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Ron Carter, el Quijote del jazz

Por Javier Cardenal Taján
xabi10xabi@gmail.com

Hablar de jazz muchas veces conlleva a configurar imágenes de humeantes reductos que destellan en medio de las frías y negras noches del hemisferio norte. Pero también lanza al aire la idea de aquella señoría y caballerosidad de sus figuras que cuando no reciben la debida atención sobre su arte puesto arriba de un escenario, es porque entienden que deben dar lugar a declaraciones de amor, rupturas tórridas o encuentros de viejos amigos que se suscitan en aquellos night clubs de ayer y hoy.

Y si hay un icono del género que despliega elegancia, porte y distinción, ese es Ron Carter, quien invitó a su living de viernes por la noche montado en el teatro Gran Rex para compartir una velada más de las tantas que lo vieron como digno anfitrión en sus 76 años de vida y más de 60 junto a su fiel compañero: el contrabajo.

Acompañado por Donald Vega en piano y Russell Malone en guitarra, el Ron Carter Golden Strike Trio fue pura solidez, prolijidad y profesionalismo. Todos ingredientes clave si se quiere tocar junto a una figura como el mítico contrabajista del segundo quinteto de Miles Davis.

Abrieron con Parade para luego bajar un manto de dulces armonías con Candle Light, en el cual Malone invitaba a cerrar los ojos y escuchar a un Wes Montgomery o un Jimmy Raney, sin embargo era Malone y su exquisito y lírico punteo.
 
El paso previo por San Pablo dejó un grato sabor en los paladares del trío que no dudaron en montar Medo De Amar de Vinicius de Moraes y Wave de Antonio Carlos Jobim, al repertorio para levantar el caluroso aplauso de la platea.

My Funny Valentine fue otra de las piezas interpretadas por el trío, en este caso con tal delicadeza que uno no podía más que ambicionar un atajo hacia la osadía, pero esta nunca llegó.

Hacia el final, el fugaz show, duró apenas más de una hora, empezó a transitar los cauces que todos los espectadores aclamaban. 

Se vino Samba de Orpheus, tema que Luiz Bonfa compusiera para el film Orfeo Negro, y Carter maravilló durante casi diez minutos al público con un tremendo solo que desató todo el virtuosismo que sólo estar una vida ejercitando un instrumento puede otorgar y demostrarnos, una vez más, que es en el gran país del norte en donde surgen los fuera de clase y acentuar la diferencia con la buena predisposición de los músicos de otras latitudes, incluyendo las nuestras.

Así, el espigado quijote del contrabajo dio una clase de glissandos y armónicos sacándole todo el jugo al diapasón de su Sancho y le hizo honores a los tantos otros antihéroes del jazz que son los contrabajistas. Esos caballeros que hacen a un lado las mieles de las victorias rimbombantes para discurrir por los sueños casi lejanos y de voz ahogada que brotan de sus gigantes de madera. En las manos de Carter cantaban presente y se resignificaban los discursos de Ray Brown, Paul Chambers, Charles Mingus o el grandísimo Arvell Shaw, quien, tal vez, haya regalado al mundo uno de los mejores solos de contrabajo en la historia del género.

Con el teatro desviviéndose en loas para Carter, llegó Soft Winds del gran arreglador y compositor Fletcher Henderson para echarle más leña al fuego y provocar llamaradas de swing desde la guitarra de Malone y las rítmicas de Vega. El público quería más pero increíblemente se ponía cierre al show sin una gran puntada final.

Llegó el bis con There Will Never Be Another You, pero se quedó a medio camino para poder coronar esa atmósfera de fiesta que se había vislumbrado minutos antes cuando se había abierto la puerta a otra habitación y ya a punto de adentrarnos, Ron nos invito, respetuosamente, a abandonar su sala comedor.

Galería de fotos. Click para ampliar

 

8/10/2013

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