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París, una fiesta literaria

Por Bárbara Arrigoni
@barbaraarrigoni

Fotos: Mariano García
@solesdigital

La ciudad de las luces y de la moda también puede jactarse de su abundante historia literaria. Cafés, lectores en el subte y novelas enteras que cuentan con el eterno esplendor parisino han hecho de la capital francesa una verdadera fiesta cultural.

Hablar de una París literaria sería caer en estereotipos que traspasan lo académico y se sumergen enteramente en la cultura popular. Los hombres en el borde del Sena mantienen el oficio del librero al pie de la letra, sin rendirse ante las grandes cadenas que venden libros como si se tratara de fruta. El subte rebalsa de títulos que tiemblan al paso de las curvas que atraviesan la ciudad. El Barrio Latino y Montmartre no dejan de recordar al turista que por esas calles caminaron grandes autores de la mano de sus personajes, como si se tratase de una película. Incluso los lectores parecen charlar con los protagonistas que salen de sus páginas para compartir con ellos un café mientras ven pasar a los transeúntes. La sensación de ser conocer a alguien con solo ver la tapa de su libro se hace masiva en una ciudad tan lectora como literaria.

Sin embargo, si París es la gran fiesta de la ficción, no es por ser un tópico común que se sobreentiende tras una breve mención de la capital francesa. En cada autor, París es un personaje que cobra características distintas, como un actor que, dependiendo de la obra, puede interpretar los roles más diversos. Desde la romántica de las novelas rosas, donde aparentemente toda joven en busca de un novio debe pasar por la “ciudad del amor” para conseguirlo, hasta el horror de la guerra y una ocupación Nazi que provoca desesperanza sobre las calles que avanza, todo puede suceder en un escenario que, como hoja en blanco, se presta para escribir algo completamente nuevo.

Por un lado, es inevitable mencionar a los escritores franceses, que, contrario a lo que uno esperaría, no la desechan como cotidiana, sino que la resaltan como única. Notre Dame De Paris y Los Miserables de Victor Hugo, son, posiblemente, los dos mejores ejemplos de hasta qué punto un autor puede dedicar capítulos enteros de sus obras a describir hasta el más ínfimo detalle. El análisis de las piedras que componen la famosa iglesia llega a ser tan puntilloso como el de los ladrillos que sostienen las cloacas por las que escapa Jean Valjean. Y, aún así, es la fluidez del lenguaje de Hugo la que permite que en el interés del lector se sumerja tanto en una de las piedras preciosas de la ciudad, como en un sistema tan sucio y ordinario reservado para quienes no tienen otra escapatoria. Al trascender lo descriptivo es que encontramos lo que Hugo vio en su París: cómo la malicia puede esconderse en una joya turística y el heroísmo convivir con las ratas.

Emile Zola, por otra parte, apunta al carácter bullicioso, al hormigueo constante en calles que se comportan como pasillos de una tienda de modas. La trama de El paraíso de las damas recrea el glamoroso mundo de Le Bon Marché. Si se dejan de lado las características decimonónicas de su trama -una paisana que debe mudarse a la “gran ciudad” para poder mantener a sus hermanos-, los pasajes podrían perfectamente pertenecer a una historia actual, repleta de personajes que, como turistas, se dirigen a la capital de la moda en busca de belleza, sin reparar en la arquitectura que tanto Zola como Hugo admiraron.

El horizonte parisino, sin embargo, está lejos de pertenecer a los autores franceses. La llamada Generación Perdida de escritores de habla inglesa surgió como un grupo radicado en la ciudad de las luces. Expatriados dedicados a diversas artes optaron por agruparse entre sí y generar vínculos que hasta el momento son renombrados, como es el caso de Hemingway y Fitzgerald. Sin embargo, sus estilos sumamente dispares hacen que una misma época en los mismos rincones tenga un sabor diferente. Para Hemingway, París es una época de supervivencia feliz, en que el olor penetrante a croissants que se burla de su hambre no puede opacar la felicidad propia de las aventuras de su primera adultez. Para Fitzgerald, representa el esplendor de un tiempo de disfrute pleno, una fiesta llena de champagne. Por eso es que cuando la fiesta interminable del primero llega a su fin,  el recuerdo es aún dulce como el almíbar de las facturas saboreadas como premio. En cambio, Fitzgerald no puede obviar recordar la resaca que provoca tanto despilfarro, las consecuencias de una época en que poco importaba más que la noche y el momento que estaban viviendo. "París era una fiesta" ofrece un panorama nostálgico de las épocas gloriosas sin llegar a mostrar las consecuencias que aparecen en "Volver a Babilonia", cuando la fiesta se termina. Cada uno decide ver en la ciudad la parte de la fiesta que más lo marcó: uno por irse cuando todavía había mucho por disfrutar, otro por quedarse a juntar los platos rotos.

Cada autor, local o extranjero, clásico o moderno, no puede dejar de fascinarse por una ciudad que cambia con sus habitantes y se modifica cada vez que las hojas de sus árboles mutan. Y sin embargo, nadie retrata una misma ciudad, sino que cada relato es una cara nueva y un rincón distinto de un recorrido ya cliché. Si todos son invitados a la fiesta, será Victor Hugo quien admira la estructura del salón, Emile Zolá quien recuerda las anécdotas de los invitados, Enest Hemingway quien acapara miradas al armar barullo y Scott Fitzgerald el que quiere subir el volumen de la música. Cada uno recordará de la fiesta una versión distinta, una experiencia única que los impacta tanto como las primeras vistas de la Torre Eiffel marcan a los turistas. La primavera parisina no pierde su frescura y sigue hipnotizando a escritores y a lectores como en las primeras narraciones medievales. París es una ciudad lectora, y no es raro: cada uno puede leer en ella una historia tan eterna, renovada y distinta como el mismo río que la recorre.

10/4/2014

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