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Buenos Aires, capital virreinal (1776-1810)

Por Rodolfo Giunta
Fundación TIAU

Mapa de Buenos Aires, en el Virreinato
Mapa de la ciudad de Buenos Aires en la época del Virreinato

Con la capitalización virreinal la ciudad de Buenos Aires recibió una serie de impactos que fueron modificando su estructura, sobre todo en el aspecto demográfico y la función comercial. La traza planteada originalmente por Juan de Garay (1580) recién empezaba a densificarse, manteniéndose los límites en las actuales calles Viamonte(Sur); Chile (Norte) y el binomio Salta–Libertad (Este); el Río de la Plata seguía siendo su margen Oeste, con una presencia cercana a la ciudad.

En el Censo que mandó a confeccionar el Virrey Vértiz, comenzamos a avizorar una velocidad de crecimiento inusitada desde sus orígenes en tanto la ciudad contaba en 1778 con 24.205 habitantes y su campaña 12.925 habitantes, del conjunto el 68,55% eran blancos; el 5,62% eran aborígenes; el 24,02 % eran negros y el 1,82% eran mestizos. Paulatinamente se iniciaba un proceso que se podría llamar de suburbanización con la formación cada vez mayor de áreas grises entre lo urbano y lo rural, que en aquellos tiempos recibían el nombre de arrabales.

El espacio público estaba signado por una serie de inconvenientes que trataron de subsanarse mediante reglamentaciones que constan en los "Acuerdos del extinguido Cabildo de la Ciudad de Buenos Aires". Los problemas que reiteradamente aparecen expuestos son: las continuas inundaciones de ciertas calles, el maltrato que producen las pesadas carretas que atraviesan toda la ciudad para la provisión de alimentos en el mayor mercado al menudeo que se realizaba en la Plaza Mayor (actual Plaza de Mayo), los trabajos de carpintería que se realizaban en la vía pública, por lo cual se le hacen reiteradas advertencias a los pulperos y a los artesanos, y finalmente la costumbre de arrojar las "inmundicias".

Para una mejor administración de la ciudad se procedió a efectuar divisiones funcionales. Una de las primeras fue de orden parroquial en 1769, por pedido del Obispo don Manuel Antonio de la Torre lográndose (real cédula del 8 de julio) la creación de seis parroquias: San Nicolás, Socorro, Concepción, Monserrat, La Piedad y La Catedra l. En tiempos del Virrey Vértiz, y a los fines de llevar a cabo un empadronamiento ordenado por el Rey, se realizó una división en 6 cuarteles (1778). En 1790 la Real Audiencia, presidida por el Virrey Arredondo acordó dividir la ciudad en cuatro cuarteles nombrando alcaldes. Rápidamente se notó la insuficiencia de dicha división, por lo cual el Capitán Martín Boneo —Intendente de Policía— solicitó al Cabildo la subdivisión de la ciudad en 20 barrios, designándose un alcalde para cada uno de ellos.

Por otro lado se implementaron medidas para lograr modificar antiguos problemas de higiene pública. En las reglamentaciones podríamos incluir los reiterados pedidos para que las calles estén "limpias", esto es "barridas y aseadas", "llenar con tierra los pozos", "reparar los pantanos", o no "atar caballos en las calles". Resulta interesante destacar el hecho que se destine, a partir de ese momento, el establecimiento de parajes especiales para la basura.

La nueva reglamentación tiende a trasladar "extramuros" algunos de los problemas de salubridad interna de la ciudad. Los Corrales del Abasto que se hallaban en terreno del convento de Santo Domingo en el Alto de San Pedro, estaban muy deteriorados y no podían dar cabida al continuo incremento de animales. Recién en 1784 se decidió trasladarlo a un terreno apropiado. Incluso para la provisión de mercaderías se designarían parajes en la periferia donde las tropas de carruajes serían descargadas por las noches en los arrabales "por el problema que causan los orines de los animales a la salud y aseo de la ciudad". Finalmente, para ciertos establecimientos que se consideraban perjudiciales, se dispondrá trasladar, como en el caso de Panaderías y Ataonas, fuera del radio céntrico por el uso de "muchas cabalgaduras" y por "gran cantidad de ratones y sabandijas que se concentran en dichos ámbitos".

El incremento demográfico y la nueva función comercial al permitirse el Libre Comercio (1778) con la metrópolis incrementó los problemas de circulación urbana. Una de las metas, largamente perseguidas, fue el empedrado, que estuvo lejos de culminarse en el período, dado los altos costos. Por ello es que se tomaron una serie de medidas que intentaban, por lo menos, subsanar los problemas más graves. Se prohibió el uso de carretas en la ciudad (aún en las calles empedradas), por ser éste uno de los principales causantes de los deterioros. Para las mercaderías deberían utilizarse "Carretillas de caballo", mucho más livianas que las otras. Una de las principales preocupaciones era nivelar las calles —tarea que se le encarga al Sr. Brigadier Don Custodio Saa y Farias—, para componer veredas y calles (lo cual, en algunos casos, incluía tareas de pavimentación).

Para evitar los clásicos problemas de inundación se decidió dividir la ciudad en dos partes, tomando como centro de la misma la Plaza Mayor; desde allí las calles se dividirán en Norte y Sur, otorgándoles declives para que desagüen en los dos zanjones entre los cuales se hallaba inserta la ciudad.

Se pone fin a una vieja costumbre en la realización de obras nuevas de acumular "tierras y escombros" en la calle. A partir de ese momento estos materiales se guardaran dentro del predio donde se lleva a cabo la obra.

El puerto (aún cuando no se tratase de una infraestructura consolidada), ligaba Buenos Aires con el comercio exterior. La circulación interna requirió la formación de "puertas" que posibilitasen y regulasen el intercambio. Repetidas veces aparecen peticiones para la construcción de puentes (sobre todo en Barracas) para salvar los escollos de los zanjones, ya que en tiempos de lluvias la ciudad quedaba aislada. Por otro lado surgió la necesidad de formar nuevas plazas.

El 2 de mayo de 1781 se realiza la petición para formar una plaza en Monserrat; el 22 de mayo, se pide abrir puertas en la Plaza Nueva y el 5 se septiembre se solicita el establecimiento de una plaza en el Barrio de Nuestra Señora de la Piedad que terminará llevando el nombre de su propulsor: "Plaza Lorea". En una línea Norte-Sur, que actualmente ocupa la Avenida 9 de Julio, se establecieron algunas plazas prácticamente en el límite de una traza plenamente consolidada con el extramuro de los arrabales, que de alguna forma limitaban las áreas del campo y la ciudad.

El proceso de modernización implementado principalmente a partir de la capitalización Federal de Buenos Aires en 1880, fue borrando las huellas de una ciudad que ya tenía 300 años de existencia y que había merecido la máxima jerarquía posible en el período colonial.

La estrechez de las calles del actual microcentro, la perduración del “damero” en la expansión urbana, y algunos hitos urbanos, si bien altamente resignificados, nos permiten evocar un pasado lejano.

La Plaza de Mayo, el núcleo principal de la urbanización colonial, sufrió múltiples modificaciones: donde está la Casa de Gobierno se hallaba el Fuerte; el Cabildo y la Catedral mantienen su emplazamiento pero adquirieron una forma muy diferente con el tiempo. La Recova que dividía la Plaza sucumbió con la modernización y fundamentalmente se descentralizaron los edificios de los poderes públicos.

Hacia el Sur (actual Barrio de San Telmo) estaban las casas de las familias más acomodadas, que posteriormente optaron por otros emplazamientos y algunas iglesias que se debaten entre sus formas primitivas y nuevas configuraciones. Hacia el Norte (actual City) perduran algunas improntas como La Merced y una casona, originalmente de 3 patios, que perduró por ser la vivienda de Bartolomé Mitre y haberse convertido en Museo en 1907.

Paradójicamente en la etapa virreinal el Sur era lo más jerarquizado de la ciudad, siendo actualmente el epicentro del Buenos Aires tradicional; el Norte, largamente marginado, se ha transformado en el ámbito donde se manifiestan las construcciones mas modernas de la ciudad.

Revista Soles - Nº 77
Junio de 2001

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