|
La
Bienal dormida
Por
Marina Sanmartín Pla
(Inventario. Taller de Comunicación - España)

Valencia está vacía. Sus calles desiertas no acogen nada más
que la presencia de un sol duro que les confiere una imagen casi onírica.
La ciudad descansa sumida en su profundo sueño de agosto. Todos se
han ido: las playas llenas, a pocos kilómetros de la metrópoli,
le hacen el favor de dar cobijo a las multitudes que habitualmente transitan
por sus barrios y estimulan la construcción de altísimos edificios.
Sin embargo, la Dirección General de Patrimonio Artístico se
ha propuesto que Valencia, este verano y no por primera vez, permanezca despierta.
¿Cómo? Sumando al gancho del espacio futurista y atractivo de
la Ciudad de las Artes y las Ciencias los eventos y exposiciones que se incluyen
en la segunda Bienal, dedicada a La Ciudad Ideal. De esta manera, Valencia
se examina a sí misma y se interesa, a partir de la mirada de fotógrafos,
cineastas, músicos y demás artistas, por la relación
del espacio urbano con aquel que lo habita.
La pregunta es si esta iniciativa,
en la que se han invertido seis millones de euros, ha conseguido llamar la
atención de los que, en definitiva, justifican tanto su promoción
como su contenido: ¿Cuál ha sido la reacción del público?
El objetivo de este reportaje es encontrar la respuesta.
Un paseo por el casco antiguo
Valencia, miércoles 14 de agosto. Son las diez de la mañana. Nos acabamos de levantar, sólo
un café a medio terminar y una ducha de agua fría nos separan
de la cama deshecha. Somos valencianas y periodistas, pero hemos decidido
dejar el origen y la profesión entre las sábanas para enfrentarnos
a la segunda Bienal de Valencia con la “inocencia” propia del
turista recién llegado a la ciudad. Como única herramienta de
apoyo, la dirección de una de las exposiciones que integran la muestra,
la de El almacén del adecuado comportamiento.
El barrio
del Carmen nos espera detrás de las medievales Torres de Quart, una
de las dos entradas, junto con las Torres de Serranos, a la ciudad antigua.
Al otro lado de este monumento histórico nos encontramos con una gigantografía
en blanco y negro de Donata Wenders incluida en la iniciativa Solares (o del
optimismo), propuesta que persigue integrar el arte contemporáneo en
los espacios abandonados de Valencia no sólo utilizándolos como
improvisada galería al aire libre, sino aprovechando sus características
e incorporándolas al mensaje de la obra.
Los Solares
habrán de acompañarnos a lo largo de nuestro recorrido por el
Carmen, que podría considerarse núcleo de la Bienal; prueba
de ello es que en todos los reportajes de diarios y revistas, en todas las
noticias a favor y en contra del proyecto, se ha requerido la voz de sus vecinos,
quienes, por cierto, no creen que la Bienal, dirigida por Luigi Settembrini,
cuente con el interés del público, al que no han visto por ninguna
parte: ni aumentando la caja de sus comercios ni paseándose por las
estrechas callejuelas y plazas del barrio con más historia de la ciudad.
Respaldando esta hipótesis, un conocido periódico valenciano
afirmaba en una de sus páginas que la afluencia de visitantes a las
diferentes exposiciones en torno a La Ciudad Ideal se podía medir “con
cuentagotas”. Nuestra experiencia personal corrobora esta afirmación.
A pesar de que la visita es gratuita, no hay nadie cuando llegamos al Convento
del Carmen, sede de El almacén del adecuado comportamiento. Tanto es
así, que la azafata encargada de resolver las dudas que puedan provocar
en el espectador las diferentes secciones de este modelo alternativo de centro
comercial, donde las piezas expuestas están a la venta, nos acompaña
prácticamente durante todo el trayecto, aunque sin ofrecernos demasiados
datos.
No es capaz de explicarnos el porqué del nombre de esta instalación
ideada por Will Alsop y Bruce McLean y, cuando le pedimos que nos asesore
sobre lo que nos queda por ver, lo único que nos proporciona es un
folleto de dimensiones minúsculas que intenta, en menos de 20 páginas,
informar sobre las fechas, direcciones y características generales
de la Bienal. Además, presenta telegráficamente las pinceladas
más básicas de ocho exposiciones y cinco obras de teatro, pero
no habla de propuestas como La ciudad placentera, ubicada también en
el Convento del Carmen, o La ciudad radiante, en el Centro Cultural Bancaja.
Muy pronto confirmamos que la falta de información va a ser una constante.
A duras penas, guiándonos por el mapa sin nombres que contiene el folleto,
llegamos a los Palacios de la calle Exarchs para adentrarnos en El museo del
pasado imperfecto, comisariado por el realizador británico Mike Figgis.
A propósito de la capacidad de la Bienal para conectar con el público,
Figgis señaló, durante la presentación de su propuesta
a los medios, que no hay que rechazar una obra de arte por el hecho de no
alcanzar su significado. Posiblemente, tenga razón. Lo sentimos al
perdernos por los pasillos tenebrosos y las estancias con olor a abandono
de los Palacios de Exarchs y enfrentarnos a la fotografía y la música
del director de Living las Vegas.
Más allá del mensaje explícito de sus imágenes,
que el espectador puede llegar o no a comprender, El museo del pasado imperfecto
nos sumerge en un clima tan inquietante como cautivador, que nos recuerda
la surreal atmósfera de Mullholand drive, la película de David
Lynch y, de alguna manera, nos enriquece. ¿Por qué, entonces,
sólo nos cruzamos en nuestro camino con tres visitantes? ¿Es
la dificultad para comprender el arte contemporáneo la que “espanta”
al público?
Al hilo de esta sospecha, nos remitimos a la noticia que, con el titular “La
Bienal de Valencia se deshincha”, apareció en el diario Levante-EMV
el pasado ocho de julio. En ella se destaca la exposición fotográfica
del brasileño Sebastiao Salgado como la de mayor éxito según
los responsables de la Bienal: Quizás El rostro, espejo de la sociedad,
en la que valencianos ilustres y anónimos se convierten en protagonistas
de un conjunto de retratos en blanco y negro, está funcionando mejor
que el resto de las iniciativas dado “su carácter menos experimental”,
mantiene Levante. Quizás no.
Es más probable que las fotografías de Salgado hayan llamado
la atención del público no por su perfil tradicional, sino por
la promoción de la que han tenido la suerte de disfrutar al despertar
el interés de El País, que les dedicó un artículo
en el cultural Babelia, y del Magazine. Aparte de la obra de Salgado, ¿quién
se ha hecho eco de las demás iniciativas de la Bienal?
El esfuerzo
de la Dirección General de Patrimonio Artístico de la Comunidad
Valenciana por dar a conocer un proyecto en el que se han invertido seis millones
de euros parece nulo y reducido a un par de folletos explicativos y una página
web,
ni siquiera propia.
No hay vallas publicitarias ni carteles en los andenes del metro o las marquesinas
de los autobuses. En la estación del Norte, la estación de ferrocarril
más importante de la ciudad, un pequeño kiosco ofrece al viajero
información sobre la Ciudad de las Artes y las Ciencias. ¿Dónde
está el punto informativo sobre la Bienal? Como huella solitaria del
evento, una de las Arquitecturas efímeras promovidas por Rafael Sierra
ocupa gran parte de la explanada delante de las vías y despierta la
curiosidad de los niños, que trepan por ella confundiéndola
a menudo con un columpio.
De
punta a punta
Jueves 14 de agosto. Estamos cansadas. La visualización de seis exposiciones en 24 horas
y una considerable caminata prolongada innecesariamente por las escasas indicaciones
para encontrar las direcciones correctas tienen la culpa. Aún así,
atrapadas por una pereza anticipada, decidimos al planificar nuestro itinerario
dejar para el final la visita a las exposiciones más alejadas del centro.
Las once de la mañana rozan el reloj cuando dirigimos nuestros pasos
hacia el Monasterio de San Miguel de los Reyes, rodeado de huerta por todas
partes menos por una y elegido como el espacio idóneo para alojar la
iniciativa de Vicente Guallart, Sociópolis, definida en el todopoderoso
folleto como “la construcción de un campus social compuesto por
viviendas, equipamientos y servicios destinados a diversos colectivos sociales
vulnerables”.
Son tantas las expectativas que despierta en nuestras mentes esta presentación
que el camino incierto hasta nuestro destino no consigue desanimarnos: llegamos
hasta allí en un autobús del que nos obligan a bajar un par
de paradas antes de lo previsto. “No podemos continuar porque hay mercadillo,
pero el Monasterio lo tenéis ahí al lado”, se excusa el
conductor al abandonarnos en Torrefiel, un barrio de la periferia cuyas calles
se hallan saturadas de paradas ambulantes.
Más divertidas que malhumoradas, atravesamos el entramado de tenderetes
imaginándonos a una turista holandesa, japonesa o alemana en nuestra
situación. De todas formas, el Monasterio no tiene perdida, es enorme
y se impone a lo lejos sobre el paisaje urbano. Eso sí, cuanto más
nos acercamos a él, más solas nos quedamos. Únicamente
el sol nos acompaña cuando atravesamos el portón y nos enfrentamos
a un cartel gigantesco en el que se indica que Sociópolis se clausurará
el 25 de agosto.
Nadie en la entrada y nadie viendo la exposición, una sala de paredes
negras que no alcanza los 100 metros cuadrados y en la que se hacinan catorce
maquetas arquitectónicas de calidad dudosa. Eso es todo. Para el profano,
la explicación de estos proyectos resulta inaccesible: sobre las paredes
negras, simultáneamente, se suceden las imágenes de los distintos
arquitectos participantes en la muestra dando testimonio de su creación.
Parece que hablen otro idioma. Decepcionadas, no tardamos en abandonar el
lugar. Consideramos más interesante conversar con la chica de la recepción.
Ella nos comenta, agradecida de tener compañía, que las fechas
del cartel de la entrada están equivocadas y que, aunque Sociópolis
todavía podrá verse en septiembre, la organización no
se ha molestado en corregir el error. Al interrogarla por el número
de visitas, nos dice que la mayoría de las mañanas no acuden
más de cuatro personas; una cifra escalofriante si consideramos que,
por ejemplo, el Instituto Valenciano de Arte Moderno (IVAM), cualquier día
entre semana de agosto recibe una media de 200 visitantes.
Estas cifras que nos llevamos en nuestra libreta de notas al abandonar San
Miguel de los Reyes a la aventura (la recepcionista no sabe indicarnos como
llegar a microUtopías, la exposición ubicada en las Reales Atarazanas,
cerca del puerto), confirman el escaso impacto de la Bienal en la ciudad que
la ha promovido. Si esto se debe a la cuestionable calidad de su contenido
o a la prácticamente inexistente promoción de las reflexiones
en torno a la ciudad ideal, queda en el aire. En cualquier caso, no parece
que se haya visto perturbado el sueño estival de Valencia; más
bien al contrario, parece que el sopor y las elevadas temperaturas de este
verano de 2003 no han conseguido regalarle a la ciudad nada más que
una Bienal dormida.
agosto 2003
www.solesdigital.com.ar
|