|
Las
Ruinas de San Ignacio
Memorias
del paraíso guaraní
Por
Catalina
Pantuso
catalina@octubre.org.ar
Fotos:
Mariano García

En la
localidad de San Ignacio, a sólo 60 Km. de Posadas—ciudad capital
de la provincia de Misiones—, puede vivenciarse una parte de la historia
argentina. Se trata de aquellos primeros capítulos que se escribieron
cuando Buenos Aires eras apenas un pequeño poblado que dependía
políticamente de Asunción del Paraguay y tenía su capital
en Lima.
Al traspasar
el portón de las Ruinas de San Ignacio Miní se comienza a transitar
el escenario de una de las experiencias más importantes del período
colonial de América del Sur. Todo el relato está situado en
medio de la selva, ilustrado con imágenes barrocas, pintado con los
colores de una naturaleza exuberante que se empeña en lucir sus tonos
más brillantes y escrito en idioma guaraní.
Restaurado
entre 1940/50, San Ignacio es el conjunto arquitectónico jesuítico
mejor conservado en territorio argentino. Desde 1984, integra la lista del
Patrimonio Mundial de la UNESCO.
Una
experiencia singular, en el marco de un proyecto global
Los
habitantes del actual territorio de Misiones, antes de la llegada de los españoles,
eran los guaraníes. Este pueblo navegaba los ríos buscando la
“Tierra sin males”, lugar mítico donde no existía
la muerte y en el que todos eran felices. En ese constante peregrinaje hacia
el paraíso guaraní, se afincaban en los lugares donde encontraban
tierras fértiles y edificaban sus aldeas rodeadas de empalizadas. La
religión estaba presente en todos los aspectos de la vida social y
política. No adoraban ídolos y su religiosidad se expresaba
mediante la palabra hablada y cantada. Sus creencias tenían una sorprendente
similitud con algunos dogmas católicos, cosa que facilitó el
contacto inicial con los jesuitas. Sin embargo la tarea no fue tan sencilla
como a veces se imagina.
Las Ruinas
de San Ignacio son el testimonio de uno de los 30 pueblos indígenas
que conformaron las Reducciones Guaraníticas del Paraguay. Éstas
no fueron un experimento aislado, formaron parte de las acciones evangélicas
que la Compañía de Jesús implementó fuera de Europa.
El proyecto religioso-cultural de las Misiones Jesuíticas se inició
en Asia (Japón) con el P. Francisco Javier y, posteriormente, se extendió
a Filipinas y China. En cuanto al Nuevo Mundo, los jesuitas llegaron primero
al Norte de Brasil, después se instalaron en el Perú y desde
allí ocuparon todo el continente desde Canadá hasta la Patagonia
Argentina (Nahuel Huapi). Esta enorme expansión territorial fue posible
gracias a la articulación del poder de la iglesia con el poder de las
monarquías.
La Provincia
Jesuítica del Paraguay, se fundó en 1604 y tuvo sede central en la ciudad de Córdoba.
Su extensión era enorme; abarcaba íntegramente los actuales
territorios de Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Chile, más una
parte de la República del Brasil (sureste del Mato Grosso y los estados
de Santa Catalina, Paraná y Río Grande del Sur).
Nada fue
improvisado, los jesuitas pasaron casi seis años planificando las reducciones.
Cuando decidieron su la instalación en el Paraguay aplicaron todos
los conocimientos y las experiencias que habían acumulado durante largos
años de permanencia en Brasil y en Perú.
En un
comienzo se llevaron a cabo las tareas de exploración: dos sacerdotes
remontaron el Paraná y llegaron hasta la región del Guayrá
(1610-1630) donde lograron fundar doce reducciones. Simultáneamente
otros jesuitas crearon en la región del Paraná, —comprendida
por los ríos Paraná, Paraguay y Tebicuary— Itatín
(al norte de Asunción) y Tapé (en el estado de Río Grande,
Brasil).
El período
fundacional se inició con la creación de la reducción
de San Ignacio Guazú. En su instalación el P. Torres Bollo,
Principal de la Provincia Jesuítica del Paraguay, aplicó personalmente
la estrategia de captación de los líderes indígenas.
El cacique Arapizandú fue quien prestó su acuerdo para que los
sacerdotes comenzaran su acción evangélica. A partir de ese
momento, dio inicio una incansable actividad fundadora. Se organizaron las
nuevas reducciones de Santa Ana, Itapúa, San Javier, Yapeyú,
San Nicolás, Candelaria del Ybytimí, Candelaria del Caazapamí
y otras.
La docilidad
de los guaraníes era un dato cierto, pero no todos aceptaron abandonar
fácilmente su forma de vida. Son innumerables los testimonios de jesuitas
que relatan ataques de algunas parcialidades y la reticencia generalizada
a abandonar a sus chamanes y sus costumbres poligámicas.
Las tierras
eran fértiles y abundantes pero su cultivo tardó un par de años.
Durante el período inicial faltaban los víveres y sobraban los
peligros. Sin embargo, para los miembros de la Sociedad de Jesús, cada
dificultad se convertía en un estímulo y cada escollo era un
desafío que lograban superar con inteligencia y con trabajo.
A diferencia de lo que ocurría con los franciscanos, dominicos y mercedarios,
los jesuitas entraron en las tierras paraguayas, sin ningún tipo de
acompañamiento militar. Su metodología de evangelización
fue de adoctrinamiento por la seducción y de integración mediante
el cumplimiento de los pactos que se hicieron con los principales jefes indígenas.
Los pequeños regalos, la música y la paciencia fueron parte
de su estrategia de captación de los indios y, como en casi todas las
reducciones de América, adoptaron una actitud altamente paternalista.
Ellos eran verdaderos tutores: administraban los bienes de los indios y atendían
todo lo concerniente a lo espiritual, temporal, económico, cultural,
social y militar.
En las
Misiones Guaraníticas no ocurrió lo mismo que en Perú,
donde la instalación de las instituciones coloniales —corregimientos
y ayuntamientos indígenas—, redujo casi totalmente la autoridad
de los caciques. La organización social de las misiones jesuíticas
del Paraguay fue producto de un mestizaje institucional. Se conservó
la organización de los indios en cacicatos y cada jefe gobernaba, en
promedio, unas veinticinco familias. En algunas ocasiones reunieron varios
cacicazgos en un solo pueblo y fomentaron la solidaridad tribal con un nuevo
impulso religioso, que se manifestó en todos los aspectos de la vida,
tanto en la organización interna como en la defensa contra sus enemigos:
los encomenderos y los bandeirantes paulistas.
La cultura
guaraní prehispánica era pacífica, no perseguía
fines de lucro y además conformada una comunidad sin mayores egoísmos.
Los jesuitas potenciaron las relaciones solidarias preexistentes. No modificaron
sustancialmente el sistema de producción indígena, sino que
lo adaptaron para darle un nuevo sentido. Diversificaron la producción;
incorporaron nuevas herramientas —la más importante fue el hacha
de hierro—; implementaron una administración eficiente, e iniciaron
el cultivo de la yerba mate y el tabaco.
Las Ruinas de San Ignacio

La Reducción
de San Ignacio Miní —se la nombró así para distinguirla
de San Ignacio Guazú, la más grande, creada anteriormente—
se fundó en año 1610, bajo la supervisión de de los Padres
José Cataldino y Simón Maceta. Pero, ante los ataques sistemáticos
de los bandeirantes de San Pablo, el Padre Antonio Ruiz de Montoya condujo
el éxodo los aborígenes desde el Guayrá hasta Paranaimá
y, después de varios asentamientos provisorios, en 1696, se instaló
definitivamente en su actual localización.
Esta reducción
se construyó siguiendo los planos que la Compañía de
Jesús utilizaba en todas las regiones americanas, cumpliéndose
con las instrucciones generales que tenían como modelo arquetípico
las urbanizaciones españolas. Mientras se levantaba el pueblo, los
indígenas vivieron en campamentos de trabajo. La planificación
urbana preveía una población promedio de unos 3.500 habitantes.
Durante
más de un siglo y medio allí se estableció un sistema
educativo que rescató la lengua guaraní y desarrolló
importantes actividades culturales, especialmente la música, el teatro
y las artes plásticas. Se puso en práctica un régimen
laboral de sólo 6 hs. de trabajo y una forma de producción diversificada,
en la que se llevaban a cabo tareas rurales y pequeños emprendimientos
industriales.
Paradójicamente
el éxito se convirtió en uno de los más grandes fracasos
históricos, cuando el rey Carlos III, expulsó a la Compañía
de todos sus dominios, en 1767. San Ignacio Miní sobrevivió
hasta que fue destruida en 1821.
Cuando
algún turista transita hoy por las Ruinas de San Ignacio, puede imaginar
fácilmente como era la vida en todas las Reducciones, ya que el modelo
social, económico y político implementado por los jesuitas,
instaló una nueva cultura que se extendió por toda la región.
Un fuerte
impacto emocional se siente al ingresar al Centro de Interpretación
Jesuítico-guaraní. En este museo escenográfico, se muestra
el proceso histórico que va desde la época prehispánica
hasta la expulsión de los jesuitas. En el hall de entrada se encuentra
un inmenso cuadro de Luis Felipe Noé, que representa magistralmente
el estilo de vida de los guaraníes en los pueblos misioneros. Además
de la maqueta que reproduce detalladamente las características arquitectónicas,
también pueden apreciarse diversos objetos recuperados durante las
restauraciones, desde vasijas hasta pequeñas tallas realizadas por
los indios.
Después
comienza la visita guiada a las ruinas. Allí esta la enorme plaza de
armas que era el elemento ordenador del espacio urbano y al mismo tiempo el
ámbito de participación popular y recreación por excelencia.
En ella se conserva parte del antiguo reloj de sol que marcaba el tiempo de
las celebraciones cívicas, culturales y religiosas.
Poco a
poco se avanza sobre el núcleo principal de la reducción: la
iglesia, la residencia de los padres, el cementerio y el cabildo, donde se
pueden apreciar los restos de los gruesos muros de piedras de asperón
rojo propias de la zona, que originalmente estaban asentadas, con perfecto
ajuste, sin argamasa.
El templo
de San Ignacio es el punto principal de las ruinas; mide 24 metros de ancho
por 74 de largo, y su diseño constituye una excelente muestra del barroco
americano. Sus enormes columnas cumplen sólo una función estética,
ya que no actúan como soporte de las paredes —lo hacen las vigas
transversales de madera, que están disimuladas en la misma edificación.
Asombra ver la piedra labrada con figuras geométricas y ángeles,
en medio de flores y frutos. No menos interesantes resultan los pisos y balaustres.
A los
costados pueden verse las viviendas indígenas, con sus recovas corridas,
para facilitar el desplazamiento en los tiempos de lluvias. Las casas de los
caciques estaban ubicadas cerca a la de los Padres, frente al templo. Cada
familia tenía asignado un “solar” (un cuarto de cuadra)
y en esta parcela personal cultivaba su huerta individual.
Las Ruinas
de San Ignacio son el testimonio de un proyecto humanista y cristiano que
colocó el énfasis en el mestizaje cultural y que dio origen
a un nuevo sincretismo político, económico y religioso. Lejos
de los planteos utópicos, con inteligencia, planificación y
voluntad pudo establecerse una comunidad cuyo principal objetivo fue el desarrollo
humano integral de los indígenas.
Como
Llegar
Desde
la ciudad de Posadas salen ómnibus hasta las Ruinas de San Ignacio,
que pueden visitarse todos los días en el horario de 7a 19hs. TEL (03752)
470186. Para más información dirigirse a la Casa de la Provincia
de Misiones, Avda. Santa Fe 989, Tel.: 4322-0686, Ciudad de Buenos Aires Atención:
de lunes a viernes, de 9 a17.
Quienes
no puedan llegar personalmente hasta Misiones, pueden visitar las ruinas de
San Ignacio a través de Internet, entrando en el sitio Arsvirtual
y hacer un recorrido virtual en 3D, que dura doce minutos.
23/09/08
Notas
relacionadas:
Galería de fotos de las Ruinas de San Ignacio
Las
estancias de la provincia de Córdoba: El motor de la economía
jesuita
Colegiales: Sobre la ruta porteña de los jesuitas
El barroco boliviano enfrenta a la modernidad
www.solesdigital.com.ar
|