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La hija
del aire
Un texto clásico en medio
de la agilidad del presente

Autor:
Pedro Calderón de la Barca. Adaptación y dirección: Jorge Lavelli. Intérpretes:
Blanca Portillo, Pompeyo Audivert, Cutuli, Eleonora Wexler, Marcelo Subiotto,
Joselo Bella, Luis Herrera, Francisco Napoli, Alejandro Zanga, Paula Requeijo,
Gustavo Böhm, Julieta Aure, Sergio Sioma, Luchano Ruiz, Matías
Pedro Ricci y Emilia Paino. Duración:
150 minutos. Sala Martín CoronadoTeatro San MartínAvda. Corrientes
1530 Temporada 2004. Miércoles a domingos a las 20.30 horas.Platea:
$ 12.- Pullman: $ 10.- Miércoles, entrada gral: $ 6.-
Realizada
en el Teatro General San Martin, y dirigida por Jorge Lavelli, quien una vez
más vista la Argentina de la mano de este teatro, “La hija del
aire” nos lleva a una historia fuera de tiempo y dentro de todos los
tiempos. Obra escrita por Calderón de la Barca, en donde trabaja sobre
la historia de Semiramis, mitológica reina del imperio Sirio, conocida
por su belleza, su inteligencia su fuerza y su avidez de poder.
En la
primera escena nos encontramos con Semiramis ya en el trono, ya en ese principio
su legitimidad como gobernante se pone en duda y al retornar Ninias, su hijo
y heredero al trono, el pueblo exige se lo corone, Semiramis no podrá
soportar ese “destierro”
Cuando
nos enfrentamos al programa resaltan los “150 minutos” seguidos
por las palabras “sin intervalo”, acostumbrados a la dinámica
televisiva nos apabullamos, pero minutos después es inevitable quedar
asombrados ante los versos de “La hija del aire,” obra en donde
lo poético se entrecruza con lo dramático, mostrando que el
teatro es mucho más que un hermoso texto literario, sino que reclama
su propagación. Es un riesgo realizar una obra en verso, en especial
en nuestro país; no solo porque los actores parecerían inmersos
dentro de la prosa debido a la escuela realista que se desarrolló en
Argentina, sino asimismo porque el público no está acostumbrado
tampoco al recitado. Jorge Lavelli no frenó ante este riesgo, sino
todo lo contrario, avanzó sobre el.
“La
Hija del aire” no es una obra ni masiva ni de esparcimiento, sino que
parecería apelar a un entendimiento sensorial desde lo poético,
lo musical, lo espacial, lo visual no se puede obviar que ésta es a
una obra barroca, con prácticamente ninguna modificación a nivel
textual, por lo que es tan inevitable su duración como su densidad
dramática. Con esto no intento decir que esta obra no tiene momentos
de gran entretenimiento, en especial introducido por la actuación de
Cutuli quien dentro del personaje de Chato quien disminuye la tensión
o bien la soltura con la que Blanco Portillo trabaja tanto a Semiramis como
a Ninias.
Aunque
no todos los actores lograron encontrar la forma de trabajar versos melódicamente
sino que están obligados a gritar sus líneas para poder ser
escuchados, limitándose así en el trabajo, es destacable la
soltura con la que tanto Blanca Portillo como Cutulli los trabajan y logran
proyectarse en la sala. Despliegue energético parecería rebotar
en el público para retornar al escenario y ampliarse. Lamentablemente
la diferencia entre los actores que pueden manejar estos textos y los que
no por momentos genera una quiebre en la puesta.
Lavelli
no se conforma con lograr que los textos sean trabajados poéticamente,
sino que parecería ser consciente que el teatro del siglo XVII es poesía
dramática y por lo tanto su trabajo es mucho mas lejano a un mero recitado.
Es a través de la amplitud del trabajo corporal que se logra la poetización
y la dramatización, profundidad dramática que a su vez genera
una modificación en el manejo de los textos.
A través
del trabajo global y coreográfico que realiza Lavelli en todos los
aspectos de la puesta, influenciado por su trabajo como regie, cada escena
es en sí misma un microclima plagado de tensión dramática
y de magnetismo, como sucede con el primer monologo de la obra, donde Lidoro
(Joselo Bella) le habla a Semiramis, mientras ella tranquilamente se cepilla
el largo pelo negro que le cubre el rostro, cubriéndola. No sabemos
que reacción se esta gestando detrás de tanta tranquilidad.
Este juego de contrastes energéticos, que prepara lentamente un momento
clave dentro de cada escena, se repite sucesivamente en el trabajo de las
escenas generando un recorrido melódico que podemos ir acompañando.
Entonces, la intriga está trabajada a través de lo enigmático
y cada escena es como si fuese una obra corta que entra en relación
con las demás, resignificándose. Por momentos ese corte es demasiado
abrupto, generando pausas, a veces tajantes en la narración, rompiendo
esa organicidad.
Lavelli
trabaja la puesta desde lo dual y lo simbólico, características
presentes desde la primera escena, en donde por ejemplo nos encontramos con
Lidoro vestido de blanco representando el orden y una Semiramis vestida de
negro, como el caos. El camino correcto y el camino incorrecto, el hombre
que gobierna para un pueblo y la mujer que gobierna para sí misma.
Esta dualidad seguirá presente durante la obra marcando un permanente
juego de espejos, característica del barroco. Recordemos que un espejo
en “su reflejar” nos muestra a nuestro más perfecto opuesto,
es así como encontramos una madre con tanto parecido físico
a su hijo como diferente en su esencia. O en los hermanos Friso y Licas, que
físicamente son intercambiables entre sí, diferenciados por
los colores en su vestimenta, pero como opuestos son la tierra y el mar, ellos
lo son en personalidad y en sus fidelidades.
Tanto
el tratamiento escenográfico como de vestuario no están planteados
desde un momento histórico concreto sino que es una obra que sale del
realismo a un campo poético más amplio. La historia ocurre dentro
de un palacio de las mil puertas y ventanas de las que se aprovechara Semiramis
para llevar acabo su traición, desde los confines del palacio se escuchará
como eco la voz del pueblo, sonido fuera de campo. Estructura que por momentos
es una cárcel y por momentos el camino a la libertad. Dentro de ella
encontramos militares con atuendos contemporáneos, damas de la corte
con vestidos largos y linternas; elementos utilizados que no son discordantes
entre ellos, sino que producen armónicamente una obra fuera de tiempo,
un momento de leyenda y de ensueño.
Lix
3/9/2004
www.solesdigital.com.ar
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