De muertes, idolatrías, santidades y cegueras
Marechal: El drama y la ironía
Entrevista a Sebastián Teysera, cantante de La Vela Puerca
“Alguien
tiene que hacer el sacrificio,
ser carne de cañón”
Por Mariano
García
mariano@octubre.org.ar

Cuando La Vela Puerca comenzaba a andar el camino que los llevó a afianzarse dentro de la escena porteña, anticipamos lo que hoy es una realidad: el rock uruguayo cada vez gusta más en Buenos Aires. Mate de por medio, Soles entrevistó a Sebastián Teyseyra, cantante y líder del grupo, que nos cuenta cómo se están ganando un lugar en Buenos Aires y sobre el presente y pasado del rock al otro lado del Río de la Plata.
¿Cómo
se fueron abriendo camino en la Argentina?
Empezamos hace tres veranos. Nos instalamos en Villa Gesell e hicimos catorce
“toques” (en la jerga montevideana, pequeñas presentaciones
en vivo) por toda la costa. Fue bastante kamikaze lo nuestro; nunca habíamos
venido, nunca nos habíamos instalado con la banda tanto tiempo.
O
sea que empezaron como cualquier banda under local.
Exactamente, esa siempre fue nuestra idea. En aquel momento, era poner los
equipos en la playa y tocar. Y ahí conocimos a un montón de
grupos, como la Bersuit (Vergarabat), Kapanga, Los Gardelitos... Fue una experiencia
alucinante.
¿Cómo
los trata el público argentino?
Vos sabés que estoy muy sorprendido, especialmente por la última
gira que hicimos por la costa. Llegar a Necochea o a Córdoba y encontrar
gente que canta nuestras canciones es increíble. Nosotros venimos a
la Argentina desde hace cuatro años, haciendo trabajo de hormiga, como
nos gusta. Tenemos mucho miedo a la historia de salir de la nada y explotar
como fenómeno de difusión; eso dura muy poco y no es creíble.
Por eso elegimos el sacrificio, hacernos de abajo, incluso económicamente.
Antes poníamos plata nuestra para venir a tocar; ahorrábamos
de los toques en Uruguay para poder venir. Y en estos últimos tiempos
se ha visto el resultado. Además, nos damos cuenta por los mails: hace
un mes que salió la página de Internet de La Vela, y nos asombra
cuántos mensajes recibimos de Argentina. Incluso hay una página
de los chicos del Otto Krause, que fueron los primeros en hacer una, antes
incluso que en Uruguay.
Más
allá de la diferencia en población, ¿hay más público
para el rock en la Argentina que en Uruguay?
Yo creo que sí. La historia es que acá siempre hubo rock y allá,
después de la dictadura, no existían bandas. Las bandas de rock
eran previas a la dictadura, y después empezaron a surgir Los Estómagos,
Los Traidores... Hacia fines de los ‘80 y principios de los ‘90,
hubo una especie de movida rockera, y luego fuimos bombardeados con porquerías
de todos lados. En las radios no pasaban rock uruguayo, la gente no iba a
verlo. Y ahora, desde hace cinco años, está cambiando mucho
y a una velocidad muy grande. Vos ahora agarrás un diario o una revista
en Montevideo y de martes a domingo hay bandas tocando. Y las radios están
empezando a pasar rock uruguayo.
Acá
cuando se piensa en música uruguaya, generalmente se alude a Jaime
Roos o Rubén
Rada, que son los más conocidos. En cambio, el rock no prende
como la música popular.
Es verdad, pero eso es porque lleva tiempo. Date cuenta de que a Jaime o a
Rada les costó añares. Acá no hubo una banda de rock
que estuviera bastante tiempo viniendo como para poder quedar, arraigarse.
Probablemente
les cueste tanto como a cualquier grupo argentino.
Probablemente, debe ser exactamente lo mismo. Lo que pasa es que vivimos en
otro lugar, y las bandas tienen una pereza bastante grande. Es sacrificado
venir, hacer el trabajo de hormiga; nosotros nos hemos quedado a dormir incluso
arriba de un escenario. Creo que ninguna banda, de las últimas que
han salido, se han tomado el tiempo y han hecho el sacrificio para ganarse
un lugar. Y alguien lo tiene que hacer, ser carne de cañón.
Fijate que Rada vivió mucho tiempo acá, Jaime no pero hace mil
años que viene, incluso Leo Maslíah. Es así, no es cuestión
de un día para el otro, ni al mes, ni al año, ni a los dos ni
a los tres... Es una historia larga.
¿Es
un problema de escala?
Lo que pasa es que es mucho más fácil y rápido hacerte
conocido en Montevideo. Las bandas se mal acostumbran a que les pase eso;
con un disco ya sos conocido. Y cuando vas a un lugar que es mucho más
grande, que hay un montón de bandas, como en el DF mexicano, donde
viven treinta millones de personas, es imposible hacerse notar en dos días,
o en un año. Tenés que tener un trabajo, una constancia, una
paciencia...
¿Quiénes
serían sus “padrinos” en la Argentina?
Desde hace años, tenemos buena onda con la Bersuit; con ellos se dio
algo bastante especial. Por ejemplo: hace mucho tiempo, tocamos juntos con
Los Piojos, y no hubo nada; tocamos con los (Fabulosos) Cadillacs, y tampoco
nos conocimos; ahora hace dos meses con Divididos, y tampoco. A veces se da
y otras no; y con la Bersuit se dio. Estábamos en México con
Juan (Cruces, trompetista de La Vela Puerca), y paramos en el mismo hotel
que ellos. Nos conocimos, los acompañamos a tocar al Hard Rock de México
y otros toques más, y quedó la onda. También Gustavo
Santaolalla fue una especia de mediador, porque él nos presentó.
Gustavo
Santaolalla vendría a ser su punta de lanza para Latinoamérica.
Sin duda que el nombre de Santaolalla te abre un montón de puertas,
o hace que seas escuchado de otra manera.
Les
cambió mucho haber firmado para una multinacional como Universal y
tener un productor como Santaolalla, que es casi el “gurú”
del rock latino.
Sinceramente, ninguno de nosotros conocía el nombre de Santaolalla,
no teníamos ni idea de quién era. Lo conocimos cuando firmó
con otra banda uruguaya, El Peyote Asesino, y después empezamos a ver
qué había hecho. Ahí nos dimos cuenta de que había
producido el “Re” de Café Tacuba, un discazo; “Dónde
jugarán las niñas” de Molotov, otro discazo; lo mismo
que “La era de la boludez” de Divididos. Y fijate que esos grupos,
musicalmente, no tienen nada que ver entre sí.
¿Y
cómo fue trabajar con él?
Fue una experiencia increíble. Nosotros somos una banda “onda
la Bersuit”, digamos, donde dentro del grupo ya hay productores y arregladores.
Cuando le mandamos un demo a Gustavo, la canción está prácticamente
hecha y lo que él hace es dar esa pincelada, en ciertas canciones,
y les da un giro diferente.
En
cuanto a su música, ustedes tienen una formación que parece
que se va cristalizando como el standard del rock latino, que es una base
de guitarra, bajo y batería bien fuerte, más una sección
de vientos importante que agrega reggae o ska.
Esa combinación está buena, ahora quizás algo saturada.
La historia de La Vela con los vientos es particular. Cuando nosotros surgimos,
no había bandas que usaran caños; sólo había una,
que nos influyó mucho en nuestra propuesta, que se llama La Abuela
Coca. De ahí es que surgieron los vientos en La Vela, porque de todas
los grupos que había en Montevideo, ninguno los usaba excepto ellos,
y eso nos sorprendió.
Generalmente
se los agrega en estudio.
Ahora las bandas que usan vientos en Montevideo son cuatro. Nosotros, por
ejemplo, cuando grabamos el primer disco no teníamos sección
de brass, sólo un saxo; pero los arreglos eran de brass. Era rarísimo,
entraba el saxo haciendo arreglos como si hubieran además trombón,
trompeta; pero no, era un saxo alto, ni siquiera un tenor, que podría
haber sonado más gordo o llenar más. Una cosa extrañísima.
Y ahora tenemos saxo tenor y una trompeta, sin trombón, o sea que no
llega a ser un brass.
¿Cómo
entra la murga y el candombe dentro de todo eso?
Candombe no nos hemos animado todavía; murga sí. La murga uruguaya
se divide en dos ritmos: la murga “marcha camión” y la
“murga candombeada”, que es un híbrido entre la marcha
camión y el candombe. Eso es lo que agregamos, pero no nos hemos metido
con el piano, el chico y el repique, con los tambores de lonja; porque para
mí es un tema muy delicado. El candombe es de los negros, y tiene una
importancia tan grande en Montevideo, y en todo el Uruguay, que todavía
no me animo a incluir una canción con candombe. He hecho varias, pero
creo que no he llegado a determinado nivel que yo considero que debe tener
para grabarla en un disco. Me tengo más fe con la murga que con el
candombe; ¡siempre que quiero hacer un candombe me sale una murga candombeada!
Y
con la letras, ¿cómo las reciben en el resto de América?
Porque suelen tener un lenguaje muy local.
Yo trato de cuidarme un poco en eso, porque sé que el disco se edita,
por ejemplo, en México, y a mí me gusta que la gente me entienda.
Podés meter una palabra del lunfardo montevideano, pero sin que se
pierda el concepto de lo que estás hablando para el que no entiende.
Nuestras letras son digeribles. En Uruguay nos escucha gente desde sesenta
hasta doce años.
Tus
letras son más que nada historias, como cuentos cortos.
A mí me encanta escribir de esa manera. Las historias que empiezan,
transcurren y terminan son las más difíciles de hacer, además.
Pero son las más divertidas, te sentís como el dueño
de la marioneta: tenés el personaje, lo vas llevando, le creás
una personalidad, una vida, una historia.
A
diferencia de grupos del mismo estilo musical, como Bersuit Vergarabat, Los
Piojos o los Cadillacs, sus letras no son politizadas o tan directas.
No me gusta ser muy directo en las letras, ni ser el dueño de la verdad;
porque a mí me molesta que me digan cuál es la verdad o cómo
son las cosas. Cada uno tiene su propio pensamiento sobre determinadas cosas.
Nuestras letras, por supuesto, tienen una carga social bastante grande, pero
no con nombre y apellido, ni partidismos.
Revista
Soles - Nº 89
Julio de 2002
Notas relacionadas:
Informe especial: Rock uruguayo