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Amaicha del Valle (Tucumán)

Un lugar para la Madre Tierra

Texto y fotos: Verónica Luna

Amaicha del Valle, Tucuman

Unas cuatro horas lleva el viaje en micro desde la terminal de San Miguel de Tucumán hasta Amaicha del Valle. Son 164 kilómetros de recorrido. Es un camino que se mete entre los cerros y entre curva y curva, por momentos pasa muy al borde.  Los que sufran de vértigo, prohibido asomarse a las ventanillas. Desde arriba, se ve transcurrir las aguas incesantes del río Los Sosa. Las piedras generan algunos saltos, y entre las paredes de las montañas sorprende alguna que otra cascada. La vegetación que rodea al trayecto es abundante, espesa. Cuando deja atrás El Mollar y Tafí del Valle, donde baja la mayoría de los turistas y excursionistas, el paisaje cambia absolutamente. No por eso resulta menos atractivo.

El tramo entre Tafí y Amaicha demandará un par de horas más. Como una película donde los extras pasan una y otra vez haciendo los mismos movimientos, a medida que el vehículo avance, se verá muchas veces el mismo entorno. Pastos duros, bajos,  cubren el suelo reseco.  De tanto en tanto, un cactus, luego otro, serán los únicos que interrumpirán la monotonía. Sin embargo, su número irá en aumento hasta formar una gran comunidad. La Cuesta de los Cardones, da la bienvenida a los turistas con una vista de extraordinaria belleza.

Luego de los vaivenes del camino, la ruta 307 conduce directamente a Amaicha del Valle. El micro se estaciona a dos cuadras de la plaza, sobre una calle lateral. Los que llegan, bajan sobre la vereda del bar, que muchos utilizan como sala de espera. Enfrente, una especie de galpón semidesértico es el espacio de espera destinado a los que se van.

Amaicha, vocablo que significa "lugar apacible donde la gente se reúne", no podría haber sido mejor seleccionado para definir a esta localidad. Ubicada en los Valles Calchaquíes, a 2000 metros sobre el nivel del mar, se respira, se vive, se siente tranquilidad. Los cerros dibujan un horizonte con gamas de colores tierra. El cielo límpido muestra un celeste tan intenso que lo único que falta es el cartel que indique “recién pintado”. La esencia de algarrobo se percibe inmediatamente como aromatizante natural del ambiente. Se respira una densidad cultural que inunda las calles de tierra y se recrea en la fachada de casas bajas, austeras, simples y amenas.

El sol es un habitante más en Amaicha del Valle, y así lo hace saber el cartel que en un extremo de la plaza indica su estadía permanente. A la hora de la siesta, es prácticamente el único con el que se puede contar. Y se hace sentir. Los lugareños, silenciosos y amables, saludan a todos, aún sin conocerlos. Los más bulliciosos son los turistas, normalmente en grupos de dos, tres o más personas. Ellos también son parte del paisaje, especialmente los mochileros.

Amaicha del Valle tiene todos los ingredientes para cautivar. Y lo logra. Con su sencillez y su impronta cultural derivada de las poblaciones originarias, atrapa. Más aún cuando se visita el Museo Pachamama. Un espacio creado en homenaje a la Madre Tierra, pero que es también un tributo a las propias raíces de la población. Una especie de ofrenda realizada con dedicación y precisión.

Ubicado a la vera de la ruta, en el ingreso de la localidad, la señalización en sí misma resulta llamativa. “Visite Museo Pachamama”, se lee. Irresistible invitación.

Museo de la Pachamama - Amaicha

El bono contribución de veinte pesos es el pasaporte para bucear por las cuatro salas que tiene el museo, creado en 1996, tras siete años de construcción. El recorrido se hace en compañía de un guía. La primera sala muestra los frutos de la tierra pero en forma de minerales. En el espacio dedicado a antropología figuras a escala humana representan la vida cotidiana de los habitantes originarios. Una sala expone tapices y otra pinturas y cerámicas, todas creaciones del artista Héctor Cruz, el mismo que ideó y llevó a la práctica ese espacio para que oficiara de tributo a la deidad de la fertilidad.

Los patios se pueden recorrer libremente. Entre las piedras que se diseminan en la decoración de pisos y paredes, se distinguen algunas figuras que hacen referencia a la mitología autóctona. La máscara de la Pachamama es una figura central. Pero también llaman la atención las serpientes bicéfalas, el chamán, así como la presencia del sol y los suris, especie de avestruz pequeña, cuyos movimientos danzantes daban cuenta de la llegada de los tiempos de la procreación, momento en el que se debía preparar la tierra para la siembra. Los principales símbolos que forman parte de la cosmovisión que tradicionalmente han adorado los habitantes de la región, aparecen desperdigados en todo el predio con un magnetismo que impacta.

La concepción de totalidad que alberga la Madre Tierra se condensa en un espacio interesante y atractivo. Por su  ubicación privilegiada algunos turistas ni siquiera llegan hasta el corazón de Amaicha, que con su ritmo ralentizado sigue ajeno como un oasis en medio de un paisaje tan bello como solitario. Recorren el museo y siguen viaje con próxima parada Ruina de los Quilmes. Sin embargo, algo de la cultura que se respira en la región se va con ellos, como una semilla que arrastra el viento en busca de un terreno fértil donde crecer. Es entonces cuando la Pachamama obra con toda su sabiduría.

24/4/2012

www.solesdigital.com.ar

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