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El diario íntimo de Witold Gombrowicz
 

 

Por Michel Nieva
michelnieva@gmail.com

Libro: Diario (1953-1969). Autor: Witold Gombrowicz. Editorial Seix Barral. 862 páginas. Año 2009.

Cuentan que Nabokov, cansado por la cantidad de trabajos biográficos que se escribían en su época sobre la vida de Joyce, decía a sus alumnos que la única biografía valiosa de un escritor debía circunscribirse a los vaivenes de su estilo de escritura, a los vaivenes de sus lecturas, y a los vaivenes de sus reflexiones sobre esas lecturas. Y aunque por su engañoso título sugiera lo contrario, el Diario de Gombrowicz, a diferencia, por ejemplo, de los diarios de Gide o de Pavese, en ningún momento se dedica a documentar las experiencias más personales de su vida (de hecho, a veces, parece haber una deliberada reticencia a hacerlo), sino que se consagra, como prefería Nabokov, a sus obsesiones intelectuales y políticas, a interpretar a los autores y a las escuelas que más lo apasionaban, e incluso, en algunas páginas memorables, intenta cuestionar el gesto de intimidad que comúnmente el género literario del diario presupone:

Escribo este diario con desgana. Su insincera sinceridad me fatiga. ¿Para quién escribo? Si es para mí mismo, ¿por qué lo mando a la imprenta? Y si es para el lector, ¿por qué hago como si hablara conmigo mismo? ¿Hablas a ti mismo de tal manera que te oigan los demás? (…) La falsedad, que está en el principio mismo de mi diario, me vuelve tímido y pido disculpas…

No es un dato menor el hecho de que gran parte del Diario haya sido escrito en Argentina (país donde Gombrowicz vivió, por azar, durante veinticinco años, ya que mientras visitaba Buenos Aires se desató la Segunda Guerra Mundial, y no pudo volver a Polonia), sobre todo teniendo en cuenta uno de los temas que más lo preocupaban: qué posición debía adoptar el escritor que pertenecía a una nación menor frente a la vasta cultura europea.

Este problema, que lo ocupó especialmente por el hecho de escribir en un idioma marginal al canon de occidente, el polaco, se enriqueció y complejizó de manera singular al descubrir que no sólo era una preocupación cardinal para los intelectuales argentinos y sudamericanos de ese momento, sino también porque encontraba en sus opiniones las mismas contradicciones y necedades que detestaba de los polacos.

El hallazgo de estas coincidencias hace que todo lo que denosta de los autores de su país lo empiece a aplicar a los artistas sudamericanos, y que básicamente se reduce sus dos posiciones frente a la tradición europea: que o bien copien sumisamente sus corrientes y sus tópicos literarios, o que enarbolen la bandera abstracta de un “Nosotros” Americano o Polaco para escribir estériles tratados de costumbres regionales for export y, en cualquiera de los dos casos, sólo con el objetivo de buscar la aprobación de la autoridad de las academias inglesas, o de los cenáculos parisinos.

Porque, para Gombrowicz, pertenecer a una cultura lateral al canon no es una  deficiencia, sino, por el contrario, la posibilidad de una potencia radical de innovación ante la ventaja de no cargar con el peso de los próceres, de los epígonos, o de las formas discursivas construidas a lo largo de los siglos por una extensa tradición. De esa convicción, quizá, se derive la obsesión máxima de toda su obra, que es la inmadurez, el rechazo anticipado a toda Forma o esencia, y la batalla contra lo definido, que lo impulsó a cuestionar cualquier categoría impuesta que restrinja la existencia del hombre, y en particular la del escritor, quien para él sólo debería identificarse con su idioma y con su manera de usarlo.

Esta anarquía de la Forma se concentra a lo largo de todo el Diario en una diatriba contra un enemigo común, que es la abstracción del hombre en un concepto, en detrimento de su libertad concreta, y las diversas formas que adoptó durante el siglo XX: en el arte, las vanguardias; en la política, los nacionalismos; y en el pensamiento, el marxismo, el existencialismo, y el psicoanálisis.

El interés de Gombrowicz radica en rescatar al hombre de carne y hueso frente a las grandes ideas, y aunque por momentos  su pensamiento (vitalista, romántico, y exageradamente vindicador del Yo) sea algo  ingenuo, no se puede negar su importancia, más aún teniendo en cuenta que las consecuencias más evidentes de las doctrinas que él ataca, los totalitarismos y los exterminios, lo tuvieron a él, en su condición de exiliado, como víctima.

Dice, en relación a esto, sobre el papel de la literatura, que

ninguna idea ni forma serán capaces de abarcar la existencia. La ciencia permanecerá siempre abstracta, pero nuestra voz es la voz de un hombre de carne y hueso, es una voz individual. Nuestro papel consiste en hacer que en un mundo cada vez más abstracto no deje de resonar la viva palabra humana. La idea, abstraída del hombre, no existe plenamente. No existen más que ideas encarnadas. No hay verbo que no sea carne.

Este rechazo a la abstracción motivó que, en sus siempre cáusticas reflexiones en torno a los intelectuales argentinos, no haya podido entender el reconocimiento que recibía la erudicional obra de Borges, a la que no se cansó de defenestrar, al punto de definirla como:

fríos fuegos de artificio, estallidos de inteligencia inteligentemente inteligente, piruetas de un pensamiento retórico y muerto incapaz de concebir ninguna idea vital, un pensamiento, por lo demás, no interesado en absoluto en una reflexión <<verdadera>>, conscientemente ficticio, que se fabrica sus arabescos, sus glosas y sus exégesis, un pensamiento consecuentemente ornamental. Pero ¡qué métier! ¡Literariamente es impecable! ¡Qué maestro de cocina! ¿Qué es lo que puede causar más entusiasmo en los literatos de pura sangre que un literato así, exangüe, literario, verbal, que no ve, que no ve nada aparte de sus propias combinaciones cerebrales?

La relación, o mejor dicho el desencuentro, entre Borges y Gombrowicz, que se nutrió apenas de una cena desastrosa, del frío desdén del argentino (quien no leyó ni una línea del polaco), y del repudio a veces infantil del polaco por Borges, cuya obra situó casi como su opuesto literario, no tiene mucho sentido si se piensa que sus preocupaciones en el mismo lugar y en la misma época, la postura crítica frente a Europa, el rechazo a las vanguardias, y la preocupación por la forma, fueron las mismas, y su incomprensión mutua, por lo ridícula, sólo tiene comparación a la que protagonizaron Joyce y Proust, quienes se reunieron tan sólo una vez, durante una fiesta, y, según Joyce, no pudieron entenderse porque, mientras Proust se dedicaba a coquetear con las damas de alta sociedad, él se ocupaba de seducir a las sirvientas. Pero el hecho de que ese desencuentro entre dos autores mayores del siglo XX haya ocurrido en la sudamericana ciudad de Buenos Aires, y no en París, ostenta que por lo menos sus objetivos comunes de construir obras y mitologías maestras más allá de Europa dieron algún resultado.

La vitalidad y la fuerza que Gombrowicz no veía en Borges, sí la encontró en la marginalidad porteña del Bajo, y más aún en los ambientes y los paisajes de las pequeñas ciudades del interior argentino. Saer considera un milagro el hecho de que Gombrowicz haya padecido enfermedades en sus bronquios, porque ese problema lo obligó a abandonar el clima húmedo de Buenos Aires, para buscar reposo en parajes como Tandil, Mar del Plata, Córdoba, Santiago del Estero, de los que su Diario atesora hermosas y enérgicas descripciones, y que ubican a Gombrowicz en la rara y heterogénea tradición literaria de viajeros extranjeros y en otros idiomas (de los cronistas de indias a W.H. Hudson, pasando por Darwin y O’ Neil) que documentaron por escrito, mediante la voz embelesada que provoca la otredad, las geografías sudamericanas.

El Diario realiza un cambio radical cuando su autor abandona Buenos Aires y se instala en París. A partir de ese momento, dos fantasmas acaparan casi todas sus reflexiones: la vejez, y el reconocimiento mundial que llegó demasiado tarde. La enfermedad, y el progresivo deterioro, hacen a los testimonios de estos años más escuetos, pero también más tristes, y explicitan en aumento una sorpresiva diferencia que cualquier lector de otras obras de Gombrowicz no podrá dejar de advertir: la del tono despiadado y grave, a veces amargo, que desprende su Diario, en contraposición a sus obras ficcionales, caracterizadas por el humor y la levedad.
 
Y entonces, si hay un gesto de intimidad en el Diario, quizá sea ese, el develamiento de una personalidad desencantada y sufrida que, como Borges, cifraba y disimulaba su desgracia en satíricas especulaciones metafísicas, aunque de manera más sarcástica.

El Diario no sólo es un valioso testimonio filosófico y literario sino que permite acceder a las geniales reflexiones de un escritor que, como afirmó no sin ironía Piglia, fue, entre los polacos, el  escritor argentino más grande del siglo veinte.

19/7/2010

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