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Entrevista a Santiago Pinetta

Periodismo: profesión de oficio

Por Javier Cardenal Taján
xabi10xabi@gmail.com

Ser periodista de alma, de vocación y sobre todo por convicción, es estar del lado de los que siempre pierden. Claro que para estar del lado de los humillados, de los no escuchados y de los vencidos, se precisa de una gran pasión. Un sentir que no se explica por más noches de retorcijones y miradas profusas hacia el blanco cielorraso.

El olor del plomo de los tipógrafos, el incansable traquetear de los linotipistas y la incesante marcha de la imprenta son todas pinceladas de antaño que aún hoy se añoran entre aquellos hombres de la vieja guardia periodística. Aquellos mismos que abandonaban la frondosa humareda de las redacciones para trasladarla al bolichón de la esquina. Allí trocaban interminables jarras de café por las siempre bienvenidas rondas de jerez, tintillos y güisquis nacionales. Las frías y neutrales redacciones de hoy nada se asemejan a las de ayer. Sin embargo aquel espíritu de batalla que todo lo puede y que nunca claudicará ante las pesadas y condenatorias horas del reloj sigue pululando sus pasillos. Luchar contra cualquier tipo de injusticia es algo que pocas fuerzas puedan doblegar. Las ansías de ver uno, varios o cientos de Goliats caer estrepitosamente a manos de la verdad es un bálsamo que todo lo cura y arrasa contra conspiraciones de todo tipo, empezando por las de carácter somnoliento. Poseído por la firme creencia de que la pluma aún puede derrotar a mil espadas, el periodista va y va. Arremete y no descansa. Siente que en cada palabra se juega el futuro de alguien o de algo.

Los valerosos muchachos cordobeses de la reforma universitaria, aquellos que mucho antes que los melenudos franceses pusieran su grito en el firmamento, supieron proclamar aquello de que los dolores que quedan son las libertades que faltan. Son esos pesares que como estocadas frías y malhechoras recalan en lo profundo de las carnes, los mismos que cualquier representante de esta profesión, vocación u oficio trata de evitar pero a su vez no puede dejar de sentir cuando la verdad y el bien común se presentan y tocan a su puerta para ser agasajados y revelados.

Y que mejor ejemplo de este hombre de prensa que Santiago Hernán Pinetta. En esta segunda parte, el periodista recala en sus comienzos y vivencias personales dentro del mundo periodístico para finalizar con una dura mirada e interpretación de la realidad circundante.

- ¿Contribuyó su familia en su inclinación por las letras y el periodismo?

- Desde luego. Mi padre, Alberto Pinetta, fue periodista y escritor. Una calle en su San Fernando del Valle de Catamarca natal lleva su nombre. Trabajó en la revista Caras y Caretas entre otros medios, era amigo de Roberto Arlt, con el cual en las noches de garufa fantaseaban con retirarse para ponerse a regentear un piringundín (risas). Toda mi familia paterna estuvo siempre ligada al periodismo o a la literatura. Por el lado materno que son los Fitzgerald de Irlanda, ocurría lo mismo. Mi madre, Margarita Fitzgerald Nessle, era poeta y de una tradición familiar de añares por la literatura. En su familia también se destacó un antepasado irlandés que tradujo en el siglo XIX el Robaiyyat de Omar Jayyam que fue el poeta persa más extraordinario del mundo árabe a pesar de que los persas no tienen nada que ver con los árabes. Esa fue la primera traducción que se hizo del persa a un idioma Europeo. Es decir que siempre hubo una docencia constante en mi hogar en cuanto a literatura y periodismo.

- ¿Y cómo fueron sus comienzos en la profesión?

- Ya entrado en la adolescencia, y con poco más de 12 años, fue un amigo de mi padre quien me dio trabajo como periodista. Se trató del Conde Vittorio Mosca, un antifascista radicado en Buenos Aires, que editaba un diario bilingüe bastante importante para la comunidad italiana no fascista que se llamaba L´Italia dil Popolo que era una respuesta cotidiana al mayor diario del fascismo en Italia que se llamaba Il Popolo di Italia fundado por Benito Mussolini. Allí comencé a hacer notas de color, algunas apostillas de cinematografía y teatro. Ya por ese entonces tenía un acervo cultural excepcional que incluía desde los clásicos más remotos a los grandes escritores y sobre todo los ingleses, franceses e italianos. Mis dos padres hablaban varios idiomas, mientras que yo llegué a traducir poemas del inglés y el francés. A los 15 años traducía alta literatura. Luego comenzó mi carrera en el diario Clarín para el cual cubrí la autodenominada Revolución Libertadora y el fusilamiento del General Juan José Valle. También me desempeñé como corresponsal para la Agencia France Press (AFP) y diversos medios como Corriere de la Sera de Milán, Financial Times de Londres, Revista Time, Expreso de Roma, O’Globo de Río de Janeiro, Folha de Sao Paulo, Excelsior de México. También trabajé en la televisión francesa, la RAI, Canal 9 de Argentina y en varias radios locales.

- ¿Cómo era el periodismo en aquella época?

- Nada fácil. Se aprendía in situ. Los profesores o maestros eran las autoridades de la redacción de un medio: el jefe de noticias, el jefe de sección, el prosecretario de redacción, etc. Entonces era en la tarea cotidiana y en el lugar de los hechos que uno aprendía a redactar. Por esos años se logró con la ayuda de mi padre y del famoso periodista Octavio Palazzolo que se aprobara en 1944 el Estatuto del Periodista en la Secretaria del Trabajo y que ulteriormente, en 1946, fue confirmado por el Congreso de la Nación. Allí se determinaba claramente cómo era la carrera de un periodista. Primero se ingresaba como aspirante durante dos años. Después, y según el criterio de los jefes de redacción, se pasaba a reportero, luego cronista que ya era una posición muy importante en los diarios porque era el que tenía la capacidad de describir la realidad sin ayuda de nadie. El siguiente escalón era el de redactor, pero había muy pocos que llegaban porque implicaba tener una capacidad creativa muy importante, demandaba ser capaz de crear notas de color, comentarios, perfiles humanos, diagnósticos. Con ese cargo de redactor culminaba la carrera del periodista de redacción raso. Después seguían las jerarquías de los jefes: jefe de sección, prosecretario de redacción, secretario de redacción, aunque antes de secretario de redacción había un cargo casi tan importante como este que era el de jefe de noticias que era el alma Mater de la edición cotidiana del diario. Ellos eran los que decidían sobre qué temas de la realidad emergente se debían ubicar los periodistas del diario. Luego en el escalafón se encontraba la carrera ejecutiva del periodismo con los cargos de secretario general de redacción que era la parte de operativa y ejecutiva, esa era la cima. Para la parte de estilo la cúspide era el cargo de jefe de redacción que era el periodista que tenía las condiciones necesarias para darle una línea editorial al medio y que manejaba al cuerpo de editorialistas que era otro cargo estrella y que también figuraba en el estatuto. Le puedo asegurar que la carrera no era nada fácil. Para pasar de reportero a cronista había que ser un formidable hombre de prensa, y pasar de cronista a redactor era un milagro porque todo era de una severidad absoluta, tanto en el uso del idioma como en el conocimiento cultural que uno debía tener.

- ¿Cuándo nació su curiosidad por el periodismo de investigación?

- Al poco tiempo de estar en Clarín fui asignado para cubrir el derrocamiento de Perón a partir de Junio de 1955 con los bombardeos a la Plaza de Mayo y después en septiembre de 1955 con la denominada Revolución Libertadora y la creación de las presidencias de Eduardo Lonardi y luego la del General Pedro Eugenio Aramburu y el vicepresidente Isaac Francisco Rojas que era un extremista y el ícono de los gorilas. Rojas constituía el motor fundamental de todo lo que fuera la “desperonización” de la Argentina, algo que trató de llevar a la práctica a través de leyes muy similares a las que aplicaron los aliados después de la caída del tercer Reich y que se llamaron leyes de “desnazificación”. Tal es así, que acá se convirtió en delito manejar cualquier cosa vinculada al peronismo y aún el propio nombre o tenencia de literatura o imágenes vinculadas al peronismo. La revolución libertadora disolvió el congreso, creó la comisión nacional investigadora y el diario me consideró, gracias a mis muy buenas redacciones e inclusive mi vecindad de domicilio con personajes que luego fueron jefes de la autodenominada revolución libertadora, como corresponsal ante los tres ministerios militares: ejército, marina y aeronáutica. Yo era vecino de la familia del General Osorio Arana que había sido designado por la revolución como Comandante en Jefe del Ejército. Esto me permitió acceder a información excelente. Como corresponsal también tenía la misión de hacer notas sobre las actividades de la Comisión Nacional Investigadora.

- ¿Recuerda sus primeras investigaciones?

- Sí, una de las primeras cosas que investigué y descubrí fue que dicha comisión tenía graves síntomas de corrupción, ese fue el principio de mi inclinación a tener una enorme desconfianza de la fachada de los hechos, a querer ver detrás de esa mascara y asumir los riesgos que aparecen cuando alguien se atreve a vulnerar la mentira. Recuerdo que uno de aquellos episodios -que ya en la década de 1950 me costaron persecución- fue una venta de armas que hizo el ejército a asociaciones de cazadores de los Estados Unidos. El ejército vendió miles de fusiles Máuser que había comprado en distintas épocas. Recuerdo que tuve oportunidad de ver los Máuser. Venían en cajas de robles y ninguno de ellos habían sido usados, eran armas formidables. Eso miles de fusiles fueron vendidos, a decir verdad regalados, en una maniobra corrupta que significó una entrada enorme de dólares para unos pocos capos del ejército. Allí recibí mis primeras amenazas y mi primera golpiza. Esto confirmó mi criterio por la desconfianza de los dichos y hechos de los dueños del poder. El atentado fue consignado por todos los diarios de la época, mismo en relatos de la historia del periodismo como uno hecho por Carlos Ulanovski.

- ¿Le gustaría ser parte del periodismo actual?

- No. Por supuesto que me encantaría volver pero siempre con un perfil independiente. Tengo 77 años pero conservo las energías intactas. Me encantaría tener un programa en televisión que es un medio que conozco bien ya que trabajé en todos los canales, un programa de radio o una columna en un diario. Pero no creo que nadie me vaya a llamar. Si tuviese plata compraría un espacio. Hoy, usted escucha a Marcelo Longobardi en Radio 10 y dice: “Ah, qué tipo independiente”. Pero él no vive de lo que le paga Hadad, sino de lo que le pasa PRISA, el grupo de comunicación más importante de España. Lo mismo ocurre con el conglomerado de empresas que aquí preside Héctor Magneto, CEO de Clarín. Ellos castigan y elijen los héroes de esta historia. Hoy un redactor raso de Clarín o La Nación, y ni hablemos de otros diarios, gana dos mil pesos. Los únicos que ganan bien son las estrellas. Lo mismo sucede en las radios. Chiche Gelblung ganará su buen toco y después tiene a su gente de producción que son jóvenes becados o que cumplen pasantías por nada. Otro gran problema del periodismo actual de radio son los programas ómnibus de tres o cuatro horas de duración que matan la profesión porque no dejan surgir a nuevos talentos.

- ¿Qué casos de la actualidad le gustaría investigar?

- Existe un tema que anula todos los demás y es la seguridad. El país está en una situación límite y se necesita acudir a soluciones urgentes. Hay que empezar ayer. Hay que adoptar medidas drásticas pero para eso se necesita de un gran valor por parte de nuestros gobernantes. Una medida absolutamente necesaria es la disolución de las policías Federal y Bonaerense. León Arslanián estuvo jodiendo un rato pero llegó un momento en que la putrefacción de la policía bonaerense lo superó. También habría que decretar la disponibilidad del poder judicial, por lo menos en la Provincia de Buenos Aires lo cual también sería una batalla brutal.

- La criminalidad parece el tema en boga.

- Lo es. Mucho se ha hablado al respecto. Se ha dicho que hay que bajar la edad de imputabilidad lo cual no me parece que sea la solución. Creo que debemos llegar a un sistema como existe en 23 estados de los Estados Unidos por el cual el juez decide si el menor que delinquió debe cumplir o no condena. La edad de la imputabilidad deber ser móvil para atacar así a los directores de la criminalidad, ya sea la mafia o grupos aislados, porque si se baja a 14 años como algunos proponen, las mafias van a trabajar con menores de 12 y 13 años con lo cual el problema no se acaba nunca.

- ¿Qué otros tópicos cree que están fuera de agenda?

- Bueno, otro tema de investigación que se impone y habría que hacerlo muy rápido y no con una comisión extendida sino con poca gente muy sabia es el sistema fiscal. Investigar cuánto es realmente lo que se recauda porque este es uno de los países del mundo con mayores imposiciones. No es únicamente el IVA, acá se va a una comisaría a hacer una denuncia y tiene que pagar, va a un registro automotor y tiene que pagar. Es gigantesca la imposición que paga el ciudadano argentino, un montón de guita pero ¿adónde va? Usted ve lo que pasa en las villas que ni siquiera se ha arreglado el problema del agua. En el conurbano el agua es tóxica en la mayoría de los partidos. En el sistema impositivo hay claros que son insoportables ¿por qué los millares y millares de carniceros no pagan IVA ni emiten recibo? ¿Alguna vez un carnicero, verdulero o frutero le dio una factura a usted? Compran un kilo de cebollas a 20 centavos y lo venden a 3 o 4 pesos. Es una ganancia brutal. Todos los días escuchamos los informes en los medios: “El kilo de novillo vivo a $2.80; la ternera a $3”, para luego ver como un kilo de asado llega a costar 30 pesos o más. También habrá visto que este es un país en el cual es imposible viajar en subterráneo porque el grupo Roggio, al cual Carlos Menem le regaló los subterráneos, no invirtió un peso sino que lo poco que hizo fue con dinero del estado. Es un espectáculo horroroso, un amontonamiento brutal, ni siquiera han ampliado las explanadas, parecemos prisioneros judíos de los nazis. Ocurre que en este país no hay nada pensado, ni siquiera para el día después. Es todo de una corrupción insaciable. Se quiere llegar al poder para enriquecerse tan sólo. Le doy un ejemplo; dígame usted si acaso el señor gobernador de Chaco, Jorge Capitanich, no sabe que a pocos kilómetros de la capital tiene tribus de indígenas que sufren tuberculosis, sarna… ¡que están en pelotas! Los aborígenes tehuelches han prácticamente desaparecido. En Neuquén los mapuches toman aguas con hidrocarburos gracias a los grandes grupos instalados en el sur. Otro tema delicado es el de las escuelas en la Provincia de Buenos Aires y en la Capital Federal que son un desastre. Bien sabemos que las reformas al sistema educativo que se aplicaron en la provincia y posteriores fueron diseñadas por el FMI como lo fue la basura del polimodal.

- ¿Cuáles son los motivos por los cuales las cosas se hicieron y se hacen tan mal?

-Hay que analizar esto desde el punto social porque esta forma criminal de manejar los bienes del estado es en general lo que ha impedido que la democracia en la Argentina se transforme en algo vivo. Ha impedido el cumplimiento del verdadero objetivo de la democracia y la república que es la prosecución del bien común. Por el contrario y si miramos el panorama social de nuestro país, vamos a encontrar que la mitad siguen siendo pobres, que suben las tasas de desempleo y que la indigencia llega de nuevo al 15 o 20 por ciento. Por eso, todo este cúmulo de rapiñaje contra bienes del estado supone privar a los argentinos de una calidad de vida aceptable, de la igualdad de oportunidades, la integración y funcionamiento verdadero de las primeras letras: la educación. Se impide así que la población tenga acceso cultural pleno. En cambio vemos que aumenta el analfabetismo y disminuye la capacidad de entendimiento de la vida cotidiana y vemos así a millares de jóvenes desamparados que buscan el camino del crimen y llegamos a los pibes asesinos que es la horda que nos rodea y golpea todos los días. Esos son los resultados de estas maniobras corruptas. Toda la desidia del Estado la paga el soberano que es traicionado vilmente por sus representantes.

- ¿Cuál debe ser el rol del periodista?

- Bogar por el bien común, siempre. Si el periodismo, el gran periodismo: Clarín, La Nación, La Razón, no hubiera sido cómplice del autodenominado Proceso de Reorganización Nacional, no me caben dudas que este no hubiera existido. Pero esos medios transaron el silencio a cambio de Papel Prensa y fueron de un silencio impenetrable. Y los que se atrevieron a quebrantarlo la pasaron muy mal. Vale decir que los grandes medios no tuvieron ni tienen vergüenza. Y lo mismo ocurre con ciertos periodistas. Gelblung le chupaba las medias al Proceso y llegó a ganar 70 u 80 mil dólares por mes como director de la revista Gente. Ya después de la guerra por Malvinas, y cuando asumió Reynaldo Bignone, hizo un editorial pidiendo perdón a los lectores y ahora es un adalid de la democracia. Todos los grandes popes de Clarín, La Razón o de las radios han consentido a la dictadura. Otro caso a nombrar es el de la señora Magdalena Ruíz Guiñazú que recién descubrió que había una dictadura cuando perdió Leopoldo Galtieri. Con los partidos sucedió algo similar. La Unión Cívica Radical prestó a gran parte de sus hombres para que fueran jueces y diplomáticos del Proceso. Lo mismo ocurrió con el socialismo y el comunismo.

- ¿Por qué nadie se la jugó en todos estos años para reincorporarlo a los medios?

- Bueno, es que en los diarios siempre existieron los sobornos. Así se hacen las notas a políticos pero también las de muchas otras secciones. Usted va a la sala de periodistas de la Policía Federal en la calle Moreno 1550 y puede pagar para que se publique o para que no se publique. Por eso hay cosas que ni se publican y otras que desfilan por todos los medios. Lo mismo ocurre en la sala de periodistas del Congreso. Recuerdo una vez que quedé a cargo de la sección espectáculos de Clarín porque se había enfermado el jefe y el subjefe de sección se había ido a un festival. Me dijeron que había gente esperando para verme. Era un representante de la Metro Goldwin Meyer que pidió por el periodista a cargo. Al verlo, me dio un sobre. Pregunté si eran las novedades de la semana y lo abrí en presencia de él. Habían unos 1500 mangos de esa época que eran casi tanto como una quincena del sueldo mío en Clarín. Le dije: “Mire usted, buen hombre. Las películas de la Metro Goldwin Meyer me parecen una mierda. Así que les voy a dar con un caño”, y le devolví el sobre. Como le decía antes, las cosas se hacen bien o mal. Yo opté por la verdad y el bien común.

2/12/2011

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