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The Strokes

Honrarás a tus músicos

Por Verónica Stewart
veronicamstewart@gmail.com

The Strokes

Es 4 de noviembre y llueve. Nada más que un comienzo húmedo de fin de semana para algunos, un elemento agridulce, entre rockero e incómodo, para el que había comprado sus entradas para el Personal Fest hace meses. En ese éxtasis ansioso pre-recital, sólo puede concluir que el agua se ha venido juntando desde que The Strokes, la banda de Nueva York que más expectativas generó, anunció su llegada simplemente para hacer de esta noche una más aventurera. La venta de pilotos del plástico trucho llegó a su pico, y los fanáticos del rock fueron cubriendo uno por uno sus remeras de varias bandas del género. No les importa verse cancheros y eso los hace más cancheros. El lema es “contra viento y marea, contra lluvia y pilotines ridículos.”

Para las diez de la noche, sin embargo, la lluvia ya se detuvo. Es a esta hora cuando empieza a tocar Beady Eye, la banda de Liam Gallagher que consiste básicamente en Oasis sin su hermano Noel. En el escenario de al lado, la cantidad de gente va aumentando. Y es que falta una hora para que lleguen The Strokes. A medida que la cuenta regresiva avanza, también lo hace la masa; cuantas menos horas faltan, más falta el aire. Las luces se prenden y la gente enloquece. Los héroes de la noche todavía no hicieron su épica aparición, de lo cual sólo se puede deducir que son fanáticos del invento de Edison o que las ansias aumentan. Faltan minutos.

Finalmente, una guitarra anuncia el comienzo cual timbre de escuela dándoles permiso a los niños a que vayan al recreo y saquen la bestia púber que hay en ellos. El mensaje aquí parece ser similar, y la ola humana avanza violenta e implacable hacia el escenario, como esperando que se abran las aguas de gente para llegar a la tierra prometida del rock.

Al alejarse de la masa y del famoso pogo, donde las energías no van dirigidas tanto a escuchar la música sino más bien a sobrevivir en el camino hacia los dioses que la producen, la excitación disminuye. La dicotomía es clara: lejos de la masa está la vida en cuanto a oxígeno, en ella está la vida en cuanto a la pasión. Ella es el corazón, late al compás de la batería como si cada grito bombeara fanatismo. Es un corazón enamorado, tan insana y despeseradamente feliz como el sentimiento que irradia cada cara cerca de la banda. Pero todas estas sensaciones se ven tan potenciadas, que es un corazón con taquicardia, excitado hasta más no poder.

¿Es por la música? Fácilmente podría serlo: la banda suena igual de bien que en sus excelentes discos, el cantante Julian Casablancas chorrea carisma e incluso aseguró al público que nunca olvidaría esa noche ni a la gente cantando “Last Night” palabra por palabra. El bajo de Nikolai Fraiture es hipnotizante y seductor; el músico le hace honor al bajo como base (de hecho, se llama base en inglés) de un tema. Tocaron canciones tan rockeras como “Someday” y “Reptilia” y las geniales “Is this it” y “Under cover of darkness”. The Strokes prueba, en disco y en vivo, ser una banda de rock verdaderamente extraordinaria.

Sin embargo, el fenómeno va más allá de la música. Y es que lo que se ve aquí hoy es una religión, un dios cantando sus mandamientos. La gente en el campo habla entre sí. No se conocen, pero por hoy son hermanos, hijos de un mismo ídolo musical, unidos por el simplemente fanatismo de cinco pibes con instrumentos. Los que están en campo VIP son objeto de envidia; un fan de campo se refiere a ellos como “más arios”, una descripción bastante extraña que se traduce en “ojalá estuviera tan cerca como ellos”, como quien se refiere a aquel que tuvo un encuentro cercano con su deidad, a aquel que puede tocar con las manos aquel altar por encima suyo que hoy llamamos escenario.

Como siempre, la música es un factor primordial, la semilla de lo que luego se convierte en una planta hasta que el fanatismo se vuelve tal que es como una enredadera que crece en el mismo cuerpo. Y antes de que uno se dé cuenta, el gusto por el músico se convierte en el gusto por la imagen; es incluso ridículamente adecuado que las iniciales del cantante sean JC, como un dios que volvió, campera de cuero y anteojos de sol de por medio, a elevar a las buenas almas fanáticas a un cielo de gran música momentáneo. Y es que las bandas jóvenes y frescas, afiladas como cuchillo recién comprado como The Strokes, Arctic Monkeys y Arcade Fire, para nombrar unas pocas, son las religiones de hoy. Son aquellas figuras cada vez más contactables gracias a las redes sociales pero que suscitan desesperación por llegar a ellos al verlos en vivo como si fueran inalcanzables.

Pero es esa locura de masa la que la mantiene unida. Y es curioso notar que es un fenómeno que no sucede con las más grandes figuras de la historia de la música como Paul McCartney y Roger Waters. Ellos son dioses embalsamados, congelados en la perfección de su arte: sus fanáticos van tranquilos a escuchar su historia, expectantes para donar sangre a la suerte de zombies musicales menos atemorizante de todas. Y tal como presenciar eso es un privilegio, también lo es ver a un dios en proceso, a un joven amante de la música que traza un camino a lo grande y despierta la esperanza, por qué no, de que uno también pueda hacer lo mismo. El precio físico a pagar es una cuestión aparte. Pero cualquiera sea la elección de dios, la religión de la música, con su biblia escrita en el lenguaje universal de las notas, parece tener en sus melodías mayor capacidad para hacer de este mundo un lugar mejor que cualquiera de las tradicionales.

6/11/2011

Foto: Télam

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