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The Mars Volta

La intrepidez como arma de doble filo

Por Julián Melone

The Mars Volta comienza incluso antes de existir cuando sus mentores, Omar Rodriguez-Lopez y Cedric Bixler-Zavala, se conocen. El primero puertorriqueño, el segundo estadounidense criado por una familia mexicana, y ambos personajes peculiares que no tardaron en entender que de alguna manera eran el uno para el otro.

Su primer banda, At the drive-in, se volvió una de esas bandas de culto que muchos escuchan y se confeccionan sus propias remeras. Era especialmente agresiva y corrosiva, con baterías adrenalínicas y gritos lascerantes, una catarsis plena en donde la musicalidad pasaba a un segundo plano. Sin embargo, Omar era sólo el guitarrista, y en parte compositor de la banda. Al poco tiempo empezó a sentir la necesidad de tener un proyecto mas “suyo” y más intrépido musicalmente, lo cual sería The Mars Volta.

Se abre un paréntesis. ¿Quién es Omar Rodriguez-Lopez? Es sencillamente uno de los íconos del rock de los últimos quince años, quizás el más under entre los mainstream. Con su look de “así me desperté hoy a la mañana y así vine al escenario” (al cual honestamente le creo) es capaz de sacudirle el cráneo a cualquiera. Cuenta la historia que, siendo adolescente, un día decidió salir a vagar por la calle solo y aburrido y apareció al año, como si nada. Artista extremadamente prolífico, poco antes de poner un pie en The Mars Volta empezó a componer compulsivamente y colaborar en un sinfín de bandas. Con sólo analizar su discografía oficial, podemos ver más de 30 álbumes de su carrera solista en 10 años.

Aquellos valientes que decidan recorrer ese viaje, escucharán una variedad innumerable de estilos y géneros, como si hubiera muchos compositores dentro de un solo hombre (esto sin contar las muchísimas bootlegs de sus shows en vivo con distintas formaciones),  desde sus comienzos de Dub-electrónico y oscuro con el grupo De facto (fácilmente considerable como una banda de Omar, ya que es su presencia la que llevaba adelante el grupo), la inherente dulzura acústica mezclada con paisajes tenebrosos del disco La ciencia de los inútiles, la insoportable aceleración y destrucción (siempre y cuando usted sea un mortal, por supuesto) cual Ornette Coleman de la guitarra en el disco Cryptomnesia, o una banda de sonido de la película El búfalo de la noche titulada Se dice Bisonte, no Búfalo. Sucede que tal proliferación e ingenio de un hombre que se deja poseer en su instrumento sin control ni filtro puede ser un arma de doble filo. Sus composiciones solistas son crudas, catárticas y brutalmente sinceras, tratando de mantener un orden en su vida y mente. Por eso es importante remarcar su paso por The Mars Volta: aquí su creatividad descontrolada encuentra cauce y coherencia,  y no se deja librado al gogo sin filtro (le llama gogo al estado de trance que encuentra mientras toca e improvisa, donde las notas y la rítmica dejan de importar, para dar lugar a lo que “eso” que lo posee tiene para decir), sino que permanece en un estado de canción, en una contención artística que lo vuelve más apto para la escucha del mortal promedio. Mejor acompañado.



El primer disco de la banda, De loused in the cromatorium (si bien cualquier fanático dirá que el primero es Tremulant, ese fue grabado antes y relanzado después como una rareza no oficial) es una extensión sofisticada de At the drive in. El inicio con “Interiatic ESP” tiene esa adrenalina y cortes que caracterizaban a At the…, pero con la voz de Cedric mucho más cristalina y nítida, sin perder esa visceralidad que lo caracterizaría el resto de su carrera. A medida que prosigue el disco, la adrenalina se mantiene y empiezan a escucharse percusiones latinas acompañando el tornado musical, y pronto las melodías de la guitarra y riffs empiezan a tener disonancias, pero agradables como en "Drunkenship of Lanterns". Podemos empezar a sentir compases irregulares, aunque no sepamos qué es eso, y comienza a no molestarnos que haya temas que duren arriba de 6 minutos, como los 12 de "Cicatriz". Algo bueno está pasando.

Su segundo trabajo, Frances The Mute, es una de las joyas de la década del ’00. Planteado como una suite, el disco se transforma en una sola canción contando una historia a través de diversos planos. La osadía es lo que caracteriza a este grupo, y como prueba alcanza este disco. A partir de aquí, el sonido la banda se establece definitivamente. La guitarra se presenta con gran crudeza armónica y melódica, con escalas imposibles y largos solos que recuerdan una fusión de Fripp, Page o Fiuczynski, pero con sello propio (no en vano a Omar se lo considera uno de los más grandes guitarristas de rock de la última era), compases irregulares y vertiginosos digno de las bandas de rock progresivo de antaño como Rush, y aquellos climas que Crimson supo crear tanto en su primer época como en su resucitación de Discipline, pero teñidos con tecnología de última generación y un sonido moderno proveniente de una alquimia muy cuidadosa con perillas y pedaleras.

El disco comienza con “Cygnus… Vismund cygnus”, canción bilingüe (otra rareza, si le faltaba alguna a la banda) poseedora de 13 minutos de sorpresas, riffs con grooves endemoniados, pasando por violencia y melodías hermosas a solos tántricos y agudos imposibles. “The Widow” es el tema que prosigue, corte de difusión del disco, una preciosa balada desgarradora en tiempo de vals que puede seguir poniendo piel de gallina 10 años después. Fluirá en ruidos sepulcrales que desembocan en “L’via L’viaquez”, que pasa de punk sofisticado a un son cubano con una facilidad envidiable, adornado con grandes solos de John Frusciante y disonancias que entran como anillo al dedo. Podemos descansar un poco con “Miranda, that ghost just isn’t holy anymore”, y de este tema en adelante, Flea participará como trompetista en el disco. Es que a partir de aquí, The Mars Volta se vuelve banda apadrinada de los Red Hot Chili Peppers y el mundo empieza a conocerlos.

Luego vendrá “Cassandra Gemini”, una ópera-rock maravillosa dividida en 5 partes en 7 tracks. Imposible poner random en el equipo o hacerlos partícipes de un mezcladito en el celular: la obra revive el concepto de disco y obliga a escucharlo de principio a fin dejándose llevar por paisajes originales sin desperdicio. Frances the mute es una joya discográfica que devuelve la fe acerca que un disco puede cambiar una vida.

¿Cómo igualar un trabajo de tal calibre? The Mars Volta no se pregunta eso, y en su búsqueda constante saca lo que probablemente es su disco más icónico (y difícil de pronunciar), Amputechture. Sólo 8 tracks de más de 6 minutos de duración cada uno. Pero no se engañen: con lo que sucede en cada tema, cualquier banda podría hacer una discografía. Sucediendo a Scab dates, una recopilación de canciones en vivo de la banda, Amputechture es el disco más “canción” hasta el momento de la banda. El primer y el último tema son de climas espectrales y de tensa calma, donde esperamos que en cualquier momento una criatura surja de las tinieblas para atacarnos. Todos los temas finalizan abruptamente como si el disco saltara o nos hubiéramos equivocado. Es por eso que la locura de 16 minutos que es “Tetragrammatron” nos asalta de imprevisto con sus melodías disonantes en constantes corcheas que generan un crescendo épico. Épico es lo que define a la mayoría de los temas, como un ejército empuñando lanzas y cabalgando hacia un enemigo que por lo menos en temas como “Meccamputechture” o el adictivo riff de “Viscera Eyes” no distinguimos; en “Asilos Magdalena” creemos ver; y presenciamos el combate final en la frenética y espeluznante “The day of the Baphomets” (Impresionante intro de bajo, en donde si bien Flea no aparece en los créditos y no hay que restarle méritos a la precisión propia de reloj atómico del bajista Juan Alderete, se puede apostar a que es autoría de la pulga).

La banda se distingue entre otras cosas por los conflictos continuos con sus bateristas. Como dijimos, tanto Omar como Cedric son personas particulares con una relación muy estrecha (se los sospechaba amantes cuando dijeron públicamente que compartían la ropa, en una pobre conclusión acerca de las relaciones humanas) y la continua exigencia y relevancia musical que posee la batería en la banda no debía facilitar las cosas. Así como pasaron entonces hasta ahora los geniales Jon Theodore y Blake Fleming, llegaría la hora del baterista de más alto perfil hasta el momento: Thomas Pridgen (tocando con Fattoruso últimamente, para añadir una curiosidad). La llegada de esta fuerza de la naturaleza a la banda cambia algunos conceptos para hacer no un álbum sino una estampida llamada The Bedlam in Goliath. Con Frusciante como miembro estable de la banda (o así lo dice el librito del CD), el disco es más centrado armónica y melódicamente, ya sin tantas disonancias ni gogo, pero repleto de riffs y manteniendo una violencia constante  tema tras tema, con algún oasis de vez en cuando, pero que no dura demasiado.

 

El disco se puebla de compases irregulares y cortes imposibles de batería sin descanso, en donde se destacan “Goliath” (una auto-versión de un tema de Omar, “Rapid fire Toolbooth”), “Agadez” y “Soothsayer”. Aquí se destaca  más la destrucción por sobre la alquimia sonora. Por eso sorprende tanto su sucesor, Octhaedron, donde sólo el tema “Cotopaxi” remite al disco anterior en un caos organizado, ya que todos los demás temas son de un clima muy tranquilo, con melodías y armonías introspectivas, casi sin sobresaltos, esta vez más cerca de Eros que de Thanathos, transformando a los discos en dos caras de una sola obra con grandes momentos como “With twilight as my guide” o “Since we’ve been wrong”.

El final de esta historia se cierra con Nocturniquet, disco de opiniones separadas, ya que es el más electrónico de la banda, y probablemente el más decepcionante para muchos (aunque nos regala enormes momentos como “The Malkin jewel”, “Molochwalker” y “The whip hand”). Pero ocurre que el grupo no pasaba un buen momento: etro cambio de baterista, y Omar ya casi no podía hacerse lugar para participar en la banda, lo que produce que Cedric también empiece a participar en otros proyectos y colaboraciones. Dicho por él mismo en una declaración vía internet, un día se enteró en las noticias que Omar había decidido integrar y liderar la banda Bosnian Rainbows, cuando hacía meses le había preguntado qué iba a pasar con The Mars Volta y tomó ese acto como una respuesta.

En el medio podemos encontrar innumerables shows no-oficiales en vivo, Lados B y recopilaciones de rarezas (muy recomendable A missing chromosome, algo desprolija pero captando un gran momento de la banda) para saciar a cualquier fan. Algunos trabajos pueden decepcionar o sorprender ingratamente, pero uno nunca sabe que puede encontrarse cuando de Omar y sus amigos se trata. La intrepidez es un arma de doble filo. En su juego de búsqueda constante, para el rock ha sido un honor tener a The Mars Volta entre sus filas. A seguir probando.

27/3/2014

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