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Siempre tendremos París

 

París - Torre EiffelPor Agostina Dattilo

Fotos: Mariano García
@solesdigital

“Nunca escribas sobre un lugar
 hasta que estés lejos de él,
 porque ese alejamiento
 te da una mayor perspectiva”
 Ernest Hemingway

Al llegar al aeropuerto Charles de Gaulle, alejado de la periferia de París, aún no se puede detectar ningún indicio de que estamos en la capital de Francia. A simple vista todo es muy sencillo —algo propio de cualquier ciudad importante de Europa— y ni bien recuperamos el equipaje ya estamos arriba de un tren que nos llevará directo al corazón de la urbe.

El metro de París es perfecto. El calor de julio en Paris no es sofocante, pero una vez hecha la combinación con el métro ya se empieza a sentir. Bastará solo con dejarse llevar por una escalera mecánica para entender que, ahora sí, con mucho sueño y una mochila llena de sueños, estamos en la Ciudad Luz.

El Arco del Triunfo está allí, en la punta oeste de la Avenida más bella del mundo (como bautizaron a la famosa Champs-Élysées). Saber que en Roma hay arcos iguales o más grandes que este neoclásico que celebra los triunfos de Napoleón, no nos impide dejar de apreciar —impresionados— de que manera, y con que fuerza, París se presenta al mundo. Allí están los cientos de autos que circulan por la enorme rotonda dando paso a quienes ingresan en ella. Desde la Place de Gaulle, donde se levanta el monumento, nacen doce avenidas. El tráfico no cesa, los autos pasan incansablemente y por eso la única forma que tienen los peatones (visitantes, turistas, las personas) de llegar, es por pasillos subterráneos que tienen sus bocas alrededor de la rotonda. De esa forma una nueva escalera nos deja justo debajo del arco, con una estatua enfrente y la curiosidad por leer todos los nombres que se hayan tallados en el monumento. Quizás uno de los mayores atractivos allí sea la Tumba del Soldado Desconocido, en honor a los soldados “sin nombre” caídos en la primera Guerra Mundial. En 1923 se encendió la llama del recuerdo junto a la placa y se vuelve a encender cada día, cada tarde.

Siempre habrá una primera impresión —que bien podría ser la Tour Eiffel, el Louvre, Sacre Coueur,  la mismísima Notre Dame, o en mi caso L´Arc du Triomphe—, un indicio fuerte. Todos encontrarán una excusa para enamorarse de Paris. Incluso será algún monumento, o algún museo, o talvez algún jardín, aquel ícono fetiche que nos cautive de entrada. Pero no existe posibilidad alguna de que sus atractivos pasen desapercibidos.

¿Pero que más tiene París? ¿Cómo se puede definir? ¿Es dueña del mayor tesoro de obras de arte, distribuido en sus infinitos museos? ¿Es París la máxima expresión del romanticismo? ¿Es el centro cultural y artístico más relevante de la historia occidental? Seguramente podamos definirla por cuestiones de índole artística y política. También podemos decir que es un verdadero paraíso arquitectónico —por el esfuerzo que representa preservar su construcción de mitad de siglo XIX—; pero además existe una ciudad llena de olores y colores, de puentes y de flores, de jardines y balcones, y por sobre todas las cosas, una ciudad llena de calles donde caminar se convierte en una actividad como nunca antes placentera (aunque probablemente mucho de esto último sí tenga que ver con que existen leyes qué hacen que resulte difícil edificar dentro de los límites de la ciudad grandes construcciones, y por eso la mayoría de las Instituciones de gran Infraestructura económica se hallan en la periferia).

La Cité preserva en su mayoría las ideas y reformas del Barón de Haussmann, un funcionario francés que a mitad del siglo XIX reformó e ideó una nueva París: grandes boulevares que aún hoy siguen siendo magníficos, avenidas arboladas, edificios parejos y puentes reales. 

Atravesada por La Seine (Río Sena), sus barrios son pequeños universos culturales. No por nada en 1991, la UNECESO declaró Patrimonio de la Humanidad a las orillas de este río, sobre las cuales se contemplan los mayores monumentos de la capital. Queda por su culpa París dividida en dos grandes partes: el sur —su orilla izquierda— donde reposan la gótica Notre Dame, Le Musée d´Orsay, L´ Hotel des Invalides, La Tour Eiffel. Y el norte —orilla derecha— donde se destacan Le Louvre, Le Palais Royal, Le Jardin de Tuleries,  y La Place de la Concorde.

Hay razones, excusas, motivos, que no encuadran en estas categorías monumentales pero no por eso son menos atractivas.

Es París mágica porque se camina y se descubre paso a paso. Existe una indescriptible sensación de armonía al recorrer las orillas de La Seine. Entonces aparecen les bouquinistes (los libreros de viejo) como se conocen a todos los artistas y libreros que se acomodan allí para condimentar un paseo ya de por sí rico y encantador. Los libros —dicen que suman más de trescientos mil entre todos los puestos— son tan antiguos como la ciudad y las revistas y estampillas, igual de pintorescas.

Los barrios de Paris, tan distintos y con identidades tan fuertemente marcadas, bien pueden representar los diversos estados de ánimo del ser humano, o los tonos mezclados de la paleta de un pintor.

El Quartier Latin es la cuna de la educación parisina: allí se emplaza La Sorbonne, una escuela para pobres fundada en el siglo XIII que hoy representa una de las más importantes universidades europeas. La tradición universitaria lo convierte en un lugar lleno de librerías, cafés, salas de teatro y música, pequeños ateliers, bares y bibliotecas. Acostado a la izquierda del Boulebard Saint-Mitchel, sus  calles empedradas, con banderas y pequeños restaurantes multiculturales ofrecen almuerzos por poco dinero (no olvidemos que estamos en París, diez euros no es nada).

Caminando por el Boulebard Saint-Mitchel —adorado, parisino y moderno— llegamos a los célebres jardines que rodean al Palacio de Luxemburgo. Jardines amplios, prolijos, pulcros y dispuestos a recibirnos para descansar un poco. Uno piensa que alguien vendrá a echarnos —como cuando uno ocupa un lugar que sabe indebido, pero no puede evitar hacerlo por lo menos hasta que alguien se lo haga notar—, porque no puede ser cierto que haya sillas (muchas, por todos lados, entre las flores, frente al palacio, bajo los árboles) invitándonos al reposo. Más aún si cerquita nuestro unos viejos músicos nos deleitan con su jazz.

Las escaleras parecen querer ser anfitrionas en esta ciudad. Después de muchos, muchos peldaños, en el norte de la ciudad, el aire se inunda de palabras, retratos, pinturas, poesía y música. Montmartre —situado sobre la colina homónima— fue durante mucho tiempo el lugar de inspiración donde se cobijaron grandes artistas desde mediados de siglo XIX. Es imposible no detectar ese polvo cultural que ensucia sus empedrados; y al final de aquellas escaleras inagotables — empinadas, con árboles que ofician de descanso y senderos alumbrados—   nos encontramos con la blanquísima e imponente Basílica de Sacre Coeur. Por las noches el ultimo vagón de escalones al cielo, se convierte en un lugar de encuentro para jóvenes de todas las nacionalidades, que sentados dándole la espalda a Dios, brindan por encontrarse en lo mas alto y ante la más bella vista de la Ciudad Luz. A lo lejos se ve —gracias a su celebrada iluminación— la Tour Eiffel de París.

París - Sacre Coeur

La plaza de Tertre, adentrada en este barrio bullicioso, se colma de pintores que retratan a los visitantes con las manos negras por la carbonilla, rodeados de mesas —pequeñas, unas junto a otras— colmadas de copas de vino.  

Entrada la Segunda Guerra Mundial, en lo que se conoce como les années folles (los años locos) la vida artística e intelectual parisina cruzó el río, para trasladarse a Montparnasse, nuevo centro social de las vanguardias artísticas.  En su cementerio, descansan muchos de los artistas que fueron parte de sus calles, sus cafés y su historia (Jean Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Samuel Beckett, Julio Cortázar) cuando el exilio los empujó. Allí se levanta la altísima Tour Montparnasse — con doscientos diez metros es el edificio más alto de toda Francia— desde donde se puede apreciar una vista de París magnifica (y sin la torpeza de las largas filas que hay que hacer para subir a la Torre Eiffel).

Abundan el asesoramiento y las recomendaciones sobre museos, paseos, y atractivos edilicios y arquitectónicos. También está la posibilidad de ir al teatro, o a la ópera. La Oficina de Turismo de París nos espera en puntos neurálgicos con mapas, libros, guías con audio y un caudal de información excelente para no perder (o mejor dicho, no dejar de aprovechar) el tiempo, y podamos conocer todas sus bellezas (http://www.francetourisme.fr/esp).

De todos modos, elegir el circuito es —sin duda— una cuestión de gustos. Para los tristes mortales que no vivimos en París, será cuestión de saber aprovechar, disfrutar, gozar, percibir —en los días que nos toque—, su encanto y su belleza.

Perderse por las venas de París, diagonales solemnes, que se topan con otras calles más humildes; oler el café au lait de una boulangerie (panadería), oír la melodía de la Seine, tocar las páginas de un viejo libro, ver su tesoro artístico , y sobre todo, saborear —pincelada a pincelada— su belleza, es la mejor recomendación.

Al partir, el único tranquilizador y a la vez cruel sentimiento que nos invade, es la esperanza de volver, algún día, volver a París.

26/3/2010

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París, una fiesta literaria

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