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Especial
Florencio Molina Campos (Parte 1)
Un
mediador entre el humor y la burla
Por
Cecilia Grolero
cegrolero@hotmail.com

Desde
el legendario Martín Fierro de José Hernández, hasta
el Inodoro Pereyra de Fontanarrosa, la figura del gaucho se nos ha presentado
como un ser simbólico, mitológico e ideal.
Se lo
ha definido como el hombre habitante de los campos de la región del
Río de la Plata, cuyas principales habilidades están relacionadas
con el dominio del caballo y todas las actividades de pastoreo. Generalmente
se lo ha descrito pobre, libre e independiente a causa de su misma pobreza
y de sus pocas necesidades, corto de palabras, cauto para comunicarse con
los extraños y supersticioso en sus creencias.
Valores
como la libertad, valentía, honradez, lealtad y hospitalidad, han formado
parte de la axiología gauchesca, y no ponemos en duda que estas virtudes
hayan sido lo común en los hombres que forjaron la identidad de las
naciones de Uruguay y Argentina. En el fondo de la cultura nacional de los
países del Río de la Plata está viva la imagen arquetípica
del gaucho que muchos pintores han forjado desde el principio de la nacionalidad.
Sin embargo,
la mayoría de las veces sentimos a la figura del gaucho como alejada,
distante de nuestra realidad, no sólo porque se comparte el hecho de
que “gauchos eran los de antes”, sino también porque es
difícil en los tiempos que corren, encontrar una representación
del paisano y su medio cercana a nosotros, es difícil que se aleje
de la imagen prototípica e ideológica.
Pero es
con el pintor, ilustrador y gráfico argentino Florencio Molina Campos
que esta imagen cambia a favor de un acercamiento entre la realidad rural
y la urbana.
Este trabajo
se centra en el análisis de la obra de Florencio Molina Campos y su
importante aporte a la cultura popular del Río de la Plata, como portavoz
por un lado de un sector de la población muchas veces olvidado, al
mismo tiempo que mediador y confidente de otro sector que aún no conoce
la sencillez de sus orígenes.
Desde
el análisis del juego paródico en sus obras, hasta el detenimiento
de los refranes que acompañan sus imágenes, el objetivo de las
páginas que siguen a continuación es reflexionar como Molina
Campos nos introduce en un mundo cuya descripción del gaucho y su medio
se diferencia de las anteriores, gracias a una de las más antiguas
de las condiciones humanas: el humor.
Es a partir
de este artista, nacido en Buenos Aires el 21 de agosto de 1891, donde vemos
una forma hasta ese momento inédita de representación del hombre
de campo y su ambiente. Pintó un mundo gauchesco que en su momento
ya había mutado con el avance del progreso (sus primeras obras datan
de 1926). Sin embargo las caras de sus personajes hoy todavía pueden
verse en algún alejado pueblo del norte uruguayo o de la pampa argentina.
“Su
tema fue el gaucho y su entorno, pero no es solamente el tema en si lo importante,
sino la agudeza con que interpretó la vida de los personajes y la originalidad
de la expresión gráfica. El tratamiento de la forma y el color
están fuera de toda comparación con los estereotipos visuales
tanto del academicismo como del vanguardismo”(1) .
Los personajes
que Molina Campos nos invita a conocer a través de medios populares
como los almanaques, los naipes o las postales, son fiel representación
de los habitantes naturales de la campaña, arraigados a la tierra en
que nacieron y crecieron.
No vemos en estás láminas al gaucho huidizo y desconfiado que
José Hernández representó en una época donde Argentina
vivía el régimen político que caracterizó al período
de organización de la campaña.
Los gauchos
que se ven a partir de 1931 en los almanaques Alpargatas, se identifican con
su tierra, su vida es fundamentalmente trabajo, un trabajo casi siempre asomado
al peligro pero sin necesidad de ser dramatizado con el miedo, por el contrario,
se trata de un trabajo que se hace con alegría.
Don
Tiléforo Areco

En 1945,
un año después que se publicara el último almanaque de
Alpargatas con las obras de Florencio Molina Campos, otro argentino, Jorge
Luis Borges, anunciaba en el Paraninfo de la Universidad de la República
en Montevideo que “...para casi todos nosotros, el gaucho es un
objeto ideal, prototípico. De ahí un dilema: si la figura que
el autor nos propone se ajusta con rigor a ese prototipo, la juzgamos trillada
y convencional; si difiere, nos sentimos burlados y defraudados”(2).
Ubicar
al gaucho de Florencio Molina Campos en la segunda opción que explica
Borges, sería una decisión un tanto apresurada; pensar que ese
mismo paisano es igual a todos sus anteriores, es decir fiel al “prototipo”,
sería más que apresurado, equívoco.
La imagen
del gaucho que Molina Campos crea es única en la iconografía
rioplatense y podría situarse justo entre medio de los dos polos que
explica Borges. Sus personajes son los modestos hombres de campo en las tareas
más cotidianas y nobles. Algunos llevan nombre, como los casos de Tiléforo
Areco o “El Capataz Don Celesto Aguilera”, otros simplemente llegan
y se van de sus escenas sin identificarse, pero todos son hijos de la misma
naturaleza que los constituye.
Los hombres
de campo que Florencio observó durante su niñez, primero en
la estancia paterna “Los Angeles” en los pagos del Tuyú
y luego en “La Matilde” en Entre Ríos, renacieron en su
memoria veinte años después. Estos recuerdos se plasmaron en
pinturas llenas de vida con un perfecto detalle y una minuciosa descripción
de las actividades, las costumbres, la vestimenta, la intimidad de los ranchos,
“el aire al mismo tiempo inocente y medio bárbaro, ingenuo
y socarrón de esos peones, puesteros, domadores, reseros, jugadores
de truco y comedores de asado, en medio de sus rudas tareas en la silenciosa
llanura, apenas interrumpida por algún monte de talas o eucaliptos
empequeñecidos por la lejanía”(3).
Un nuevo baile: la parodia de Martín Fierro

“Va...cayendo
gente al baile...”, legendaria frase que el gaucho Martín Fierro
dijo irónica y burlonamente a una morena, acompaña a una de
las obras que Florencio Molina Campos publicara en 1940 para el almanaque
argentino de la fábrica nacional Alpargatas.
Es el
mismo cielo celeste de casi todos los relatos del artista argentino, pero
esta vez no hay trabajo ni rutina que mantenga ocupado a ningún paisano.
Es una fiesta, una típica festividad de campaña donde los de
la orquesta, vestidos y caracterizados con un evidente sello extranjero, están
obligados a aguantar la respiración mientras los cuerpos de las parejas
resistan.
Es muy
común en Molina Campos encontrar obras que se mueven, que narran, que
nos cuentan historias; pero en este caso el movimiento está fortalecido
por el mismo contexto que se describe, porque es un baile, por que las banderillas
que adornan y delimitan la zona de diversión así lo indican.
En un
primer plano dos parejas se mueven al compás de la música; una
de ellas levanta polvareda de la improvisada pista de baile; la otra parece
no hamacarse tanto. Dos paisanos vestidos para la ocasión observan
la situación y permanecen de pie sin compañera de baile que
los entretenga. Uno de ellos, de brazos cruzados, como no disponible; el otro
por el contrario tiene la mano en la cintura: está pronto para una
pieza y la primera mujer que se acerque seguro será presa de su conquista.
Detrás se identifica el almacén de ramos generales, de esos
que hoy es difícil ver, solución de las pocas necesidades de
los austeros pobladores del campo, lugar de referencia para todo y para todos,
propulsor, seguramente, del festejo que están compartiendo.
El pintor
nos revela lo esencial y permanente, va de lo particular a lo general, hace
un minucioso recorrido por cada uno de los detalles y crea así una
nueva escena del baile de Martín Fierro. José Hernández
describe una situación concreta, Molina Campos la sobrescribe, y le
agrega el humor y la sencillez propia de su estilo.
Nos encontramos
con un juego paródico, entendiendo la parodia como una copia de un
contexto conocido que se hace con humor, transforma el testimonio y le da
a las escenas gauchescas ya conocidas un matiz inédito y único.
En este juego paródico es necesario que artista y espectador de la
obra compartan un saber común. Para captar la copia del original se
necesita la participación implícita en determinado código,
se necesita conocer el original.
Los personajes
del pintor argentino parecen desmitificar la concepción del gaucho
triste, discriminado y prófugo que José Hernández describe
en “El Gaucho Martín Fierro”. Algo cambió...con
una presencia de tono burlesco pero no deshumanizadora, Molina Campos introduce
en la concepción “original” y “aceptada” del
Martín Fierro un elemento inesperado: la risa.
Hay una
desfamiliarización, hay una ruptura del estereotipo que produce humor.
Nace un nuevo personaje que copia al anterior pero a la vez lo modifica. El
de ahora, el del tiempo de Molina Campos es el gaucho en la cotidianeidad,
el que se ríe de si mismo, el que con cosas sencillas y de todos los
días puede provocar gracia. Lo caricaturesco sorprende y “se
establece así un juego especialmente ingenioso dirigido a la desfiguración
de estereotipos, de esas formas fijas que necesariamente crea y requiere la
práctica compartida de una cultura en común”(4).
Contrariamente
al hombre de campo que aparece en la literatura gauchesca de mediados del
siglo XIX bajo las obras de reconocidos escritores como José Hernández,
Estanislao del Campo o Hilario Ascasubi, los gauchos de Molina Campos son
como si siempre estuvieran de fiesta.
Ese quiebre
que se da en lo que es el estereotipo de “gaucho” también
se manifiesta en el cambio que implica el comunicar el mundo rural a todo
un país y no a un grupo reducido de personas. Es Molina Campos quién
“redefine el objeto artístico no categorizando una técnica
por encima de otras; dándole carácter de popular a un medio
expresivo preñado históricamente de caracteres individuales
y de elite” (5).
14/4/2008
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Notas:
1)
Rollie, Roberto y Moneta, Raúl. Molina Campos: el pincel que bautizó
lo nuestro. Boletín, Instituto de historia del arte argentino
y americano, Facultad de Bellas Artes, Universidad Nacional de La Plata, Año
8, Nº6, Noviembre 1984, pág. 15.
2) Borges, Jorge Luis. Aspectos de la literatura gauchesca. Montevideo, 16
de enero, 1950, pág.6.
3) http://www.oni.escuelas.edu.ar
4) Block de
Behar, Lisa. Análisis de un lenguaje en crisis. Ed. Nuestra Tierra,
Montevideo, 1969, pág.55.
5) Op.Cit.,
Rollie, Roberto y Moneta, Raúl, pág. 9.
Ilustraciones
pertenencientes al catálogo de la Fundación Florencio Molina
Campos: www.molinacampos.org
www.solesdigital.com.ar
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