en vivo y cinco recopilaciones. Una importante meseta creativa, si se tiene en cuenta que durante la década pasada (más precisamente desde su debut en 1989 con “40 dibujos ahí en el piso” hasta “Narigón del siglo” en 2000), los liderados por Mollo y Arnedo habían lanzado seis discos de estudio.


Ricardo Mollo (Divididos). Foto: Mariano García

La década también siguió viviendo del recuerdo de épocas mejores con los monumentales regresos de Soda Stereo (2007) y Los Fabulosos Cadillacs (2008) y sus masivas convocatorias en el estadio de River Plate. Y como complemento a los grandes regresos, las separaciones rimbombantes de los Redondos, Bersuit, Los Piojos, Attaque 77 o Los Pericos; casi siempre motivadas por las búsquedas como solistas de cantantes que tarde o temprano volverán a sus primeros amores con sus respectivos y masivos reencuentros. Como sucedió con Pity Álvarez, que ante el desgaste que evidenciaba con Intoxicados decidió también volver a los 90 y refundar Viejas Locas.

A falta de opciones de calidad, recrudecieron los tribalismos: rollingas, hip-hoperos, metaleros, etc… Las mezclas y fusiones quedaron en el pasado, ya nadie se atreve a atravesar géneros y cada uno está cómodo en su quinta. La estética y la vestimenta como marcas de pertenencia se imponen hoy más que nunca por sobre la calidad (ni que decir la originalidad) de la música.

El under se convirtió en apenas una versión pobre del mainstream. Misma música, mismos objetivos, mismas ideas, solo que con menos presupuesto, y con un sinnúmero de bandas cuyo único objetivo parece ser el de ascender peldaños y mejorar su ubicación en la grilla de algún megafestival. Aunque es imposible conocer la totalidad de un panorama extenso y fragmentado, uno tiene la sensación que ni siquiera buceando en lo más profundo de las aguas del under se puedan encontrar propuestas rupturistas o de vanguardia.

Queda para el bronce la tríada de próceres: Charly García, Fito Páez y Luis Alberto Spinetta, que no aportaron nada más que sus credenciales bien ganadas como iconos de una música que ya no los tiene como principales innovadores.

La consigna que domina el circuito es mantenerse antes que innovar. El público es feliz coreando los estribillos de siempre, y los músicos consagrados se recuestan sobre sus laureles para repetir una y mil veces las fórmulas ganadoras.

La enorme dinámica de los 90 fue seguida de un aplastante estatismo, que sólo fue agitado por el oleaje que desde el cercano oriente aportaron La Vela Puerca, No Te Va Gustar y El Cuarteto de Nos. Paradójicamente, lo mejor que le pasó al rock argentino en los últimos diez años fueron las bandas uruguayas.

29/7/2010

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