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La
sierva
Un análisis
de los entretelones del poder
Por
Javier Cardenal Taján
xabi10xabi@gmail.com
Versión
teatral de Andrés Bazzalo basada en la novela de Andrés Rivera. Elenco: Luis Campo, Heidi Fauth, Mario de Cabo, Fernando
Martín y Leonardo Odierna. Diseño de Escenografía
y Vestuario: Stella Iglesias. Realización de Vestuario:
Susana Sánchez. Realización escenográfica:
Patricia Lay – Jorge Mondelo. Dirección: Andrés
Básalo y Mónica Scandizzo. Funciones: Viernes
a las 22.30 hs. Lugar: Teatro Payró, San Martín
776. Reservas: 4312-5922. Entrada: $12 (descuentos
para estudiantes y jubilados).
Ante
la presencia de numerosos actores invitados, el reestreno de La Sierva en
el Teatro Payró tuvo efecto sin defraudar a ninguno de los presentes.
La novela de Andrés Rivera, consagrada en 1993 por la Fundación
el Libro como el mejor libro publicado en 1992, y ahora adaptada y dirigida
por Andrés Bazzalo junto a Mónica Scandizzo, engrosa y fomenta
la variada y rica cartelera cultural de la ciudad en período estival.
La obra,
ambientada en Buenos Aires a finales del siglo XIX se revela ante el público
con una puesta escénica simple y penumbrosa en cuanto a la estética.
La obra toma forma y vida a través de sus personajes y el rigor de
los mismos. Cada línea pronunciada es una sentencia y para ello nada
mejor que la intimidante figura del Juez Saúl Bedoya. Es este personaje
quien ante el asesinato de un patrón de chacra italiano, condena al
autor material al encierro mientras que, sacando partida a su cargo privilegiado,
exonera de toda culpa a Lucrecia, sirvienta del difunto e instigadora y autora
intelectual del crimen, a cambio de someterla a una esclavitud de alto contenido
sexual.
En todo
juego de dominación hay relaciones de poder. Y esta es la que se crea
entre estos dos personajes. Una relación enfermiza a partir de la afinidad
creada entre victima y victimario y brutal por la violencia intelectual, económica,
sicológica y sexual a la cual la sierva es sometida.
El juego
erótico planteado a lo largo de toda la obra, pone en evidencia que
muchas veces el placer y el goce son alcanzados a partir de la dominación
impartida sobre el otro. El poderoso es quien manda y no solo propone sino
que es también quien dispone de los medios para hacer a su antojo,
desde revolcarse en estiércol hasta definir el futuro de una nación,
todos los escalafones están a su alcance. Como dice el juez en su discurso:
“El patrón de un gran negocio puede ser más o menos inteligente.
Pero siempre es culto. Y cruel.” Y es su vasta cultura y experiencia
la que parece demandar transitar, o al menos probar, la otra cara de la moneda,
y así es que se somete. Y de montador pasa a ser montado, por un momento
se desdobla y goza con el sufrimiento propio pero nunca olvidando quien lleva
las riendas del caballo.

Es el
caso del juez Bedoya al que muchos adjetivos le caerían bien: culto,
perverso, sádico, hasta se diría que es un voyeur que con la
mirada puesta siempre en Europa trata de emular la parrandas de los grandes
burgueses europeos, aquellos mismos que se dejaban montar por Naná
en la novela del mismo nombre escrita por el francés Emile Zola y que
relata las andanzas de una bella cortesana parisina (¿o prostituta
de lujo?) codiciada por la decadente y corrompida burguesía francesa.
A través
de la relación de los personajes del juez y Lucrecia, Rivera indaga
el mundo del poder, la política y la corrupción. Una relación
que puede ser trasladada a las mismísimas relaciones que mantenía
la Argentina de esa época con una Europa que nos sometía a tratados
y acuerdos injustos. Así también podemos referirnos a las relaciones
de poder de la época, que se tejían dentro de una sociedad patriarcal
de grandes terratenientes y apellidos patricios, un mundo católico
ortodoxo en el que reinaba un conservadurismo que Rivera se encarga de burlar
y poner en evidencia a partir de las preferencias fetichistas de sus integrantes.
Ni que
hablar del machismo imperante, más aún en el interior de la
Provincia que es donde transcurre la obra. Que quede en claro que dichas relaciones
no son atemporales, el presente encuentra las mismas historias, distintos
son los actores. Sin embargo la corrupción sigue en boga, y hay muchos
que la defienden a rajatabla preguntando si acaso las sociedades no se fundaron
en base a la ambición, los complots y las mezquindades de unos pocos.
En este
contexto se desenvuelve el otro personaje central: Lucrecia. Ella, la sierva,
es orgullosa, altanera, manipuladora y ambiciosa. Y todo esto va sazonado
con un condimento fatal para todo hombre, por más poderoso que sea:
la belleza. Es con su beatitud que sobrevive al aluvión que representa
su nuevo patrón o dueño, Bedoya. La misma beatitud con la que
manipula en pos de su anhelo: convertirse algún día en patrona.
Sin embargo su defensa contra los embates del juez flaquea y termina por transformarse
en una pseudo alianza nefasta y perversa que elimina cuanto se le ponga enfrente
pero a su vez transita la cornisa de la traición a todo momento, es
que la ambición es cegadora y negadora por sobre todas las cosas.
Entre
tanto sometimiento uno se pregunta: ¿Hay amor entre estos dos personajes,
o todo queda acotado a la sed de poder, muchas veces traducida como la carencia
de estímulos y placeres espirituales, y por qué no hasta carnales?
La sierva
es una obra mentada para el análisis de los entretelones del poder
y su profanación sobre el espíritu humano. Y al parecer muchas
fueron las almas corrompidas que asentaron las bases fundacionales de nuestra
nación que, aún en pañales, de a poco deja de gatear
esperando dar los tan ansiados primeros pasos.
16/2/2006
www.solesdigital.com.ar
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