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Fernando Peña:
¿duro sarcasmo o entretenimiento liviano?
 

 

Por Alicia Nieva
alicianieva@hotmail.com

Fernando Peña

El actor Fernando Peña vuelve a los escenarios porteños, con dos obras que sorprenden por lo diferente de las propuestas. “Mugre” es una criatura deforme y aberrante poseída por los espíritus de la miseria humana. Luego de una gira por el país, el unipersonal de Peña –premiado con el Estrella de Mar en la última temporada marplatense-, vuelve a la metrópolis (miércoles y jueves a las 22.30 hs.). Por otro lado, “Esquizopeña El Musical” es una apuesta nueva para el actor, que con un escenario colmado de brillos y un nutrido elenco, se aleja del unipersonal (viernes y sábados a las 23.30, domingos a las 22.30 hs.) Ambos espectáculos se presentan en el teatro ND/Ateneo, Paraguay 918, con localidades desde $10.

Fernando Peña“Mugre”, la comedia humana de Peña

Puede que sea necesario que el mundo tenga reglas y convenciones. Pero si creyéramos en ellas, ¿por qué las infringimos una y otra vez?; y si no creemos en ellas, ¿es honesto sacar provecho de la seguridad que prodigan?

Esa pregunta es la que anima “Mugre”, el unipersonal de Fernando Peña que se presenta todos los miércoles y jueves a las 22.30 en el Teatro Ateneo. Como en el repertorio de la "Comedia Humana" de Honoré Balzac, los arquetipos de la sociedad contemporánea desnudan su miseria; esta vez a través del cuerpo torturado de Mugre, una criatura de circo aberrante poseída por innumerables espíritus. Mugre, cubierto únicamente por una tela arpillera, arrastra los restos de su humanidad por la carpa que lo cobija. Sus lamentos animales dejan entrever el dolor que lo aqueja, pronto sufrirá la transformación que liberará alguno de los espíritus que lo habitan, que no son otros que los ya conocidos personajes de Peña.

Mugre es ahora Dick Alfredo (Ricardo Alfredo Nuñoa), un mexicano rudo y maldiciente que enfrenta al público argentino y lo increpa a despojarse de su hipocresía, a reconocer su roña, la mugre que acumula y que no quiere ver. El hombre es un animal de costumbre, y este carnicero de manos ensagrentadas se ríe y escupe sobre la mansedumbre de las personas que obedecen mandatos sociales sin saber por qué. La carcajada va acompañada de la incomodidad que provoca verse, porque acaso, ¿quién no se reunió un domingo familiar sólo para devorar el plato de comida sin siquiera preguntarle al de al lado cómo andaba?

La obra tiene una puesta escénica que acompaña la propuesta conceptual desarrollada de algún u otro modo en cada uno de los personajes de Peña. Ahí está Elisa Rufino, ama de casa acelerada y preocupada por las dietas, que con su changuito recorre los estereotipos de las mujeres ultrafeministas de hoy. O Palito, el pibe bostero que con limpia vidrios en mano, dice discriminar a los "blancos" y cree que a él el Sida no lo puede tocar, porque "eso es cosa de mariquitas". Palito provoca la risa fácil, pero también abofetea donde más duele: la indiferencia.

Cada cual desde su idiosincrasia revela la soledad que nos aqueja bajo falsos gregarismos. Es en Cristina Megahertz, la travestida que espera su príncipe azul y hace cuatro años no sale de su casa, donde el mandato social y la soledad alcanzan su máxima expresión: porque se siente mujer, Mega quiere casarse, aun cuando para hacerlo deba sepultarse viva.

El taxista jubilado italiano, don Mario Modesto Sabino III, relata los proverbios que le contaba su abuelo pero siempre al revés. Curiosamente, los proverbios son formas fijas de sabiduría popular que se sostienen por la costumbre, pero la gracia y a su vez algo de verdad se trasluce al trastocarles el orden.

Imágenes se proyectan sobre un telón de fondo: con una lógica onírica, disparan sensaciones, pero casi todas remiten a lo genérico, a lo multitudinario, a los desechos colectivos, la cloaca: aquello de lo que nadie quiere hacerse cargo. La basura, lo que no nos gusta ver, lo que justificamos culpando al otro. El otro es basura. El otro tiene la mugre. Aun cuando lo que hay que rasquetear es lo propio, la roña de la juntura de nuestros azulejos como dice Peña. Manadas de vacas, colillas de cigarrillos amontonadas, desechos orgánicos, bombillas de mate por millones, rostros y más rostros de personas son las imágenes de la humanidad canalla, que sólo merece el desprecio del carnicero. "Ustedes se odian", enfatiza, "ustedes son la mugre", farfulla en su monólogo.

El actor adquiere la temperatura, la respiración, el ritmo cardíaco, la coloratura de sus invenciones de esquizofrénico. El espectáculo se sostiene basado en su talento. Sin embargo, el sonido, el relato construido en las imágenes que acompañan dan a la idea la forma acabada. Mostrarle al público su propia miseria. Servirle de espejo para lo indecible. Finalmente, la frontera entre el escenario y las butacas desaparece. ¿Pan y circo es todo lo que pide el pueblo? Los panes, colocados en los posabrazos de cada asiento son apoderados por el público y arrojados sobre Mugre que, arrodillado e indefenso, se cubre la cabeza ante los embates. Fernando Peña lo logra. El dolor de Mugre, apenas un desvío de la naturaleza, escupe al espectador apaciguado en las rutinas equilibradas de la vida. Lo obliga a ser protagonista, padecer con esa horrible criatura que se retuerce y babea, y que se inmola en sacrificio. Como si su fin pudiera redimirnos a los humanos de toda nuestra mugre.

Si no sabe cante, cante con ...

Fernando PeñaMuy distinta es la propuesta de Peña para el fin de semana. De viernes a domingos, presenta “Esquizopeña El Musical”, con un elenco vasto y un mayor despliegue escénico. Quien espere encontrar las entrañables criaturas de Peña, se va a equivocar. Más que un espectáculo de Peña, parece ser un espectáculo en homenaje a Peña. Su mayor dote, la capacidad en darle vida a sus seres, queda en detrimento frente al aparataje de un musical del que no se sabe si es parodia o es real.

Si usted quiere ver a Milagritos, a Modesto, Roberto Flores, la Mega o Palito cantando con audio grabado, vaya, se sentirá a gusto. Decorados artificiosos le servirán de guía para imaginarse todo lo que los personajes podrían dar –como acostumbran– con el simple transcurrir de un relato, pero que entre tanta sobreproducción no pueden hacerlo.

Y es que este musical del futuro, en el que Peña sería la estrella, requiere que cada una de sus criaturas audicione para participar. Y es ahí cuando aparece la oportunidad para verlo en acción. Sin embargo, la mayoría del tiempo, se está esperando a Peña, porque el resto de los personajes (bailarines, coreógrafo y productores del musical) no logran sostener la historia. Conclusión: la obra es apenas una presentación de cada uno de los personajes con su respectiva canción, pierde fuerza narrativa y sobreviene la chatura del espectáculo por el espectáculo mismo. Por otro lado, el humor, que Peña siempre ha utilizado como un arma para decir lo que quiere decir frontalmente, y que por lo tanto supone una critica feroz, aquí sólo se compone de gags, clichés, y transgresiones predecibles.

Peña siempre será Peña, y su presencia escénica sola basta para dibujar sonrisas en todos los rostros de sus seguidores. Pero en este caso, nada parece tener demasiada hilación. ¿O es que acaso, el hedonismo, por el hedonismo mismo es la propuesta? Hablar de Peña es sinónimo de transgresión. Quizás a las buenas maneras, su bizarrismo resulte un poco chocante. Justamente, siempre hubo tras estas provocaciones algo rescatable, algo que daba para pensar. ¿Qué hay en este humor de teatro de revista que deje para reflexionar?

El contraste entre las dos obras que Peña ha montado es lo más llamativo; el sarcasmo dinamitador de Mugre versus el entretenimiento edulcorado de Esquizopeña musical. ¿Quién ganará? El público no dejará de serle fiel a Peña, pero indicará su preferencia. Por si acaso, si no sabe cante, cante en un musical.

Agosto 2004

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