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La
seducción de los cafés
y confiterías de Buenos Aires
Por
el Arquitecto Julio Cacciatore (Fundación TIAU)
Fotos: Marta Fernández (Ver
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Lugares
de confluencia de la ciudad son las esquinas. Y casi siempre en una esquina
se instala un café, lugar de reunión por excelencia. La bebida
humeante es motivo de conversación, de invitación tras un encuentro
ocasional: “Vení, te invito a un café” o previsto:
“Mañana nos vemos y tomamos un café”. Y de seguro
que no es un café “de parado” enfrente al mostrador, sino
servido en una mesa, tradicional lugar de reunión.
Cafés los hubo en Buenos Aires desde la época de la Colonia
y con concurrentes que más allá del simple encuentro por pasar
el tiempo, lo hacían sitio de discusiones literarias, políticas
y hasta de conspiraciones. Con el tiempo se afincaron en el centro y en los
barrios, con su mostrador, mesas, y lugares para juegos como el tradicional
billar, hoy casi olvidado. En el centro se distinguían distintos tipos
según su concurrencia: los literarios, los teatrales, los estudiantiles,
los preferidos por políticos, o simplemente aquéllos donde se
iba a tomar algo y charlar…Y también aquéllos de uso mixto:
el almacén con “despacho de bebidas”, descendiente de la
pulpería tradicional.
Pero eran reductos casi exclusivamente frecuentados por hombres. El elemento
femenino no se aventuraba a entrar en cafés salvo que tuvieran el sector
“para familias” con entrada independiente. Solamente “mujeres
mal opinadas”, pintoresca manera con que la pacatería de entonces
designaba a cierto tipo de damas vinculadas con el espectáculo o con
la vida galante o, más tarde, algunas “liberadas” pasaban
la mampara de separación.
Jorge Bosio dice que “los cafés que empaquetaban y se transforman
en elegantes pasan a ser confiterías”. Allí sí
podían concurrir las damas, aún solas, a “tomar el
té a las cinco” o a reunirse con sus amigas para “la
hora del copetín”, esto es a las siete de la tarde. Las
confiterías variaban su concurrencia ya que también eran frecuentadas
por los hombres, en especial en el Centro, encontrándose las que eran
lugar de reunión de políticos como la famosa Confitería
del Molino, frente al Congreso Nacional. Este lugar, de magnífica
arquitectura y decoración, aún permanece cerrado y todos esperamos
una gloriosa reapertura.
Caminando las esquinas porteñas
En
el Centro subsisten pocas confiterías de una época que va desde
los 20 a los 60 del siglo XX: la Richmond de la calle Florida
mantiene su ambientación tradicional; La Ideal de
la calle Suipacha, de barroca ornamentación, conserva aún el
palco para la orquesta que en algunos establecimientos era “de señoritas”,
personajes que inspiraron más de una obra teatral o cinematográfica
y que, como dice María Elena Walsh, hace rato que “tomaron
el tranvía del olvido”. También, pero muy transformada, La Opera en Corrientes y Callao. Y en la esquina de Marcelo
T. de Alvear y Libertad, se ha reabierto una nueva Confitería
París, haciendo recordar con este nombre a aquélla
tradicionalísima y elegante que funcionó en el mismo lugar.
Entre las desaparecidas, la confitería del Gas, en
Rivadavia y Esmeralda, Los Dos Bulevares y El Aguila
en esquinas enfrentadas en Callao y Santa Fe. Y en el sur, cerca de Plaza
de Mayo, Los Dos Chinos, en Chacabuco y Alsina, establecimientos
todos complementados con la venta de tortas, masas, y otras delicias preferidas
por una sociedad que todavía no había optado por vivir esclava
de regímenes culinarios y por ideales superestilizados para el físico
de la mujer.
No
debemos olvidar los salones de té, dentro de las grandes tiendas de
entonces: Gath y Chaves, en Pte. Perón y Florida; Casa Scherrer, en Pte. Perón y Suipacha; y Harrod’s,
en Florida y Paraguay. En esta última, el maître manejaba
la ubicación del público, casi exclusivamente femenino, disponiendo
sectores para señoras de la colectividad británica, otro para
los de la alemana, y otro para aquellos no habitués. Todas este funcionamiento
en bares y confiterías puede verificarse hasta comienzos de los sesenta
en que se fueron borrándose separaciones entre ambos sexos y comenzó
un lento "desamildonamiento" en las constumbres.
A
su vez, cada barrio tenía por lo menos una confitería “elegante”,
donde los hombres no podían “entrar sin el saco puesto ni quitárselo
en el interior”, en un momento en que no usar o no tener esa prenda
era un certificado de pobreza. En Belgrano estaba la Mignon,
en Cabildo y Juramento, esquina tradicional; en Flores, La Perla,
en Rivadavia y Rivera Indarte. El nombre La Perla perteneció a varias
confiterías de diferente público y laya. Así La
Perla del Once, en Jujuy y Rivadavia, con heterogénea concurrencia
en la que figuraron varios escritores de nota. Este establecimiento pasó
a ser La Perla Vieja o La Antigua cuando
en los 40 se abrió la Nueva Perla frente a la plaza,
más lujosa y con veladas musicales, que subsistió hasta los
70.
En esquinas
importantes de la Avenida Pueyrredón había confiterías,
conviviendo en las cercanías de la estación Once con cafés
de diversa categoría. El Olmo estaba en la esquina
de Bartolomé Mitre con acceso sobre la no siempre tranquila recova.
En la intersección con Corrientes se encontraba La Moneda;
en Córdoba, La Perla del Norte; en Santa Fe, el Pedigrée,
frente a la actual El Olmo, y en la esquina con Las Heras, El Blasón,
desaparecida hace menos de un lustro.
Siguiendo con los barrios, en Caballito, en Rivadavia y José María
Moreno, estaba La Ideal con decoración similar a su
hermana de la calle Suipacha, y El Greco, en Plaza Primera
Junta, que sobrevive airosamente.
Y en otros barrios y en las cercanías a las terminales ferroviarias,
la Imperio —nada que ver con la pizzería actual—
en Federico Lacroze y Corrientes. Y El Tren Mixto, frente
a la Estación Constitución, totalmente transformada. Y no podemos
olvidar la magnífica confitería ubicada en el interior de la Estación Retiro.
En
esta desordenada, asistemática enumeración, que mezcla categorías
de confiterías que tal vez tenían mucho de café con otras
que pretendían ser exclusivos reductos sociales, y que surge un poco
espontáneamente de la cabeza de quien caminaba el Buenos Aires de los
50 y 60, habría que agregar las de la calle Corrientes, que ya no están: La Fragata, la Cabildo, la Real.
Y las de la Avenida de Mayo, donde viven con buena salud el Café
Tortoni, la del Hotel Castelar y, con una historia
de maquillajes diversos, la London en la esquina con Perú.
Una avenida donde son un recuerdo La Alhambra o La
Victoria.
Caminando
un poco hacia el sur, en la calle Alsina, todavía hoy es placentero
tomar un café en ese bastión que es La Puerto Rico,
o en ese otro, remozado pero vivo, El Querandí de
mis tiempos de estudiante, en Perú y Moreno. Y, finalmente, las de
la Avenida Santa Fe: la existente Queen Bess y las desaparecidas
Santa Unión, el Fénix y, ya
llegando a Pueyredón, La América.
Los cafés y confiterías guardan gran parte de la identidad porteña.
La complicidad de los amigos y las estrategias para sobrevivir están
instaladas en sus mesas, junto al misterio de los recuerdos, la ansiedad de
la espera y la alegría del encuentro.
Revista
Soles, Nº 80
Septiembre de 2001
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