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Confitería
Las Violetas
Una
isla en la marea ciudadana
Por
Arq. Julio Cacciatore (Fundación TIAU)
Fotos: Alejo Albarracín
En
julio de 2001, reabrió sus puertas Las Violetas. De este modo, Buenos
Aires recuperó una de sus más tradicionales confiterías.
La restauración de Las Violetas fue una feliz noticia, frente a la
pérdida de tantos sitios de encuentro, muchos con valor social, histórico,
artístico y arquitectónico.
Un
establecimiento en una esquina tradicional
En un
barrio estaba bien clara la distinción entre la confitería tradicional
y cualquier bar de la esquina, reducto este casi exclusivamente masculino.
Eso podía comprobarse en establecimientos como Las Violetas, ubicada
en la esquina de Rivadavia y Medrano, en el barrio de Almagro, que fue inaugurada
el 21 de septiembre de 1884, estando presente el que más tarde sería
el presidente Carlos Pellegrini.
A ella
concurrieron durante décadas los miembros de las familias prestigiosas
de la zona: los hombres a tomar su aperitivo, las señoras para el ritual
del té o para comprar las delicias reposteriles que la casa ofrecía.
Pero la concurrencia de Las Violetas trascendía la población
del barrio dado su emplazamiento en una zona comercial bien vinculada por
medios de transporte con el resto de la ciudad y, además por el principal
atractivo de la peculiar atmósfera que brindaban sus salones.
Así
que también era sitio de encuentro de amigos u hombres de negocios
o cita obligada de novios antes del cine de los sábados o domingos.
En un momento fue muy frecuentada por las maestras que se reunían al
finalizar las tareas escolares. El hecho de que muchas docentes de entonces,
sin duda entregadas a su noble misión, no lograran siempre acceder
al tálamo nupcial, hizo que circulara la versión de que las
chicas que concurrían a esta confitería no se casaban.
También
la frecuentaron figuras como Roberto Arlt -por Las Violetas pasaron los personajes
de su cuento “Noche Terrible”-, Alfonsina Storni e Ireneo Leguisamo.
Fue también marco para secuencias del filme “La mafia”
de Leopoldo Torre Nilsson, con Thelma Biral y Alfredo Alcón.
El hecho
fue que, pese a toda esta historia y tras 114 años de existencia, Las
Violetas cerró sus puertas el 30 de junio de 1998. Se la creyó
perdida para siempre. Pero ahora ha vuelto a la vida.

Una
cuidadosa restauración
Entre
1884 y 1928, la confitería ocupó un edificio que, en ese último
año, fue ampliado al construirse los pisos superiores como casa de
renta. A lo largo todos estos años el interior de la confitería
sufrió modificaciones que, sin embargo, preservaron el cálido
ambiente que casi desde un principio asociaba materiales como mármoles,
revestimientos de madera, vitrales y ornamentaciones en bronce.
Los trabajos
recientemente realizados para su reapertura, no han tratado sino de restaurar
la visión que se había mantenido presente en la memoria de los
que habían sido sus concurrentes acudiendo a adecuados criterios de
preservación para un lugar perteneciente a nuestro patrimonio. El emprendimiento
ha sido encarado por el empresario Rafael Pereira Aragón, estando al
frente de las labores de arquitectura, decoración y equipamiento las
arquitectas Graciela Saldías y Mónica Alvarez, del Estudio A&D
Arquitectura.
Debieron
reacondicionarse muchos elementos que estaban en malas condiciones. La boiserie
se reconstruyó y lustró en su totalidad; el cielorraso estucado
se conservó pero el piso debió rehacerse a nuevo si bien respetando
las medidas, motivos, colores y distribución del anterior. En la fachada
se conservaron los mármoles de revestimiento pero se rediseñaron
los toldos. Se pudieron recuperar las suntuosas arañas de bronce y
los apliques de pared, con los que se mantuvo la iluminación de la
antigua confitería.
Renglón
aparte merece el trabajo de restauración de los vitrales que habían
sido una de las características que hacía único a este
local. Los 80 m2 de vidrieras se distribuyen en 11 piezas: tres principales
y dos más pequeños en al salón, tres con forma de cúpula
sobre la puerta de acceso y tres más pequeños en la cocina y
baños. Para los trabajos se requirieron los servicios del prestigioso
vitralista Daniel Ortolá quien debió enderezar hundimientos,
cambiar piezas rotas, y limpiar las capas de tierra acumuladas en el tiempo.
Los vitrales más antiguos son de alrededor de 1920, de origen francés
e inspirados en los diseños de E. Grasset. El más importante
representa a un parque en una ciudad con mujeres alrededor de una fuente.
El local
actual se rezonificó ubicando sobre Rivadavia la pastelería
y confitería, el sector restaurante al fondo del local y la cafetería
en la esquina y sobre Medrano.
Las Violetas
poseyó, y sigue poseyendo, lo que José María Peña
indica que debe reunir un local “que se precie”: sentarse sin
que lo molesten hasta cuando uno quiera; tener luz, poca o mucha pero nunca
indecisa, y una ambientación con pocos materiales para crear el necesario
clima.
Algo que
después de los 60 empezó a olvidarse. Las Violetas ha renacido
manteniendo el carácter de ínsula en la marea ciudadana. Tal
como dice Patricia Méndez en un trabajo inédito sobre cafés
de Buenos Aires: “Sería lógico proponer que una sociedad
sin lugares de encuentro, sin espacios para compartir ideologías, tradiciones
o hábitos, no se consume como tal; debemos recordar que estos ámbitos
constituyen la forma urbana en reemplazo de los primitivos fogones que, antiguamente
cumplían esa misión”. Saludemos la reaparición
de Las Violetas y esperemos que ello haga renacer a otros ámbitos hermanos
que esperan su turno.
Revista
Soles - Nº 82
Noviembre de 2001
Notas
relacionadas:
Visitas urbanas por Buenos Aires
La
seducción de los cafés y confiterías de Buenos Aires
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