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Año II - Nº 6
Diciembre 2005

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Los orígenes de la Villa 31
(Nº 6, Noviembre/Diciembre 2005)


Por Daiana Palma (egresada 2004)

A principios de los años ’40, década en la cual la Villa 31 tuvo sus primeros habitantes, inmigrantes italianos venían a vivir otras experiencias en este país. A éstos, cuando llegaron, se les dieron vuelta las cosas con respecto a sus propósitos, porque ellos pensaban que si salían de su país de origen, en Argentina iban a encontrar un mayor bienestar, tanto en lo económico como en lo social.

Pero esto no fue así, ya que la falta de dinero, las dificultades para poder tener una vivienda o por lo menos alquilarla, no daban oportunidad alguna a estos inmigrantes. Como consecuencia de esto, el gobierno decidió proveer viviendas precarias a ese grupo social en crisis, en unos terrenos baldíos; terrenos en los cuales se asentaron por primera vez. Tan importante fue esto, que en la actualidad ese espacio es considerado como el primer barrio habitado por ellos, que se llamó “Barrio Inmigrantes”.

Después, fue llegando gente de del interior del país y de otros países (Bolivia, Paraguay), que atraídos por la ubicación, por la necesidad de trabajo, por la cercanía al centro, comenzaron a ocupar esos baldíos sobrantes. Desde ese momento, dejó de ser sólo un barrio, y pasó a ser lo que desde entonces es la Villa 31.

Como consecuencia de esta ola migratoria en las villas, en abril de 1956 la recién creada “Comisión Nacional de la Vivienda” (CNV) hizo un censo que indicaba que en la ciudad de Buenos Aires existían 21 villas, habitadas por 33.920 personas. A partir de este informe, surgió la idea de erradicarlas.
Sin embargo, este primer plan de erradicación no fue tan violento como los que vendrían más adelante, sino que se intentaba dar una respuesta social. La respuesta consistía en construir viviendas para que la gente situada allí fuera dejando por completo las villas. Estos planes fueron un fracaso, porque durante siete años se construyeron 214 viviendas para 1.284 personas.

Al término de ese período, empezaron a surgir las organizaciones vecinales y comunitarias en la Villa 31. Eran grupos asistenciales y educativos, a los cuales se acercó el Padre Mugica en 1961. En ese entonces, ya existían algunos barrios más, como por ejemplo Comunicaciones e YPF.

Entrando a los ’70, el Padre Carlos Mugica, junto al cura José Meisegeier, por compromiso tendían a ayudar a los pobres. Por eso se instalaron en la villa.

El Padre Mugica organizaba protestas, movilizaciones y campañas como “Navidad con luz”, para pedirle a SEGBA (empresa de electricidad del Estado) que extendiera cables eléctricos para las casas. Era la época en que Perón hizo su primer recorrido por la villa, en compañía de Mugica.

 

Carlos Mugica: La opción por los pobres
(Nº 6, Noviembre/Diciembre 2005)

Investigación y compilación: Alejandra C. Amaya (egresada 2004)

El 11 de mayo de 1974, una ráfaga de ametralladora acabó con la vida del padre Carlos Mugica. Tenía 44 años y 15 de sacerdote, durante los cuales se había dedicado a los más pobres, convencido de que ellos eran los preferidos de Dios. En esta nota, contamos cómo pasó de ser hijo de una familia acomodada a seminarista.

Carlos Francisco Sergio Mugica nació el 7 de octubre de 1930, a sólo un mes de que el golpe militar del General Uriburu inaugurara en el país la costumbre castrense (que se sostuvo hasta hace menos de dos décadas) de interrumpir gobiernos cons-titucionales. Era hijo de Adolfo Mugica, un ingeniero civil de destacada actuación política conservadora, quien en ese tiempo se desempeñaba como Secretario de Obras Públicas, Higiene y Seguridad de la Muni-cipalidad de Buenos Aires.

El ingeniero Mugica, tal vez, pudo soñar con que su hijo heredara de él la pasión por la política, pero lo que ni siquiera pensó fue que Carlos adoptaría una ideología tan opuesta a la suya.

“Nací en el Palacio Ugarteche –contará el Padre Mugica muchos años después–, creo que lo llamaban el Palacio de Los Patos, y siempre viví en Barrio Norte. En el colegio, mis amigos eran todos como yo. Mi familia tenía una honda fe cristiana, y fui criado en un clima de piedad religiosa. Pero era una fe trascendentalista, muy preocupada por la salvación del alma, que no turbaba para nada la conformidad que sentíamos hacia todo lo que nos rodea”.

Carlos tenía apenas 8 años y vivía junto a su familia, integrada por seis hermanos, cuando en 1938 su padre fue elegido diputado nacional por la Capital Federal. “Era un muchacho piadoso, y a mi manera feliz. Primero iba a aprender que había otra clase de felicidad. Me acuerdo que un día, charlando con mi confesor, el entonces Padre Aguirre (hoy obispo de San Isidro), le dije: «Padre, hoy me siento un tipo feliz, primero porque hay una chica que creo que me lleva el apunte, segundo porque Fangio acaba de ser Campeón Mundial, tercero porque Racing va primero». Esa era toda mi problemática por aquella época. El Padre Aguirre se sonrió y me dijo: «Mirá, yo creo que la felicidad depende de cosas más profundas»… después lo descubrí”. De esta manera, el Padre Mugica recordaba en la década del ’70 su infancia.

Al terminar la escuela secundaria, ingresó en la carrera de Derecho de la Universidad de Buenos Aires, pero tres años después se dio cuenta de que ese no era su destino. Él mismo lo explicó luego: “Al Padre Aguirre, después de Dios y mi madre, le debo la vocación sacerdotal. Además, me hizo pensar por primera vez que la felicidad no está en las cosas de uno, sino en las cosas de los demás. Por todo eso, creo que es una de las personas más importantes en mi vida (…) Hasta los 19 años no se me había cruzado por la cabeza que yo podía ser sacerdote. A los 21 años entré en el Seminario: Estaba todavía en 3º año de Derecho…”

 

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